Del mito de la Arcadia a la iniciación en las sociedades secretas
Última actualización 21/03/2011@13:06:58 GMT+1
José Luis Espejo¿Alguna vez se ha preguntado por qué los primeros humanos que pisaron la Luna tenían un apellido que comienza por A? También es notable el hecho de que todos los continentes de nuestro planeta empiecen y acaben por A: Asia, África, América, Australia, Antártida y Æuropa (así se escribía originalmente, antes de que la Æ fuera transformada en E). Lejos de tratarse de casualidades, la prevalencia como símbolo de la letra A encierra significados tan ocultos como sorprendentes
El enigma de la doble A ha sido asociado, tradicionalmente, al mito arcádico. Éste tiene inicio en la décima égloga de Virgilio (70-19 aC.), que escribe: «Pastores de la Arcadia venturosa / Maestros en cantar con dulce acento /… / Vosotros solos cantaréis mi pena». Jacopo Sannazaro (1456-1530) se hace eco de estos versos crepusculares, y sobre ellos construye lo que sería el arquetipo de la literatura bucólica. Su Arcadia (1502) sería imitada por Cervantes (en su Galatea) o por Philip Sidney (en su Arcadia). Pero, ¿qué esconde este idílico –aunque no exento de significados ocultos– escenario pastoril?
Francesco Tateo, en su edición comentada del clásico de Sannazaro, sostiene que las dos principales ideas-fuerza de la Arcadia son, por un lado, el contrapunto fúnebre (el sepulcro, la muerte) que acompaña al placentero paisaje arcádico y, por otro, el «viaje subterráneo» que pone fin al «viaje iniciático» del protagonista (Sincero, sobrenombre del propio Sannazaro).
En el proemio de su Arcadia, Sannazaro alude a una «fontana, que libremente mana de la viva piedra», y sitúa a los pastores «bajo las placenteras sombras, junto al murmullo de líquidas fuentes». A su vera un ciprés: «En el centro, junto a una clara fuente, se levanta hacia el cielo el enhiesto ciprés, veraz imitador de las altas metas» (Prosa Primera). Como es bien sabido, el ciprés –que apunta al Cielo– es un árbol recurrente en los santuarios, pero también en los camposantos. Y al final de la obra (Prosa Duodécima) Sannazaro alude a las entrañas de la Tierra («¡La tierra, que yo pensaba que era firme, encierra en sus entrañas tanta concavidad!»), que acogen los restos de la amada de Orfeo, la infortunada Eurídice. Según el mito, ésta expiró tras ser mordida por un áspid… (Continúa en AÑO/CERO 248).