Última actualización 23/06/2010@08:28:28 GMT+1
Ese fue el título con el que se publicó en España la primera edición, del primer libro, del suizo Erich von Däniken, hace ahora cuatro décadas. Cuentan que el peregrinar del desde entonces calificado como “detective del pasado” por diferentes editoriales alemanas fue constante durante años. Y fue una empresa pequeña, casi familiar, la que le dio la oportunidad. Cierto es que en vista de los resultados posteriores es difícil calibrar quién dio la oportunidad a quién, porque sólo en Alemania de aquella obra se vendieron más de dos millones de ejemplares. Después vendría Regreso a las estrellas, y una tercera obra, El oro de los dioses, que supuso por un lado su consagración definitiva, pero también la manera más certera de autodestruirse. Ese libro comenzaba introduciendo al lector en la “historia más increíble, la más inverosímil del siglo. Me parecería una historia de ciencia-ficción si no lo hubiese visto y fotografiado yo mismo. Lo que he visto no es ni sueño ni fantasía, es realidad. Bajo el continente sudamericano existe un gigantesco sistema de túneles, hondamente enclavado, de varios miles de kilómetros de extensión. ¿Quién lo construyó y cuándo? He ahí la incógnita. En Perú y Ecuador se consiguió recorrer cientos de kilómetros de estos túneles, pero esto no es más que el comienzo: el mundo lo ignora todo sobre ellos”. Lo que supuestamente se encontraba en el interior de estas oquedades lo hallarán en las páginas dedicadas a la entrevista que días atrás mantuvimos con este hombre polémico, carismático, en cierto modo peculiar, que comienza por admitir que si en su momento la comunidad científica y parte de sus lectores se le echaron encima es porque jamás entró en dichas cuevas.
Al margen éste y otros detalles, no podemos obviar que tras su pluma hay más de sesenta millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Y aunque muchas de sus tesis a ojos del siglo XXI parezcan auténticas locuras, no hay que menospreciar que gracias a él hubo quien se interesó por un pasado remoto al que ahora, con el filtro del tiempo e intentando aprender de los errores de, entre otros, esta leyenda viva que es Erich von Däniken, nos desplazamos, recorriendo el planeta, indagando en los mitos y las leyendas de los pueblos antiguos, buscando esa pequeña parte proporcional de verdad que sin duda alguna ocultan, para comprender que de esos dioses con expresión cabreada que supuestamente castigaron a muchas de estas culturas, bien a través de una catástrofe natural de proporciones apocalípticas, bien en base a una intervención más directa; esos mismos a los que sin pudor alguno Däniken llama extraterrestres que estuvieron, orientaron, y regresarán en un futuro no muy lejano; repito, de esos dioses ya no queda apenas nada. Pero sí vestigios de lo que fue su intervención; argumentos que salen de la tradición oral o de los textos que reflejan esos mitos, pero que de manera más o menos velada quedaron ahí para que fueran interpretados por las generaciones venideras. Al menos esa es la sensación que da cuando observas que culturas que no coincidieron ni geográfica ni cronológicamente hacen referencia a un lugar de procedencia común, le llamen de una forma u otra; desaparezca a causa de una catástrofe más o menos piadosa; incluso por obra de un diluvio que se repite con machacona insistencia en más de cuatrocientas culturas de otro tiempo.
Esa es la casualidad a la que muchos acuden cuando la explicación se antoja lejana, y en la que nosotros, como comprenderán al pasar página, ya no creemos…
Lorenzo Fernández Bueno