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Hemeroteca :: Edición del 01/11/2011 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 21/10/2011@09:45:33 GMT+1
La historia siempre ha estado repleta de incógnitas y aunque nuestras pesquisas nos dirijan a conclusiones que sirvan para explicar algunas cuestiones, continúan siendo notables las lagunas que nos restan por completar. Así que, en plena región china de pretensiones ardientemente separatistas y recientes circunstancias sangrientas, los tocarios, hace unos cuantos siglos ya, fueron una asombrosa excepción cuya rareza podría poseer la clave del pasado de Eurasia.
Provincia de Xinjiang, la más occidental de la República Popular China. Situada entre Mongolia y el Tíbet, paso obligatorio y privilegiado de la antigua Ruta de la Seda. Perenne encrucijada ­histórica de pueblos y culturas, lo que siempre favoreció que fuese una zona conflictiva, tanto en el pasado como en el presente. Ajena y sin vinculación a nuestro mundo, el del bautizado como Viejo Continente.

Es allí, en el Turkestán oriental, en la cuenca del río Tarim, donde a finales del siglo XIX se encontraron en un monasterio budista una serie de manuscritos –siglos V-VIII d. C.– que contenían, aparte de las esperadas ­lenguas afines a la zona –chino, mongol, sánscrito y variedades iranias–, dos completamente desconocidas.

Tras varias expediciones internacionales posteriores y los consiguientes hallazgos de más manuscritos, en 1908 los alemanes Emil Sieg y Wilhelm Siegling lograron descifrar esas dos lenguas y, lo más extraordinario, establecieron que su carácter era indudablemente ­indoeuropeo.

Dos lenguas indoeuropeas totalmente ­aisladas, rodeadas de un océano de variedades chino-tibetanas y uralo-altaicas; y lo más desconcertante: esas dos lenguas nuevas poseían rasgos que las vinculaban con las del tronco indoeuropeo del oeste de Europa –itálico, germánico, celta–, no con las más próximas geográficamente de Oriente –indoiranio–. Las dos nuevas lenguas, que comenzaron denominándose kuchita y turfanés –por las ciudades donde fueron halladas, Kucha y Turfán–, eran ininteligibles entre sí. No obstante, se descubrió que una de ellas era una variedad muchísimo más arcaica, y ambas procedentes a su vez de una lengua común, probablemente del primer milenio antes de Cristo. Tras estas revelaciones, las preguntas ulteriores resultaron ser una cascada lógica: ¿Quiénes hablaron estas lenguas? ¿De dónde vinieron? ¿Cuándo llegaron, desaparecieron y por qué?
Aún hoy no tenemos respuestas infalibles a estas cuestiones. Los problemas sociales, económicos y políticos que a lo largo del siglo XX sacudieron la región, impidieron y ralentizaron las investigaciones. Sin embargo, aunque son pocas las luces todavía, son suficientes para otear un panorama donde las piezas del puzzle pueden ir encajando poco a poco.

El origen de un nombre

El lingüista Friedrich W. K. Müller propuso llamar a las lenguas y pueblo recién descubiertos tocarios. Parecía además corresponderse con aquellos a los que las fuentes chinas llamaban tu-ho-lo y las indias tukharas. Pero se trató de un error de interpretación en el pie de texto de un manuscrito y, a pesar del equívoco, el término se impuso irremediablemente. Finalmente, quedaron bautizados como tocarios, y a las variedades lingüísticas se las llamó tocario A y tocario B. Este desliz inicial, aunque proveyó de un nombre al nuevo hallazgo, no esclareció ni mucho menos la identidad de este pueblo. Y en el presente se siguen manteniendo bastantes hipótesis al respecto. Las fuentes en su mayoría son externas, relatos legendarios y textos de otros pueblos como chinos, hindúes o greco-romanos.

Magister dixit

Existen diversas fuentes occidentales que se han relacionado posterior y necesariamente con los tocarios y que nos muestran la existencia del país de los seres –Serica, “país de la seda”–, ubicado en Asia Central. Ptolomeo y Plinio el Viejo, por ejemplo, lo sitúan con Escitia al oeste, la India al sur y los sinae –chinos– al este. Este último hizo además una elocuente descripción de los seres, que siempre se había considerado incongruente, pero que en el nuevo paisaje tocario adquirió un sentido clarificador: “Esta gente (…) excede la estatura ordinaria humana, posee cabellos del color del lino, ojos azules y hacen una especie de ruido tosco al hablar, no tienen una lengua apropiada para el comercio.” Naturalis Historia Libro VI capítulo XXIV.

Obviamente, se refería a un pueblo caucasoide, indoeuropeo, y el historiador y ­geógrafo griego Pausanias también compartía esa visión.

El Imperio romano, aparentemente y según sus registros, no llegó a contactar directamente con el pueblo chino, sino más bien con los habitantes de diversas ciudades-estado sitas en la Ruta de la Seda. Pero el hecho de que estos individuos sí mantuvieran relaciones comerciales con los sinae, suponía un adelanto de varios milenios en los cálculos que se conjeturaban sobre los primeros intercambios culturales entre indoeuropeos y poblaciones chinas.
(Continúa la información en ENIGMAS 191).

Beatriz Erlanz
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