Última actualización 22/11/2011@09:18:30 GMT+1
ENIGMASEl culto a la muerte se manifiesta de un rincón a otro del planeta, pero en algunos países adquiere tal relevancia que se erige en una de las celebraciones rituales fundamentales de su cultura. Rituales en algunos casos siniestros, cuasi espeluznantes, en otros coloridos e incluso alegres… De México a Indonesia, de Nicaragua a China, el duelo por los difuntos no pasa desapercibido al visitante.
Se acerca la última hora. La parca llama con sus huesudas manos a nuestra puerta, su sola mirada nos deja sin aliento… trémulos, debemos acompañarla a través de ese bosque de sombras, de ese trasunto entre esta vida y la otra… quizá, seguirla por ese túnel que para unos conduce al cielo y para otros al infierno. A partir de ese momento, solo aquel que se adentra en el terreno pantanoso de la muerte sabe qué hay más allá. A los vivos, los que se quedan aquí, solo les queda llorar la pérdida del difunto, llorarla o festejarla, que de todo hay en la viña del Señor. De un rincón a otro de nuestro planeta, el duelo, la “celebración” ritual de la muerte, se vive de forma intensa, aunque muy distinta, tanto, que a los habitantes de un lugar les parecería una ofensa los que hacen otros alejados por miles de kilómetros para honrar a sus muertos.
Hay países en los que el luto no es la norma, y la pérdida de un ser querido se convierte poco menos que en una fiesta. Se honra a la muerte y, como en México, se la considera a la altura o incluso por encima de otros ilustres personajes del santoral. En la antigüedad, como ahora podrán comprobar, la norma era autolesionarse en señal de duelo por el difunto, y en la actualidad lo normal es llorarle y guardarle un tiempo de luto –aunque sin recurrir al daño físico–. No es así en todos los países, en algunos perviven cultos ancestrales en torno a la muerte que aterrarían al más aguerrido de los viajeros europeos que penetran en lugares donde el tiempo parece haberse detenido.
De África a Sudamérica, de Asia a Australia, el momento de espirar el último aliento se vive de forma singular. Unos temen a la muerte, otros la veneran, pero todos la respetan. Con la parca, tenga el rostro que tenga, no se juega…
Un vistazo al pasado
Una práctica que ahora nos puede parecer aberrante a la hora de guardar luto, estaba bastante extendida entre los pueblos de la antigüedad tras la muerte de un familiar o allegado: la de hacerse incisiones, rasgarse las vestiduras y raparse el cabello.
En la antigua Grecia, las mujeres que lloraban a sus seres queridos difuntos se cortaban el pelo y arañaban también sus mejillas, e incluso a veces el cuello, hasta que brotaba la sangre. Los hombres solían cortarse el cabello en señal de duelo. La práctica de autolesionarse caería en desuso con la legislación de Solón de Atenas y también la prohibía el Deuteronomio en Jerusalén como una costumbre bárbara.
El romano Varrón afirmó que también en Roma era común dicha práctica, que consistía en ofrendar sangre a los muertos y que la que brotaba de las mejillas de las mujeres era un sustituto –aunque imperfecto– de la sangre de los esclavos o de los gladiadores sacrificados sobre las tumbas. En la antigüedad, según afirma Jenofonte, las mujeres asirias y las armenias tenían por costumbre también arañarse el rostro en señal de duelo. Cuando lloraban la muerte de un soberano, los antiguos escitas rapaban por completo su cabello, se hacían incisiones en los brazos, laceraban su frente y su nariz, se cortaban trozos de las orejas y se atravesaban la mano izquierda con una flecha; no debía de ser muy agradable.
(Continúa la información en ENIGMAS 192).