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Hemeroteca :: Edición del 01/12/2010 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 24/11/2010@09:00:21 GMT+1
Estuve allí el año pasado, por estas mismas fechas, y he de reconocer que en este caso el olfato se me atrofió, porque tanto mi compañero de viajes Juanjo Revenga, como yo mismo, paseamos durante horas por el impresionante complejo teotihuacano, paladeando cada paso que dábamos por la lúgubre Calzada de los Muertos, esa misma por la que en los días grandes de la ciudadela prehispánica, los “condenados” caminaban más o menos alegres hacia su particular destino negro: el ara de sacrificios que se elevaba a los cielos desde la zona intermedia de la Pirámide de la Luna. Llegamos a primera hora de la mañana, cuando hacía pocos minutos que el Astro Rey había despertado de su letargo nocturno, y comenzaba a iluminar estas piedras viejas, tanto que pocos son los que se ponen de acuerdo a la hora de datar la gran Teotihuacán.

Sea como fuere, tras la difícil ascensión que supone ir serpenteando por los estrechos escalones que llevan hasta la cumbre de la citada pirámide, una vez los pulmones recuperaron el aliento, nos apostamos en esa misma parte intermedia, intentando comprender qué motivó a ese hombre del pasado para que realizara, sobre el mismo enlosado que ahora pisábamos, los terribles actos que propiciaron que, según las crónicas de Indias, la sangre se precipitara cual cascada hasta la base misma de la estructura, en una de las escenas más dantescas que jamás pudieramos imaginar. Porque ese era el pago necesario para calmar la ira de los dioses, tan necesarios como distantes; agresivos, odiados y queridos a partes iguales. De su apariencia en ocasiones sospechosamente humana mucho habría que hablar, y seguramente lo haremos en próximos números. Ahora regresamos a ese instante en el que, continuando con nuestro recorrido por la gran ciudad azteca –al menos en su última etapa– llegamos a ese sector poco visitado, porque generalmente el turista se queda con tres de las muchas maravillas que atesora el complejo: las citadas Calzada de los Muertos, la Pirámide de la Luna, y la majestuosa Pirámide del Sol. Pero el fantástico Templo de Quetzalcóalt pasa desapercibido, al extremo de que apenas un puñado de curiosos se acerca hasta allí. Es tan bizarro en su diseño que cuando observamos las múltiples cabezas que representan a la serpiente emplumada, más parece un catálogo de seres sacados de la más atroz de las pesadillas que de un templo consagrado a una de sus deidades más carismáticas. Y allí, la sensación que tiene el viajero es de encontrarse frente a una suerte de Stargate, una puerta a las estrellas que los arqueólogos, trabajando a pie de terreno, parecen querer activar.

La imaginación, llegados a este punto, se desborda; bueno, siendo humildes, no tanto, ya que hace doce meses no fuimos capaces de “atisbar” que la gran lona sostenida con palos que cubría el frontal del templo escondía el “otro” trabajo que, lejos de ojos curiosos o cámaras indiscretas, estaban llevando a cabo un grupo de arqueólogos comandados por Sergio Gómez. Y no sólo eso: además se hallaban a las puertas de culminar años de trabajo, alcanzando el fondo de un sueño, en este caso en la forma de un canal descendente de 12 metros de profundidad por 5 de diámetro. Lo que buscaban a punto estamos de poder disfrutarlo. Ahora, gracias al trabajo de nuestro compañero Josep Guijarro, podemos ofrecerles un adelanto documental exclusivo de lo que en cuestión de meses podría ser el mayor descubrimiento arqueológico de lo que llevamos de siglo: la tumba de un rey teotihuacano, bajo uno de sus templos más enigmáticos.

Pues eso, a por ello…

Lorenzo Fernández Bueno
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