Última actualización 24/09/2010@07:42:24 GMT+1
Uno jamás sabe de qué forma puede “caer” un asunto como el que este mes traemos a la portada de su revista, puesto que no hablamos de un lugar específico, o de una serie de fenómenos enmarcados en el ámbito de lo paranormal, o de un “supercaso”; pero no tengo duda alguna de que se trata de un supertema, como bien ha podido demostrar el escritor norteamericano David Grann con su reciente best seller mundial La ciudad perdida de Z, donde, como nosotros mismos, hace un merecido homenaje a la figura del recio coronel británico Percy Harrison Fawcett, otra “víctima” más de sus desmesurados sueños.
A mí, qué quieren que les diga: su vida me resulta tan fascinante como las propias exploraciones que llevó a cabo. Fue, sin duda, el último gran explorador, que como los antiguos alquimistas supo mezclar las dosis justas de misticismo, aventura y método científico. Porque Fawcett bebió de las fuentes de culturas milenarias como la hindú, que dejaron en él ese poso de incomprensión que jamás desaparece cuando, con la mirada de un niño, nos enfrentamos a un pasado desubicado en esta gigantesca cosa que es la historia, tan desconocido como atractivo. Y así, pues era consciente de que aún quedaban muchos paraísos perdidos en el planeta, especialmente en las profundas selvas de Sudamérica, decidió apostar por una vida de incomodidades y penurias con tal de ver hecho realidad ese sueño.
Nadie sabe si finalmente el paraíso al que líneas atrás hacía alusión acabó transmutando, siguiendo ese proceso alquímico con el que comenzaba esta página, en su infierno personal, pero cierto es que tras leer las detalladísimas crónicas de Francisco Raposo, un misterioso conquistador portugués de mediados del XVIII, el experimentado coronel se obsesionó con el asunto al punto de rayar la locura. Y es que tal y como reflejó el citado Raposo en un amarillento pergamino, en 1743 y tras años de exploración logró llegar hasta una enigmática ciudad en mitad de la selva del Mato Grosso, desvinculada de cualquier civilización conocida, y con el añadido de que parecía haber sido abandonada de un día para otro. Todo en torno a ella surgía como una deliciosa incógnita. Y así, en el año de 1926, el coronel puso en marcha la ansiada expedición, y como hombre innovador que era, decidió hacer crónica viva de lo que tanto él como sus dos acompañantes iban viviendo día a día en aquella jungla primaria, a través de las páginas de la North American Newspaper Alliance. Es por ello que hoy podemos seguir sus pasos hasta el punto en el que se les perdió la pista para siempre: el Dead Horse Camp. Cuando la mañana se abría en el corazón de la selva, poco antes de partir hacia su negro destino, Fawcett envió la última crónica; y es evidente que algo hubo de intuir: “Ya sea que pasemos y que volvamos a salir a la selva o que dejemos nuestros huesos para podrirse en ella, una cosa es indudable: la respuesta al enigma de la antigua Sudamérica será encontrada cuando hayan sido descubiertas las antiguas ciudades y queden abiertas a la investigación científica, porque las ciudades existen, de eso estoy seguro…”.
Desde entonces el silencio de Fawcett cayó como una losa en la comunidad internacional, que como si de un serial de Conan Doyle se tratase, se habían enganchado a las letras del coronel. Después muchos fueron en su busca, y muy pocos los que regresaron, cimentando la maldición que se cierne sobre los que buscan Z, la ciudad perdida; porque ésta asegura que quienes pretenden profanar sus secretos, jamás regresan…
Lorenzo Fernández Bueno