Última actualización 21/10/2011@09:43:44 GMT+1
Allá por los años 30 del siglo pasado, los habitantes de un pequeño poblado esquimal del norte de Canadá desaparecieron sin dejar huella. Todos sus enseres permanecieron en su asentamiento. Pero de ellos nunca más se supo nada. Nadie ha sido jamás capaz de explicar ni la forma ni las razones de dicha desaparición. Realidad o leyenda, su investigación sigue siendo hoy motivo de controversia.
Empecemos imaginando. Imaginemos, por ejemplo, un individuo con gusto por las culturas ancestrales, perseguidor de lugares remotos hacia los que huir, alguien que disfruta de los climas fríos, muy fríos, que goza observando las costumbres de un poblado esquimal apartado de toda forma de civilización, un tipo, extravagante, estamos de acuerdo, que en vez de pasar sus momentos de asueto junto al mar, en lugar de esconderse del mundo y de los reiterados latigazos del Sol en lo alto de una montaña de paisaje paradisiaco, se inclina por esconderse en un inhóspito pueblo esquimal, a treinta grados bajo cero, al lado, por ejemplo, de un bucólico y congelado lago, al norte, muy al norte de Canadá. Sigamos imaginando, y pensemos que nuestro individuo pasa ciertas épocas del año, periódicamente, en este poblado esquimal, de alrededor de un millar de habitantes, que lo visita reiteradamente, que ha estado ya en él muchas veces sin hallar más cambios en él, que aquellos que demanda la meteorología… Imaginemos que nuestro personaje prepara un nuevo viaje a su particular vergel, que se acerca al poblado, esperando ver las mismas caras de siempre, esperando encontrar la anhelada cotidianeidad de sus días de descanso. Imaginemos que ya cerca se extraña de un silencio sepulcral. Imaginemos que se adentra en el poblado. Los mismos perros, idénticos trineos, el lago congelado como casi siempre, las armas para la caza cubiertas de nieve. Todo igual. Excepto los habitantes. Los habitantes son completamente distintos, los habitantes no están. Han desaparecido. Nadie en las poblaciones de los alrededores sabe nada. El poblado sigue exactamente igual que la última vez que lo visitó nuestro amigo, pero sin habitantes. Han desaparecido hacia la nada. No hay cadáveres. Han desaparecido, sin razón, sin explicaciones, han desaparecido porque sí.
Dejemos de imaginar. Porque la historia anterior no es solo producto de nuestra imaginación, porque la historia de un poblado esquimal que desaparece sin dejar rastro, al que se lo come la nada, es reconocida como real en las zonas más frías de Norteamérica… Y pone los pelos de punta.
Un pueblo de hielo
El punto central de nuestra historia se encuentra en el Océano Glacial Ártico, en el paralelo 70, en las inmediaciones del Lago Angikuni, una región especialmente rica en pesca de trucha de lago y de lucio. Un sitio en que se sobrevive –debido a los rigores del frío– con dificultad, si no se está adaptado a ello. Una zona en la que la supervivencia se limita a la pesca y a la caza. Así vivían los protagonistas de nuestro relato. Y es que lo cierto es que no hay lugar más indicado para un relato de este tipo, un espacio helado remoto, proclive a la leyenda, henchido de una viva y exótica tradición oral. Y eso es lo que ha llevado a muchos investigadores a dudar de su realidad, a considerarlo un simple ejercicio de imaginación. Hasta la Policía Montada de Canadá que, supuestamente, investigó el caso allá por los años treinta, ha desmentido rotundamente que tenga base real alguna, advirtiendo que su origen se encuentra en una obra de ficción escrita en 1948 por el autor norteamericano Frank Edwards. Otros, sin embargo, prefieren pensar que Edwards recogió la historia a partir de unos acontecimientos ocurridos apenas dos décadas antes y que simplemente le sirvieron como inspiración.
(Continúa la información en ENIGMAS 191).
Javier Martín