Última actualización 18/04/2011@11:47:15 GMT+1
Nuestro colaborador Carlos Mesa viaja hasta una de las regiones más bellas de Marruecos, Nador, en el Valle del Rif, para ser testigo de un pasado muy diferente al que nos cuenta la arqueología oficial…
No hará más de un año leía la siguiente noticia en un blog: “Más recientemente, y en Marruecos también, se han hallado en una cueva de la región de Nador, en el norte del país, restos de tres esqueletos de niños pertenecientes a una raza desconocida de gigantes. Se trata de una zona próxima a las míticas columnas de Hércules, considerada patria del bíblico gigante Goliat”. La noticia se fue repitiendo hasta la saciedad en cientos de lugares, copiada tal cual. Y es que Internet podrá ser un buen lugar para dar a conocer noticias, incluso aquellas de las que nadie quiere hablar –como es el caso de las fugas de información de Wikileaks–, pero nunca sabes si lo que lees es cierto o no.
Para mi desgracia compruebo que tal o cual persona cree a pie juntillas todo aquello que lee por Internet. Teniendo en cuenta que algunas cadenas de televisión también se nutren de esta fuente, el problema se acrecienta. Había que comprobar, una vez más, si la noticia era cierta o falsa. De modo que cogí la mochila y puse rumbo a Nador, junto a mi compañera infatigable de aventuras.
Nador es la capital del Rif, y se llega a ella nada más atravesar la frontera con Melilla. Hay cerca de 450.000 habitantes e incluso dispone de un aeropuerto internacional en Al Aouri. Nador es fundamentalmente bereber. Como me comentó el amigo Mohamed, un ingeniero de la zona, la ciudad está dividida en dos partes: la pobre y la rica, en una zona llamada Mar Chica, que dará mucho que hablar durante los próximos años, ya que se rumorea que acabará convirtiéndose en lugar turístico.
En 1934 todavía pertenecía al Protectorado español; fue aquí donde Franco reclutó sus tropas africanas en 1936. Por lo tanto, los rifeños hablan su propia lengua, así como el árabe; pero en casa, en el ámbito doméstico, suelen hablar español. El auténtico rifeño se reconoce enseguida porque su piel es blanca y tiene un color sonrosado en sus mejillas. El árabe es oscuro y como dicen los propios rifeños, que se quieren diferenciar de sus hermanos árabes, “tienen la piel azulada”.
Llegar hasta allí es relativamente fácil, buscar las zonas arqueológicas para rastrearlas en busca de los gigantes, ya es más difícil. Si añadimos el problema de alquilar un coche, la cuestión se complica. Logramos alquilar un desgastado Ford Fiesta que utilizamos como todoterreno y con el que pasaríamos por pedregales y caminos solo aptos para cabras montesas. Ubicar las zonas arqueológicas del Rif en un mapa cedido por el hotel de Nador es sencillo. Solo existen estas ubicaciones datadas y reconocidas oficialmente como yacimientos prehistóricos: Saka, Monte Araoui en Nador, Hassi Ouenzga, Ifri n’Ammar y alguno más en Afsou. Nos decidimos por Hassi Ouenzga, donde el ejército alemán de Rommel encontró restos prehistóricos, e Ifri n’Ammar que, aunque desconocida casi por completo para los arqueólogos, es destacable por ser el lugar donde se registra un mayor número de hallazgos de la llamada cultura ateriense.
En Hassi Ouenzga solo hay pequeños pozos en mitad del desierto. Con el coche detenido, al avanzar entre dunas, aparece una kabash bereber. Esta especie de palacios fortificados con piedra, barro o ladrillos, siempre han sido muy resistentes al paso del tiempo. El que vemos debe de ser muy antiguo, ya que solo es de barro reforzado con madera. Solían tener varias plantas o pisos, con una última terraza donde colgar la ropa. Del que vemos únicamente quedan algunas de sus paredes en pie.
No sé por qué, pero cuando miro hacia las antiguas kabash enseguida establezco una comparativa con las casas de los Dogón, la tribu de Mali, en el Africa occidental, que vive en la falla del Badiangará. Los Dogón se hicieron populares por la creencia en las tres estrellas de Sirio. Fue el antropólogo Marcel Griaule, en 1950, quien se dio cuenta de que esta tribu africana conocía la existencia del sistema estelar. Lo curioso es que Sirio B se conoce desde 1862, incluso en 1920 y 1930, algunos observadores decían haber localizado ya Sirio C.
(Continúa la información en ENIGMAS 186).
Carlos Mesa