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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2011 | Salir de la hemeroteca
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Machu Picchu

Última actualización 01/06/2011@10:49:02 GMT+1
ENIGMAS

Fue, cien años atrás, una de las grandes aventuras emprendidas por el hombre, en una época en la que la batalla por llegar al Polo Sur, por encontrar las ciudades perdidas de la selva, o por arrancar de las arenas del Sahara los templos que allí se protegían de los expoliadores suponía para quienes lo lograsen la eternidad. Porque la última capital de los incas permanecía solitaria desde un tiempo impreciso, y aún así, su silencio era sinónimo de secreto…
La belleza de las líneas, el arreglo simétrico de los bloques y la gradación de la magnitud de las hileras se combinaban para producir un efecto maravilloso, más suave y grato que aquel de los templos de mármol del Viejo Mundo. Debido a la ausencia de mezcla no quedaban huecos feos entre los bloques. Parecían haber crecido unidos. Por la belleza del blanco granito esta estructura sobrepasaba en atractivo a los mejores muros del Cuzco que habían maravillado a los viajeros durante cuatro siglos. Ofuscado todavía, comencé a darme cuenta de que este muro y el templo semicircular adyacente sobre la cueva eran tan finos como los más finos trabajos en piedra que se conocen en el mundo.

Realmente me quedé sin aliento. ¿Cuál podía ser este lugar? ¿Por qué nadie nos dio idea alguna de él? Hasta Melchor Arteaga se mostró solo moderadamente interesado y no apreció la importancia de las ruinas que Richarte y Álvarez habían adoptado como terreno para su hacienda. Quizá después de todo era un pequeño sitio aislado y que no llamó la atención por ser inaccesible.

Luego el niño me urgió a trepar por una abrupta colina sobre la cual parecía haber una escalera de piedra. Una sorpresa seguía a la otra en aplastante panorama. Llegamos a una gran escalera compuesta por bloques de granito. Luego caminamos a lo largo de una senda hasta el claro en que los indios habían plantado un pequeño jardín de verduras. De pronto nos encontramos frente a las ruinas de dos de las más hermosas estructuras de la antigua América. Hechas de granito blanco, las paredes presentaban bloques de tamaños ciclópeos, más altos que un hombre. La vista de aquello me dejó hechizado”.

Hiram Bingham, el arqueólogo becado por la universidad estadounidense de Yale, escribía apresuradamente en su cuaderno de viaje, como si sintiera que aquello que sus ojos contemplaban al amanecer del 24 de julio de 1911, fuese a desaparecer de la misma forma a como se difumina un sueño. Frente a él, protegida por la selva, surgía la ciudad perdida, hogar de los últimos incas, tomada por el silencio y por los espíritus que en él habitan…

Pero, ¿quién descubrió Machu Picchu?

Cuando partimos de Cuzco, y cerca de los tres mil metros de altitud llegamos al Valle Sagrado, no es difícil entender por qué el inca decidió levantar en esta región fértil, protegida por las alturas andinas, las principales ciudades-fortaleza que hoy son visitada por cientos de turistas. Porque Ollantaytambo, Choque-quirao o las terrazas circulares de Moray pasan a un segundo plano cuando, tras viajar en un tren que discurre a la vera del salvaje río Urubamba, dejando atrás la ciudad de Aguas Calientes, la pista de montaña comienza a serpentear en una ascensión que se antoja infinita, culminando allí donde años atrás se sufría para llegar.

La selva se apodera del entorno, y las montañas crecen hasta tocar los cielos, recordando a los neófitos que esta es la casa de los Apus, y que muy probablemente por ello se levantaron en tan inhóspito lugar ciudades como la que ahora contemplamos. Hasta ella llega el mítico camino inca que parte de Cuzco, la antigua capital de la que nacían todos los caminos que habían de conducir a los rincones del Tahuantinsuyo, el “ombligo del mundo”, y de ella parten otros que se pierden entre la vegetación de esas mismas montañas, que todavía nadie sabe hacia dónde llevan, porque nadie se ha atrevido a recorrerlos más allá de donde alcanza la vista.

Ahora bien, por seguir una secuencia cronológica, si montamos en esta máquina del tiempo que son las páginas de ENIGMAS, nos desplazamos hasta ese año de 1911, donde un entusiasmado arqueólogo daba saltos de alegría por haber hallado “la ciudad de Manco y sus hijos”, esa misma a la que estos huyeron una vez los españoles se impusieron a sangre, espada y coraje a los hijos del imperio más poderoso que jamás conociera América, y a la que años después frailes y conquistadores intentaron llegar, unos pensando en evangelizar estas alturas envueltas de paganismo, y los otros con el ansia de morder las piezas de valor que allí se encontrasen.
(Continúa la información en ENIGMAS 187).

Lorenzo Fernández Bueno
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