«El recuerdo de la Atlántida y de continentes sumergidos vive en muchos mitos de América»
Última actualización 02/06/2010@09:26:48 GMT+1
El director de ENIGMAS Lorenzo Fernández Bueno estará firmando su último libro "Desafíos a la Historia" el sábado 12 de junio -de 12 a 14 y de 18 a 20 horas- en la caseta 249 de Editorial Planeta, en la Feria del Libro de Madrid, en el parque del Retiro. Nos vemos!!! Por Enrique de Vicente Pinturas rupestres de 16.000 años que representan hombres cazando un dinosaurio, una legendaria ciudad perdida en las profundidades amazónicas o las líneas y dibujos visibles sólo desde el aire que siembran media Suramérica, son algunos de los desafíos a los cuales se ha enfrentado el autor de este libro extraordinario y que son ignorados por la mayoría de los historiadores, que infravaloran a nuestros antepasados.
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Dedicado desde hace dos décadas a la investigación y divulgación de cuantos temas aborda la revista Enigmas, que él dirige certeramente desde la muerte de su mítico fundador –el doctor Jiménez del Oso–, Lorenzo Fernández Bueno ha abordado los temas más diversos en sus 14 obras anteriores, entre las cuales se incluyen el best-seller internacional Las claves del Código da Vinci y la verdadera enciclopedia de las catedrales Gótica. Con él conversamos sobre su nuevo libro, Desafíos a la Historia (Ed. Cúpula), donde repasa una variedad de enigmas referentes a nuestro pasado, a muchos de los cuales se ha enfrentado personalmente durante sus viajes por el mundo y la realización de programas televisivos como América Mítica (La2 de TVE).
¿Qué objetivo persigues con este libro?
Comprobar que no todo es como creemos que es. Mi reto ha sido intentar, en base a los viajes que realizo, juntar esos eslabones, rescatar del olvido tantas incongruencias, ofrecer sin miedo «al qué dirán» los datos tal y como son, porque el mero hecho de contemplar estos fantásticos emplazamientos nos permite ser conscientes de lo poco que sabemos; de lo equivocados que en ocasiones estamos; de lo soberbia que la historia «oficial» puede llegar a ser.
¿Cuál es su hilo conductor?
Posiblemente la defensa que hago del hombre del pasado, de su conocimiento, muchas veces menospreciado, y muy en especial de lo que se puede encontrar en sus mitos. Porque cuando –por ejemplo– recorres la América precolombina te das cuenta de que esos mismos mitos aún hoy están muy presentes, y en casi todos, hablemos de incas, mayas, aymaras, pascuenses…, aparece un nexo común: la procedencia ancestral y compartida de esos pueblos distantes geográfica y cronológicamente. Por ejemplo, los mitos de Isla de Pascua hablan de una terrible catástrofe que se produjo en su pasado más remoto, cuando su continente de procedencia se hundió a raíz de la erupción de decenas de conos submarinos. Lo llamaban Hiva, y de él partieron los primeros pobladores de Rapa Nui, encabezados por el rey Hotu Matua. Pues bien, ese mismo «lugar» lo encontramos al otro lado del Pacífico cuando buceamos hacia la ciudad sumergida de Yonaguni, pero con otro nombre: Mu. Y si recorremos la región maya, veremos que en los códex antiguos de este pueblo se hace referencia a un lugar de idénticas características, al que llaman Atzlán. Más arriba, en el alto Titicaca, los misteriosos aymaras lo conocen como Atzlanticú…
¿Cuál es el desafío histórico más importante de los que has afrontado personalmente?
Te diría tres: el primero lo viví de manera intensa al sobrevolar las desconocidas líneas de Palpa, que se pierden en el infinito desierto del Valle del Ingenio, en Perú, y que representan a unos misteriosos seres con grandes ojos, una especie de coronas de fuego, antenas en su cabezas... y al igual que sus hermanas de Nazca están orientadas para ser vistas desde arriba. Su contemplación despierta demasiados enigmas, porque si el hombre nascuense hace 1.500 años plasmó lo que veía, ¿qué demonios estaba viendo? El segundo, cuando pasamos varios días perdidos en la selva de Madre de Dios, buscando la ciudad perdida a la que los cronistas de los siglos XVI y XVII bautizaron como El Dorado, y logramos salir de aquel infierno verde llegando hasta los petroglifos de Pusharo, que los especialistas ven como el mapa que indica la ubicación de la legendaria ciudad. Y el tercero, cuando logramos atravesar los senderos minados de las fronteras con Ecuador y llegar hasta los abrigos de montaña en los que aparecía representado un grupo de personas que pretendían dar caza a un dinosaurio. La antigüedad de estas pinturas –entre 16 y 20 mil años– y la cara de los arqueólogos que nos acompañaban demostraban que estábamos ante un desafío de proporciones inimaginables…
¿Qué mensaje fundamental rescatarías de tu investigación?
El mensaje queda escrito en el rostro de los arqueólogos e historiadores que nos han acompañado en algunas de las expediciones: la incomprensión y el desconcierto que sienten al observar vestigios del pasado que literalmente resquebrajan asuntos que son auténticos dogmas para la historia oficial.
¿A qué época crees que se remontan los inicios de la civilización?
Desde luego no siete mil años atrás. Vestigios como las monumentales ciudades sumergidas de Yonaguni (Japón) o Mega (Cuba), o los estudios realizados sobre los estratos del lago Titicaca, nos dan un mínimo de diez a doce mil años atrás, lo cual es lo mismo que decir que Tiahuanaco tendría más de diez milenios. Las cuestiones que de ello se derivan son inmensas, pero las podemos resumir en quiénes, cómo y por qué. De todas formas esa fecha se repite sospechosamente cuando hablamos de diluvios, hundimientos de continentes, ruinas sumergidas… y no es por casualidad.
UNA HUMANIDAD DESCONOCIDA
«El historiador del siglo XXI –asegura Lorenzo Fernández–, llevado por una especie de soberbia cientifista, infravalora a ese hombre del pasado, sin ser consciente de que tenía el suficiente conocimiento para levantar pirámides como las de Egipto, para erigir ciudades a más de cuatro mil metros, descomunales en todas sus trazas, como la citada Tiahuanaco, o para realizar el mayor mausoleo de la historia, que alberga la tumba del emperador chino Qin Shi Huangdi, protegido por los miles de soldados de terracota que conforman su ejército fantasma. Quizá con esa actitud lo que se ha hecho es ralentizar el proceso lógico mediante el cual estos desafíos deberían haber salido a la luz antes, a pesar de que no tengamos las armas para explicarlos a día de hoy; a pesar de que nos hablen de una humanidad «desconocida» de la que ya apenas guardamos recuerdos».