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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2010 | Salir de la hemeroteca
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El tesoro de las Siete Llaves

Última actualización 25/08/2010@07:48:10 GMT+1
Las infranqueables montañas de Afganistán dieron cobijo durante milenios a uno de los tesoros más espectaculares y esquivos de la antigüedad, el oro bactriano de Alejandro Magno. Codiciado desde tiempos pretéritos, dicen que una terrible maldición lo acompaña, clamando venganza desde su guarida y sembrando la desolación y la muerte entre todos aquellos que han osado tocarlo…
Afganistán, hoy, uno de los lugares más conflictivos y temibles del planeta, punto de encuentro de fuerzas militares armadas hasta los dientes, que luchan en una guerra sin cuartel contra el terrorismo talibán y por los codiciados recursos naturales –de gran riqueza– que se ocultan bajo sus montañas infranqueables, en el interior de sus cuevas secretas, disimulados durante siglos entre los ocres colores de su orografía pétrea, aparentemente estéril.

Antaño, una tierra conocida como Ariana, perteneciente al Imperio Aqueménida, tierra prometida de tribus milenarias que, ya entonces, desafiaban con sus rudimentarios artilugios de guerra al magnánimo y belicoso imperio persa. Lugar de paso obligado entre Europa y Asia en la denominada Ruta de la Seda, durante siglos el territorio que hoy comprende Afganistán fue una amalgama de culturas y etnias, un núcleo cosmopolita en el que se perdían buscavidas y aventureros, señores de la guerra y comerciantes, reyes y príncipes de Oriente, bandidos y cazatesoros…
En el siglo XX sería uno de los principales enclaves estratégicos del planeta, pero Afganistán también atrajo poderosamente la atención de grandes imperios de la antigüedad, de egregios mandatarios, militares y gobernantes, como Alejandro Magno, que en sus extensas y áridas tierras, antes de morir dejando para la historia más misterios que certezas, en la zona conocida como Bactria, buscó uno de los tesoros más esquivos y quizá poderosos del pasado. Los ecos de aquellas riquezas deslumbrantes aún resuenan entre arqueólogos y aventureros, y la historia del llamado oro “maldito” de Afganistán, el tesoro bactriano del líder macedonio –quien no fue su artífice pero le dio nombre para la posteridad–, sigue desconcertando a eruditos y curiosos, y haciendo soñar a aventureros de pro que ­afirman que aún queda mucho por descubrir más allá de los ­montañosos bastiones afganos. La leyenda, en este caso, y como siempre sucede con los grandes tesoros, las perdidas ciudades, los emblemáticos objetos de poder, da la mano a la realidad, confundiéndola, y acercándonos una historia tan esquiva como fascinante, de espías y reyes, de filántropos y exploradores, y de oro, claro, siempre oro, que mueve más montañas que la fe.

Tras la pista de un misterio perdido

Esta historia comienza en un café del Londres victoriano, una ­noche de febrero de 1867. Como cada año, un grupo de numismáticos se reúne para pasar una velada entre amigos, fumando exquisitos cigarros y bebiendo los mejores licores, en un tiempo en el que el absenta y el opio no podían faltar en los ­clubes privados y en las reuniones más selectas de las grandes capitales europeas.

Uno de los invitados relató una curiosa historia. Al parecer, esa misma mañana un mendigo le había abordado ofreciéndole una extraña moneda de oro puro, de increíbles dimensiones, perteneciente a un espectacular tesoro perdido hacía siglos. El numismático decidió acompañar al indigente al lugar cochambroso que le hacía de hogar; de una saca, extrajo efectivamente una reluciente moneda, de seis centímetros de diámetro y unos 160 gramos de peso. Experto en utilizar el monóculo para analizar los sellos, el francés pronto corroboró que no se trataba de una falsificación, sino de una pieza auténtica acuñada hacía más de dos mil años, concretamente por Eucrátides, rey de Pakistán y la mítica tierra de Bactria, en un territorio que hoy comprende el norte de Afganistán, el sur de Uzbekistán y Tayikistán, conocido como la tierra de “las mil ciudades”. Durante su mandato se ­forjó el conocido como oro bactriano, que daría lugar a uno de los más codiciados tesoros de la antigüedad.

Cuentan las crónicas que el mismo Alejandro Magno anheló conseguir aquel tesoro –uno anterior al de Eucrátides, en todo caso– y en su conquista de Bactria lo buscó desesperadamente. No contaba el caudillo macedonio con un incómodo personaje que haría frente en aquella tierra prometida a sus sueños de conquista. Bessos, un caudillo sátrapa, organizó a las tribus nómadas para que se enfrentaran a éste, tras la caída de Darío, proclamándose nada menos que rey con el nombre de Artajerjes V. El Magno, que no podía tolerar tamaña afrenta, se topó con las mismas dificultades que todavía en la actualidad enturbian la labor de las tropas extranjeras en la zona: lo inhóspito de su orografía y de su clima. Bessos, sin embargo, sería traicionado por dos cortesanos, Espitamenes y Datames, quienes lo entregaron al general Ptolomeo, hombre de absoluta confianza de Alejandro y su futuro biógrafo. El macedonio sentenció a Bessos, como regicida –fue el causante de la muerte de Darío–, a una de las peores penas posibles: tras cortarle la nariz y las orejas, le causarían la muerte por desmembramiento. Cuenta la leyenda que en el momento de morir, la sangre derramada de Bessos maldijo a aquellos que quisieran conquistar dichas tierras o anhelaran hacerse con el codiciado oro bactriano. Desde entonces, Afganistán fue una tierra maldita…
Volviendo a nuestra historia inicial, el numismático galo compró la moneda a su misterioso poseedor por 1.000 libras, no sin antes preguntarle dónde la había hallado. El mendigo le dijo que aquella moneda la había descubierto semienterrada un grupo de siete amigos en la provincia afgana antiguamente conocida como Bactriana. La supuesta maldición que pesaba sobre el tesoro, quizá, provocó que aquellos buscavidas se mataran entre ellos por poseerla; los dos que quedaron decidieron sortear quién sería el afortunado que la llevaría a Europa para venderla al mejor postor. El resto de la historia ya la conoce el lector.

Sin embargo, quedaban muchos interrogantes en torno a aquella moneda con la efigie de Eucrátides, que vivió siglo y medio después de Alejandro. ¿Dónde estaba el resto del tesoro que cautivó a Alejandro y a sus generales? ¿Era real la maldición que se gestó en torno a su búsqueda?
En la actualidad, una muestra itinerante de parte de ese tesoro recorre el mundo. Sin embargo, debido a la difícil situación política del país, no han sido pocos los contratiempos que han sufrido las piezas. Intentemos seguirles la pista…
(Continúa la información en ENIGMAS 177).

Abel Romero
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