Azarbaiyán
Última actualización 20/12/2011@09:29:47 GMT+1
ENIGMASUnos petroglifos hallados en la zona de Gobustán (Azerbaiyán) sirvieron de punto de partida a la última investigación del etnólogo y aventurero noruego Thor Heyerdahl para conjeturar que el origen de los dioses escandinavos radica en esta zona de Eurasia.
Ayuverdi es un hombre corpulento y de facciones rudas. Intimida apenas verlo. Mientras conduce su “autobús” camino a Lahij, observo ensimismado los números que lleva tatuados en los nudillos de su mano derecha. “¿Qué significan?”, le pregunto en español. Sus labios, escondidos bajo un poblado bigote cano, dibujan una tímida sonrisa: “Baba” –me dice en azerí mientras suelta el volante y balancea los brazos como si acunara a un niño–. Creo entender que es el año de nacimiento de su hijo que va sentado en el primer asiento de la vieja Mercedes Benz que utilizan como autobús de “línea”, aunque eso sí, está reluciente como si se hubiera conservado en un museo de automóviles clásicos. El joven, que hoy tiene 23 años, hace dos veces al día el trayecto con su padre. Invierten alrededor de 45 minutos en un tramo que discurre por un camino estrecho, empedrado a ratos, entre pronunciados barrancos.
Lahij es un pueblo con una sola calle principal situado en la provincia de Ismaylli, en la ladera sur de la cordillera de Gran Cáucaso y a una altura de 1.211 metros. Es uno de los asentamientos más antiguos de la República de Azerbaiyán. Su milenario acantarillado y sus calles empedradas así lo atestiguan. Los edificios de viviendas antiguas no han cambiado durante los últimos siglos. Las plantas bajas de las casas construidas en la calle principal siguen empleándose como talleres y comercios; joyeros, herreros, curtidores y fabricantes de alfombras se dividen el protagonismo en este espacio donde el tiempo parece haberse detenido.
Tras despedirme de Ayuverdi y su hijo en una de las tres plazas, distraigo la mirada en los comercios artesanales. Me paro frente a una especie de broche circular fabricado en cobre que luce en una desvencijada estantería de madera junto a otros objetos de metal. Su diseño me resulta peculiar, extraño y perturbador a la vez: “Æsir” –me espeta un anciano que cubre su cabeza con un peludo sombrero ruso–. Entonces no imaginaba lo que iba a lamentar no comprender lo que trataba de decirme aquel artesano que, pobre de mí, creía que quería “colocarme” su creación por unos cuantos manats. Y es que sabría más tarde que Æsir –que fonéticamente es muy parecido a azerí, el gentilicio de Azerbaiyán– es como se conoce el origen terrenal de los dioses vikingos. Sí, como lo leen: ¡escandinavos en Eurasia!
Azerbaiyán, ¿la tierra de Odín?
Pero, como dije, no tomaría conciencia de la importancia de la palabra Æsir o Ases –en español– hasta el día siguiente, durante una visita a la iglesia de Kish. Se trata de un templo de arquitectura albanesa en el Cáucaso, que se erige en lo alto de un promontorio, a las afueras de la localidad de Shaki.
Cuando desciendo del destartalado taxi, advierto frente a la verja de entrada la presencia de un todoterreno blanco que luce una bandera noruega. Una mujer con la dentadura dorada y un jersey de lana verde se aproxima y se brinda a hacerme de guía. Lleva en sus manos una bandeja con vasos de té que acaban de beber en el jardín los diplomáticos noruegos. Me identifico como periodista y le pregunto intrigado qué hacen aquí. La mujer, entonces, me pone en contacto con Ilhama Huseyinova, directora del Museo Etnográfico de Kiç. Ella me cuenta que el gobierno noruego financia desde el año 2000 una investigación arqueológica encaminada a demostrar que sus ancestros nacieron en Azerbaiyán. Fruncí el ceño.
“Thor Heyerdalh –me explica Ilhama para dar respuesta a mi extrañeza– visitó Azerbaiyán en 1999 y halló una increíble semejanza entre los barcos esculpidos en los petroglifos de Gobustán y las embarcaciones vikingas. Según su investigación esta fue la cuna de Odín, quien emigró hacia escandinavia por el Cáucaso, camino del Mar Negro, atravesando Sajonia, Odense en Fionia, la antigua Sigtuna –Dinamarca– para establecerse finalmente en Suecia. Una migración –concluye–, de 31 generaciones”.
Josep Guijarro