Última actualización 24/11/2010@09:18:49 GMT+1
Miles de personas venidas desde diferentes puntos de nuestra geografía acuden cada mes de septiembre al extremeño Real Monasterio de Guadalupe. Son días en los que la fe cobra fuerza. ENIGMAS peregrinó hasta el corazón de la vieja Extremadura para descubrir las huellas de la heterodoxia, de lo prodigioso, para ser testigos de una de las romerías más antiguas de nuestro país cuyo origen se pierde en hechos y ritos medievales de carácter mágico y pagano…
El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe se transforma durante los primeros días de septiembre en enclave de peregrinación para multitud de devotos, fieles y curiosos. Y es que hasta este templo, de gran fama milagrera, emprenden viaje miles de peregrinos desde los vecinos pueblos de Cáceres, Badajoz, Toledo, Ciudad Real y el resto de España en busca de desesperado auxilio o cumpliendo promesa por los favores recibidos, incluso de generación en generación.
Son días de fervor y entrega en el corazón de la vieja Extremadura. Jornadas en las que, en las faldas del monte Altamira, allí donde según Caro Baroja se reunían las brujas extremeñas para celebrar sus aquelarres, hombres, mujeres y niños entran descalzos y de rodillas para luego recorrer su claustro, mostrando así piadoso agradecimiento por los prodigios concedidos, implorando perdón y rogando un milagro, una intercesión divina que haga lo imposible realidad. Porque su devoción a la milagrosa “morenita extremeña” en año jubilar guadalupense, convierten las calles del pueblo en un hervidero de emociones y sentimientos. Pero… ¿cómo y por qué de tanta devoción a la Virgen negra de Guadalupe?
Un origen legendario
Cuenta la leyenda que todo comenzó cuando un pastor fue a buscar una de sus reses extraviada. Tras tres días de rastreo, halló al animal muerto y al sacar su cuchillo para quitarle la piel, la bestia despertó y una mujer resplandeciente se le apareció dándole un mensaje: “No temas que yo soy la Madre de Dios, Salvador del linaje humano; toma tu vaca y llévala al hato con las otras, y vete luego para tu tierra; y dirás a los clérigos lo que has visto y decidles de mi parte que te envío yo allá, y que vengan a este lugar dónde estás, y que caven donde estaba tu vaca muerta debajo de estas piedras; y hallarán ende una imagen mía. Y cuando la caven, diles que no la muden ni lleven de este lugar donde ahora está, mas que hagan una casilla en la que la pongan. Ca tiempo vendrá que en ese lugar se haga una iglesia y una casa muy notable y pueblo asaz grande”.
Como en tantos otros casos donde se han producido encuentros con seres “resplandecientes” y ha surgido culto a vírgenes negras, de aquel pastor lo cierto es que no sabemos nada. Si bien el pueblo ha admitido el nombre de Gil Cordero, gracias a las investigaciones que llevo a cabo Juan de Carvajal y Sande, repetidas por el resto de cronistas e historiadores a lo largo del tiempo, lo cierto es que, como afirma Solano de Figueroa en su obra Santos de Cáceres, nuestro protagonista también podría llamarse Gil de Santa María.
“Ni la leyenda de la aparición de la Virgen, ni los restantes documentos de la época, hablan con claridad del nombre y apellidos del pastor que descubrió la imagen entre los riscos de Villuercas –afirma el padre Juan de Malagón en Historia de Nuestra Señora de Guadalupe–. Aquella sólo dice de su oficio –que era pastor– y de su naturaleza –originario de Cáceres–”.
Y es que la Virgen de Guadalupe se encuentra dentro de ese grupo de imágenes marianas que en el medievo fueron halladas en idénticas circunstancias, sobrenaturales y extraordinarias, y que además parecen ser parte de un plan divino para unos, de inteligencias no terrestres como ya apuntara Jacques Vallé en su obra Pasaporte a Magonia, o muy terrestre para otros…
“¿Cómo hacer que la gente ignorante adorase imágenes cristianas? Fingiendo que esas imágenes aparecían en ellos milagrosamente –explica Juan Eslava Galán en su obra España insólita y misteriosa–.
(El resto del reportaje continúa en la revista ENIGMAS Nº180).
Francisco Contreras Gil