Última actualización 23/02/2011@09:22:30 GMT+1
Aquel que consigue ser recordado, que por sus méritos o deméritos rompe las barreras que el tiempo nos impone como espíritus fugaces que somos en este coloso que es la historia, en cierto modo ha logrado alcanzar la inmortalidad. Imagino que eso, a los que nos quedamos en este infierno terrenal –que alguna cosa buena tiene–, nos ayuda y reconforta a pasar el mal trago, pero a aquellos que marchan de poco les sirve. Evidentemente no hablamos en los reportajes que este mes ofrecemos en portada de pequeñas historias, si no más bien de grandes personajes que desde tiempos pretéritos quisieron perpetuar su poder, y por ende la propia vida, luchando contra esta carcasa perecedera que vive del oxígeno y que, ironía de la existencia, nos oxida con los años causando nuestra desaparición. Porque en este olimpo de ilustres buscadores de la inmortalidad destacan con brillo interno el gran emperador Qin Shi Huangdi, el unificador de la China tal y como hoy día la conocemos, que quiso vivir más allá de ese tiempo que los dioses le habían otorgado, buscando en las islas del norte las fuentes de la eternidad que las leyendas ubicaban en algún lugar perdido de tan lejanas latitudes. Aquella expedición no sirvió para encontrar fuente alguna, pero sí para que por vez primera Japón quedara localizado en un mapa, y para que el monarca, soñando la eternidad se topara de bruces con el eterno enemigo de esta, y pereciera en su intento. Así las cosas no podemos obviar que si bien no logró el elixir que le habría de conceder la juventud por los siglos de los siglos, sí consiguió romper esas barreras a las que hacía mención al comienzo de estas líneas, pues de una forma u otra todos tenemos su historia impresa en la memoria, ¿verdad? Porque, ¿quién no ha oído hablar de su poderoso ejército de soldados de terracota, descubiertos décadas atrás bajo toneladas de tierra sobre el que seguro es el mayor mausoleo de la historia de la humanidad?
Como Qin Shi Huagndi hubo otros; Nicolas Flamel que grimorio en mano intentó crear el elixir de la eterna juventud; o el avatar de Dorian Gray, el misterioso conde de Saint-Germain, que a lo largo de su vida hizo uso de sus dotes de oratoria y de su bien nutrido carisma para hacer creer a propios y extraños que era un ser inmortal; tanto que a su muerte fueron muchos los que con el paso de las décadas aseguraron haberlo visto, tan lozano como cuando en compañía de su amigo Giacommo Casanova saltaba de alcoba en alcoba, huyendo por los serpenteantes callejones de la díscola Venecia.
Ahora, estos nombres se escriben con tecnicismos científicos, y poseen la forma de nanorobots capaces de prolongar la existencia hasta, al menos en lo teórico, límites inimaginables. Las fuentes hoy no vierten aguas con poderes extraordinarios, si no más bien diminutas estructuras que nos acercan a un concepto de la eternidad alejado de la divinidad, y más cercano a la ciencia. No obstante, ya dijo Albert Einstein que “el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. Y en este caso esa puerta nos permite el acceso al futuro; un futuro que soñaron esos grandes personajes del pasado, y que hoy se atisba lejano, pero real…