Dólmenes asombrosos y alineamientos imposibles en el occidente francés
Última actualización 19/01/2012@11:26:44 GMT+1
AÑO/CEROJesús Ávila GranadosMás de cinco mil construcciones megalíticas se alzan en la Bretaña francesa, aisladas sobre el verde manto de las landas o a pocos metros del mar. Azotadas por el viento y humedecidas por la bruma del Atlántico, todas ellas están relacionadas con sobrecogedoras leyendas que nos hablan de las creencias de las civilizaciones prehistóricas que las construyeron y de la insondable sabiduría del pueblo celta, entre otros enigmas todavía sin resolver…
Bretaña –Breizh, en bretón–, la tierra más céltica y atlántica de Francia, es, al mismo tiempo, la región más rica en construcciones megalíticas del mundo. Se corresponde con la legendaria península de Armórica –de Armor, que en bretón se traduce como «país del mar»–, y también con la céltica Argoat, «país de los bosques», los dos tipos de paisaje que se despliegan en el territorio más occidental de Francia: bosques y acantilados, landas y costas, y un rosario de islas e islotes, igualmente vinculadas con los megalitos, que salpican un bravío litoral de 2.700 kilómetros de largo.
Alineamientos, crómlechs, dólmenes, galerías cubiertas, menhires solitarios y túmulos son algunas de las diferentes formas que los constructores megalíticos desarrollaron en Bretaña entre el 4.500 y el 2.500 a. C. Pero antes de entrar de lleno en la región, debemos centrarnos en la interpretación simbólica de estas singulares construcciones que hunden sus raíces en la Edad del Bronce, aunque fue la civilización celta la que mejor supo aprovechar la fuerza y energía de estas piedras sagradas.
Los celtas, miembros de la gran familia indoeuropea, procedentes de las islas Británicas, se instalaron en Armórica hacia el siglo IX a. C., donde coexistieron sin demasiados roces con los primeros habitantes de la región –una población nómada–, aportándoles sus tradiciones, música, gastronomía, fiestas, creencias e incluso lengua, que acabaría dando lugar al bretón. Este idioma todavía se emplea y se enseña en escuelas de la Francia céltica. Por otro lado, los celtas fueron venatores lapidum –adoradores de las piedras–, pues consideraban que los monumentos megalíticos eran «ombligos del mundo», una especie de representación de la dimensión en piedra del ser humano… (Continúa en AÑO/CERO 258).