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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2011 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 21/09/2011@09:07:04 GMT+1
ENIGMAS

Fue hace veinte años –apenas faltan un par de meses para ello– cuando, como el seminarista que por vez primera atraviesa las puertas de la Basílica de san Pedro, abrí tímidamente la puerta de aquella casa. Nunca estuvo demasiado iluminada, por lo que, los segundos que los ojos tardaban en acostumbrarse a las sombras transcurrían despacio, entre la avidez por ver de una vez por todas lo que allí se ocultaba, y la sensación de que en cualquier instante podría ocurrir algo… Así, cuando la oscuridad cavernaria rompía la línea sutil que la separaba de la penumbra, en la pequeña salita, oculta entre mantas y sentada en un gran sillón comprobé que ella me observaba, en silencio, con la mirada vidriosa y profunda que, pese a la confianza ganada a pulso en visitas posteriores, y a la edad, siempre fue rasgo de carácter; esa misma que te atravesaba y que con descaro parecía leer el pensamiento. La estampa, propia de la España más profunda, se bosquejaba entre la liturgia del investigador imberbe que ansía saber más y la molestia de quien, después de demasiados años y no menos acusaciones, insultos y despropósitos ya estaba cansada de que la gente, fuese quien fuese, entrase en su hogar simplemente porque pensaban que lo que allí sucedía ya era un patrimonio intangible al que cualquiera tenía acceso.

La juventud nos hace crecernos en situaciones “adversas”, protegidos por esa pátina de soberbia y atrevimiento que caracteriza determinadas edades, y en ese momento, convencido del engaño que estaba a punto de contemplar, no pude evitar un escalofrío –que aún recuerdo– al sentirme observado; porque la mirada de aquella mujer me estaba haciendo daño, como si se hubiese percatado de mi osadía y pretendiese doblegar mi voluntad, hacerme comprender que dos décadas aguantando era demasiado tiempo. Paralizado en el umbral de la puerta que mediaba entre el siniestro pasillo y la minúscula salita, sin mover una articulación, ella se levantó con esfuerzo, y despacio, muy despacio, se aproximó a la ventana que daba a la calle, abriéndola lentamente. Y entonces el impacto… la certeza de que mi extraña sensación, la de sentirme vigilado, no era –no únicamente al menos– a causa de la mirada de la anciana. Fue, en esos instantes, cuando el agua fría que destila la humildad cayó brutalmente sobre mí, devolviéndome a la realidad que en esos instantes me encontraba pisando…
De aquello, como les decía líneas atrás, ya han pasado dos décadas, a las que hay que añadir las dos más que en aquel momento en el que me acerqué por vez primera ya cumplía el extraño suceso. Porque el 23 de agosto de 1971, un humilde pueblo de Jaén perdió su anonimato para siempre pasando a convertirse en un templo a lo imposible que se manifestaba con incómoda insistencia en el suelo de una pequeña cocina; esa misma reconvertida en salita en la que aquella mañana María, la dueña de todos los secretos, me recibía por vez primera sin articular palabra. El suelo de cemento, por esas fechas, era un lienzo aterrador en el que provocaba espanto pisar; caras tristes, rostros demoniacos, algún que otro feto de rasgos monstruosos… En suma, un inframundo de padecimientos que se manifestaba sin que todavía hoy sepamos el porqué. Pero sí sabemos otras cosas, y así, en rigurosa exclusiva se las ofrecemos en un extenso reportaje de David Cuevas y Juanjo Sánchez-Oro que encontrarán páginas más adentro. Es posible que con esta investigación se arroje algo de luz a un lugar que parece estar tomado por las sombras…

Lorenzo Fernández Bueno
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