Última actualización 23/02/2011@09:33:05 GMT+1
Silenciosos como el paso de los siglos, los mares españoles guardan en sus fondos increíbles tesoros a la espera de ser rescatados. Oro de América, monedas romanas y cartaginesas, plata, bronce… es sólo una pequeña muestra de lo albergado a pocos kilómetros de la costa. Un terreno hasta hace poco reservado para los llamados cazatesoros y que ahora comienza a ser reclamado por el Estado español.
Mujeres, un montón de mujeres desnudas… muertas, podridas, sifilíticas… cadáveres verdes”. Con estas palabras, el pescador de esponjas griego Elías Stadiatis salía a la superficie tras sumergirse enfundado en su traje de buzo. Ante el estupor general, su compañero, Dimitris Kondos, decidió realizar una segunda inmersión. Cuando regresó a la superficie llevaba atado a su cinturón de plomos un brazo de bronce perteneciente a una estatua de la Grecia clásica.
Esta anécdota ocurrida en 1900 ejemplifica perfectamente los fabulosos tesoros que aún retiene el mar Mediterráneo en sus fondos y que adquiere su mayor expresión en las costas españolas, uno de los países del mundo con mayor número de pecios. Basta un solo dato: el valor de las piezas de oro y plata sumergidas en nuestras costas se calcula en 116.000 millones de euros, “más oro que todo el disponible en el Banco de España”, dice el ex presidente de la Fundación Internacional para la Proyección y Difusión del Arte, Gonzalo Millán del Pozo.
El mapa de los pecios
Según las últimas estimaciones, sólo en la franja que se extiende entre Cádiz y Huelva hay catalogados más de 800 pecios, de los que unos 240 están a menos de tres kilómetros de la orilla y a no más de 35 metros de profundidad. Barcos como el Santa Cruz (1554), el San Juan de la Veracruz (1628) o el Nuestra Señora de la Consolación (1660).
Esta cifra, para expertos como Millán del Pozo no es excesiva, si se tiene en cuenta que aquellos hundimientos “se produjeron a lo largo de tres siglos de un intenso tráfico marítimo”, durante los cuales la entrada al Mediterráneo fue la zona de mayor trasiego naval del mundo, con más de 20 barcos diarios saliendo o llegando al puerto de Cádiz. Y esto sólo en Cádiz, porque a nivel global, también deben contabilizarse los barcos hundidos en aguas del Estrecho, en las costas catalanas y valencianas e, incluso, en el Cantábrico, cuyas bodegas es muy posible que aún guarden importantes cantidades de oro procedentes de las guerras en Flandes y el Norte europeo. En total, unos 3.000. Cifra a la que cabría añadir los pecios situados en aguas americanas, unos 683 galeones según los últimos datos. Entre ellos el navío más buscado de todos los tiempos por el inmenso tesoro que guardaba en sus bodegas, el San José, localizado en aguas colombianas y cuyo gobierno le niega a España la autorización para sacarlo de las profundidades, sabedor de su altísimo valor económico.
Así, no es de extrañar que tal legado arqueológico haya despertado la codicia de los llamados cazatesoros, gozando de una impunidad casi total, como quedó demostrado con el episodio del navío Nuestra Señora de Atocha, buque insignia de la Armada Española durante el siglo XVII. Con un poder artillero de veinte cañones de bronce, este barco unía Sevilla con las Américas transportando en sus bodegas avituallamiento a la ida y oro a la vuelta. En uno de esos trayectos de regreso a Sevilla, el buque fue asaltado e incendiado frente a las costas de Florida por piratas ingleses, hundiéndose su carga con él. Durante siglos, el galeón permaneció en el fondo del mar, a la espera de que algún historiador volviera a interesarse por él; pero no fue un historiador quien lo hizo, sino el cazatesoros norteamericano Mel Fisher, quien en 1970 emprendió su búsqueda con la ayuda de su propia compañía bautizada acertadamente Treasure Salvors –“Salva Tesoros”–.
En 1980 Fisher anunció su hallazgo y la recuperación de su tesoro: 300.000 objetos entre los que destacaban 115 barras de oro, 1.401 barras de plata, 180.000 monedas… Todo por un valor aproximado en la época de 360 millones de euros. La situación era novedosa para el Gobierno español, y no supo defender su posición privilegiada para que se le reconociese como acreedor legítimo del pecio, no quedándole más remedio que asistir a la subasta que se celebró en la londinense casa Christie’s, entre los días 14 y 15 de junio de 1988. ¿El resultado? Mel Fisher se enriqueció, las piezas españolas se diseminaron por medio mundo y España sólo pudo recuperar algunos objetos, previo pago de 25.000 dólares, para integrarlos a la colección del Museo de América.
El episodio fue único por su magnitud, pero no por su cotidianeidad, si nos atenemos a esas estimaciones que reflejan cómo el 1% de las riquezas sumergidas españolas ya se ha perdido irremediablemente. Negocio redondo para quienes las roban y mucho más para las casas de subastas que dan salida a lo recuperado. Sólo la firma Christie’s obtiene, según ciertas informaciones, unos ingresos anuales por la subasta de este tipo de objetos de más de veinte millones de euro.
Una curiosidad: los cazatesoros no buscan monedas para venderlas a coleccionistas. Es tal su cantidad que de distribuirlas saturarían el mercado y como nadie quiere pagar por algo que posee todo el mundo, prefieren fundirlas para extraer el oro y la plata con los que se acuñaron.
(Continúa la información en ENIGMAS 183).
Janire Rámila