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Hemeroteca :: Edición del 01/07/2011 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 20/06/2011@09:44:08 GMT+1
ENIGMAS

A mí, lo reconozco, me gusta pasar miedo. Siempre y cuando, eso sí, lo pueda controlar. Porque esa sensación se puede transformar en algo detestable, nocivo para nuestra salud física y mental, cuando se manifiesta de manera inesperada. Imagino que es por eso por lo que durante la noche, cuando nos enfrentamos a la oscuridad, salen todos los demonios que desde el tiempo pretérito acosan al ser humano.

Miedo… recuerdo, cuando esta revista apenas sí tenía seis meses de edad y como un recién nacido luchaba contra el virus del olvido para subsistir en el universo de las publicaciones mensuales, que una mañana el gran Fernando Jiménez del Oso arqueó su ceja izquierda más de lo normal. Estaba leyendo una carta manuscrita, que iba acompañada de una cassette. Tras emitir un profundo suspiro, el doctor, solemnemente, introdujo la cinta en un viejo aparato que imagino todavía andará por algún rincón de este edificio, y a continuación la voz desesperada y al borde de la histeria de un hombre aparentemente joven, comenzó a fluir como un torrente de información que no auguraba nada bueno. Días más tarde Fernando y yo conversábamos en el tren, reflexionábamos sobre el contenido de aquella grabación, e imaginábamos cómo sería su “dueño”, con el que por cierto, nos habíamos citado en una pequeña casa de la ciudad de Córdoba. Porque lo que horas antes aquel hombre desesperado transmitía a través del viejo aparato era miedo; terror a lo desconocido, a algo que se estaba cebando con él y los suyos en su propio hogar. Recuerdo, porque en cierto modo fue mi “bautizo de fuego” en ENIGMAS, que al llegar al humilde inmueble de nuestro anfitrión la familia se amontonaba en el pequeño salón del piso completamente aterrada. Hacía semanas que su hogar, por el que tanto habían luchado, se incendiaba sólo. Los miembros del Cuerpo de Bomberos y de la Policía Nacional habían realizado sus pesquisas en el interior de la casa, llegando a una conclusión vacía, porque no eran capaces de atisbar qué estaba ocurriendo entre aquellas cuatro paredes: sombras que entraban y salían de los armarios, combustiones espontáneas que ennegrecían paredes y techos, imágenes de santos que por decenas adornaban el pasillo del piso, y que como si una mano invisible los acosase se precipitaban contra el suelo, y un olor nauseabundo que conforme el reloj se acercaba a las diez de la noche aumentaba espectacularmente. Esa era la hora, el momento en el que la anciana madre de nuestro interlocutor parecía entrar en un estado de posesión brutal, incontrolable, muy agresivo…
La historia es demasiado larga para desarrollarla en estas líneas, pero con las trazas que acabo de dibujar imagino que el lector se hará una idea del pavor que invadía a aquella familia, un miedo que no he podido olvidar en todos estos años, y que a mí mismo me mantuvo despierto durante muchas madrugadas.

No obstante, el que ocupa las páginas sucesivas es de otro signo, y aúna belleza, historia y viaje, elementos esenciales para las fechas que se avecinan. Así que disfruten de ello, que como decía al principio, si es controlado puede llegar a ser adictivo. Y si no, ya me cuentan…


Lorenzo Fernández Bueno
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