Última actualización 21/09/2011@09:24:02 GMT+1
ENIGMASLa desaparición del Códice Calixtino hace unos meses de la Catedral de Santiago de Compostela ha resucitado cientos de historias sobre los robos de arte. Y muchos de ellos resultan incomprensibles. Algunos guardan tal complejidad que parecen totalmente inverosímiles.
A comienzos de 2009, una extraña noticia saltaba a los medios de medio mundo. Sucedía en Bombay. Todo parecía el ordinario trato entre la empleada de una joyería y un cliente, interesado en adquirir alhajas que sumaban 160.000 dólares de valor. Y el interés era real, porque se las llevó. Eso sí, no siguió los pasos habituales: olvidó pagarlas… Y no hubo ni armas, ni amenazas, ni secuestros… Las joyas se robaron con un susurro, con una mirada. El ladrón hipnotizó a la víctima y, lentamente, paso a paso, susurrando también sus pasos, marchó con su botín a otra parte. Pero había algo extraño en todo ello. No tardaron en alzarse las voces en contra de esta interpretación. Numerosos expertos advirtieron de que los medios estaban siendo víctimas de un engaño, que eran ellos quienes estaban siendo hipnotizados por la narración. La supuesta víctima bien podría ser una cómplice del ladrón…
Son centenares los robos en los que resulta imposible no solo recuperar el botín, identificar a los autores, sino simplemente desentrañar el modus operandi, la forma en que se consiguió acceder a la pieza robada, superar la seguridad, burlar a los guardas, en los que resulta imposible reconstruir el robo. El último de todos ellos, el del valiosísimo Códice Calixtino
La intriga, lo inexplicable, resultan inherentes a todo gran robo que se precie. Trasládense con nosotros a uno de ellos, casi ochenta años atrás. A la Segunda República. Año 1934. Miércoles de Ceniza. Caravaca de la Cruz, Murcia. Buena parte de España mantiene un pulso fratricida a causa de las decisiones tomadas tiempo atrás por el Gobierno de proceder a una separación del Estado y la Iglesia. Los más beatos acusan a la República de tratar de acabar con la esencia católica del país. Por otro lado, algunos entre los republicanos exigen terminar con un trato histórico de favor hacia la Iglesia, fuente de corrupción y de enriquecimiento ilícito. Y en ese clima de tensión un hecho viene a soliviantar los ya de por sí exaltados ánimos, el robo del Lignum Crucis.
Desprecio de grandes joyas
Las riquezas a las que habían tenido acceso los ladrones eran innumerables. Sin embargo, todas fueron despreciadas excepto el minúsculo trozo del Lignum Crucis, la sagrada reliquia que tanta devoción despertaba en todo el país. Pronto el legendario poder curativo de la reliquia dio pábulo a innumerables enigmáticas teorías. Y la pieza nunca apareció…
La tradición señala que la Cruz de Caravaca apareció en 1232, en el Castillo Alcázar de Caravaca. Dominaba en aquel tiempo Murcia, que era un reino taifa, Ibn Hud. Entre sus prisioneros se encontraba el sacerdote Ginés Pérez Chirinos. Quiso saber Hud en qué consistía su labor, cómo se desarrollaba la Eucaristía. Curiosidad. Pero el sacerdote hizo notar que faltaba algo para que pudiese celebrar la Misa: la cruz. Cuando el rey taifa creía imposible poder contemplar los vericuetos del ritual cristiano, una ventana del salón en que se encontraban se abrió sin aparente contacto humano. Por ella entraron dos ángeles que portaban una cruz que fue depositada sobre una mesa que sirvió como improvisado altar. Al instante, el rey y sus acompañantes árabes cayeron postrados ante el milagro que acababan de contemplar y se convirtieron a la religión cristiana. Pronto el reino de Murcia, apenas once años después, volvió a manos cristianas, siendo gobernada por Fernando III “el Santo”. A partir de entonces, la reliquia se convirtió en compañera de viaje en las batallas, en las que, con su legendaria ayuda, las fuerzas cristianas consiguieron reducir los furibundos ataques de las huestes árabes… Hasta aquí una historia coincidente con tantas leyendas de la Reconquista española… Pero Caravaca consigna unos matices esotéricos que añaden un mayor misterio al robo del año 1934.
(Continúa la información en ENIGMAS 190).
Javier Martín García