Última actualización 20/06/2011@09:52:02 GMT+1
ENIGMASHay enclaves en nuestro planeta que poseen unas características que los hace muy especiales; porque poseen una historia pasada que se manifiesta cada vez que el viajero intrépido se acerca hasta ellos. Y es que son lugares en los que no es difícil percibir lo que allí aconteció; donde no es difícil controlar un sentimiento tan apetecible como rechazado: el miedo…
Las catacumbas de París
Cementerios famosos en el mundo hay muchos. Pero posiblemente pocos guarden la historia y el “encanto” de éste que nos disponemos a visitar. Porque aquí la muerte adquiere su aspecto más visible y descarnado, recordando esa máximo que “polvo somos y en polvo nos convertiremos”. Son las lúgubres catacumbas parisinas, tan aptas para pasear en noches de tormenta como para que la imaginación se deje llevar hasta sus profundidades, allí donde el nido de vampiros de Lestad descansa de miradas, más que curiosas, aterradas. Esta es su historia…
Contraluces, galerías inexploradas, el constante fluir de una gota que en el silencio de este mundo subterráneo retumba como un cañonazo. Es difícil no estar ojo avizor cuando a nuestro alrededor únicamente hay oscuridad, y restos humanos.
El subsuelo de París está horadado por una inmensa red de túneles, que montando una vez más en nuestra particular máquina del tiempo nos llevarían hasta el tiempo en el que los romanos ocuparon gran parte de la Galia, y este mundo de tinieblas estaba iluminado, sólo en parte, por la luz de la mañana que asfixiaba a aquellos que día y noche clavaban sus piquetas sobre las duras piedras de la mina.
Tiempo después, esas mismas minas fueron abandonadas, y sobre las techumbres de las antiguas casas se fueron levantando los cimientos de las nuevas, conformando la estructura de una ciudad que parece mirar hacia otro lado cuando la llaman “de las luces”, porque desde hace siglos hasta aquí sólo llegan las sombras.
Así las cosas las minas fueron sacadas del olvido bien entrado el siglo XVIII, por una cuestión de necesidad. Hasta esas fechas tan sólo los maleantes y desarrapados se atrevían a sumergirse por sus estrechas oquedades, unos huyendo de la justicia de Dios, y otros buscando un lugar en el que guarecerse.
La cuestión es que a lo largo del citado siglo, la población parisina había crecido de manera exponencial, y de igual modo que la urbe “engordaba” para adaptarse a las demandas del excedente más que significativo de habitantes, también lo hacían los cementerios, que se veían saturados de cuerpos, al punto de que ni las fosas comunes daban abasto. Las autoridades, alertadas por el creciente temor de que se empezaran a desarrollar virulentas epidemias, en una decisión que seguro hubo de espantar a más de uno, optó por ordenar el traslado de parte de los cuerpos de los rebosantes camposantos de París al interior del nuevo cementerio habilitado para acoger los restos de aquéllos que ya partieron. ¿Se imaginan dónde? Efectivamente, al interior de las antiguas minas. Sea como fuere, no puedo dejar de imaginar cómo se hubieron de producir dichos desplazamientos, a altas horas de la madrugada, con los carruajes mortuorios rompiendo el silencio, intentando evitar que el crujir de la madera de las grandes ruedas al rodar sobre los cantos despertara la curiosidad de los vecinos. Es probable que tan horrenda visión hubiera acelerado el rumor de epidemia, con las consecuencias nefastas que se habrían derivado de ello.
Durante quince largos meses, noche tras noche, fueron trasladando los restos óseos en una procesión que se antoja macabra, llenando las galerías y estancia subterráneas de unas minas que pronto adquirieron la categoría de catacumbas, al punto de que apenas cien años más tarde más de seis millones de fallecidos habían sido desplazados al enclave, despertando la curiosidad y el temor de la población que caminaba por las callejas unos metros más arriba.
Aquí no hay espíritus –al menos que sepamos–, pero sí el armazón que los sustenta en vida, y atender a aquello en lo que nos convertiremos es desgarrador. Hoy día los responsables del recinto han abierto al público apenas un kilómetro y medio de galerías, que sirve para hacerse una idea de la espectacularidad del lugar, y de lo que debe de haber en los más de 300 que no podemos visitar. La explicación que en su momento dieron las autoridades da que pensar: años atrás, un colectivo de “vándalos” que se vestían con el polémico ropaje de las creencias luciferinas, tomaron el sitio como centro ritualístico, y en más de una noche de solsticio o equinoccio les dio por llevar a cabo desagradables ceremonias para venerar a Satán, usando para ello la “materia prima” que más abunda en este reino de oscuridad: los restos de los difuntos. Así que ya saben, si acuden a París no dejen de visitar sus catacumbas: allí huele a muerte, y es posible que sea la mejor terapia para saborear como se merece esta maravillosa cosa que es la vida.
(continúa la información en ENIGMAS 188).
Lorenzo Fernández Bueno