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Hemeroteca :: Edición del 01/01/2011 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 21/12/2010@07:20:25 GMT+1
Cuando estas líneas vean la luz hará pocos días que habré regresado a España, de un viaje que ahora, apenas habiéndolo comenzado, ya nos ha deparado sorprendentes historias que iremos publicando en los próximos meses. Pero ahora, puesto que esta página me permite viajar en la máquina del tiempo de mi admirado Herbert George Welles, me encuentro en Iquitos, un extraño lugar en mitad de la selva amazónica en el que se dan cita bohemios, ayahuasqueros, chamanes del más diverso pelaje y hippies trasnochados que quedaron colgados en un momento de su vida después de participar en un ritual chamánico adulterado, sufriendo el calor y la humedad, pero en cierto modo disfrutando de un universo que aún hoy está regido por las leyes de una magia ancestral que aquí, y desde hace milenios, es ley que rige la selva.

La noche cae y las nubes amenazan tormenta, pero ello no es óbice para que una caterva de traficantes de marfil se acerquen a cada minuto ofreciéndonos dientes de otorongo, el gran jaguar, el animal más poderoso y fascinante que habita en las entrañas de la jungla; o de cocodrilo, tan deseado especialmente por los hijos del país del Sol Naciente porque su forma fálica potencia el vigor sexual perdido…
Pero también, en este bizarro escaparate de la magia, como lo definiera el fantástico redactor jefe de esta publicación Óscar Herradón, los vendedores de poder traen su faltriquera preñada de objetos, unos para hacer “la blanca”, y otros para invocar y dominar a los más oscuros demonios. Esos son, qué duda cabe, los objetos malditos de los que nadie duda, poderosos como esos dioses del mundo antiguo que en más de una ocasión se han asomado a estas páginas; efectivos como el veneno de la soga del muerto, que te permite viajar a través del puente que une los mundos visible e invisible. Nadie, o casi nadie, los quiere ni tan siquiera ver, porque su poder se ceba con aquellos a los que se desea mal, pero también piden a su “amo” un pago a cambio del favor concedido. Piedras grabadas con siniestros caracteres, botes llenos de los más diversos elementos; incluso sobres con polvo para provocar “el daño”, que da vida y mata a partes iguales.

Quizá los que este mes se asoman a la portada de ENIGMAS, en nuestro particular museo de las obras malditas nada tienen que ver con los que ahora tengo encima de la mesa, pero qué duda cabe que su poder, revestido por el mal de los tiempos antiguos es tanto o más efectivo. Porque basta con creer para despertar la maldición que los reviste, la “mala vibra” que condensan. Esa es la primera regla de la magia primigenia: creer, y a partir de ahí dotarlos de efectividad es cuestión de que aquellos que los utilizan sepan mover los mecanismos adecuados.

Ahora la noche cae, y la selva despierta con sus esencias y sonidos; los animales salen a cazar, moviéndose al compás del tambor del chamán, que haciendo uso de su amuleto despierta los horrores de aquel al que quiere hacer mal. Son esas situaciones en las que nuestra mente primermundista se vuelve primaria y nos habla; nos aconseja que llegados a este punto “abramos” los oídos, guardemos silencio, y veamos…

Lorenzo Fernández Bueno
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