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Hemeroteca :: Edición del 01/02/2012 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 19/01/2012@12:44:56 GMT+1
ENIGMAS

En toda la historia del cine de terror es probable que todavía no se haya logrado ­superar, no al menos sin el uso de sofisticados efectos especiales, la tensión momentánea y el desagradable recuerdo posterior que provoca en el telespectador la película El Exorcista. ¿Recuerdan cómo da comienzo? Un anciano arqueólogo descubre en el interior de una gruta del desierto iraquí algo que le invita a salir despavorido; algo que encarna sus temores más profundos; algo que parece proyectarse en la forma del viejo demonio Pazuzu cuando este, preso de un pánico cerval, huye de las sombras para agarrarse a la luz, y es precisamente en esta donde se topa con la silueta del enemigo. Porque el Pazuzu, al que todos recordarán como un extraño ser estilizado y mal encarado, de cuya espalda brotan una par de largas alas, fue el demonio más temido del mundo antiguo, especialmente por sumerios y asirios, que vieron en el terrible ser la encarnación de las plagas más virulentas y de las enfermedades más temidas; era, qué duda cabe, la encarnación en la Tierra del señor de los demonios, aquél que se manifestaba cuando comenzaba a soplar el viento del suroeste.

Su físico no era sino la imagen del mal en esencia, pues aunaba las “virtudes” de los animales más letales y poderosos del reino mortal: cola de escorpión, cabeza de león, alas de águila… Incluso su pene sobresalía enroscado como el cuerpo de lo que pretendía emular: una serpiente venenosa.

Durante años, los habitantes de la tierra de Sumer lo tuvieron como uno de sus siete demonios principales. Era repudiado por su extrema maldad, pero a la vez requerido para defenderse de la que se consideraba su eterna enemiga: el demonio femenino Lamashtu, porque la presencia de Pazuzu en forma de pequeños amuletos o de tallas de madera evitaba que la sanguinaria dama acabara despedazando a mordiscos a los niños recién nacidos, y a sus madres. Pero tal defensa, claro está, precisaba un pago, y en ocasiones este era más cruel que el motivo para el cual había sido requerido.

Sea como fuere, hubo un tiempo en el que el hombre, quién sabe si llevado por el temor a la noche y a los que en ella habitan, a sus supersticiones, o a que estos seres poseían una apariencia más física de lo que hoy nuestras mentes civilizadas están dispuestas a aceptar, creyó firmemente en la existencia de los ángeles, pero también de los demonios. Y de este modo levantó lugares en los que conjurar su poder, templos orientados a controlar la fuerza del mal. Y el más antiguo de todos fue descubierto hace pocos años… Su nombre es Göbekli-Tepe, y es anterior a las primeras civilizaciones estructuradas. No en vano los arqueólogos suponen que el templo fue levantado en el 11500 a.C., y que de manera inexplicable fue enterrado, puesto que no sufrió abandono, al menos hasta el 8000 a.C. Estamos pues ante el templo más antiguo de la historia de la humanidad, un lugar que aún hoy rezuma espiritualidad, aunque en este caso poco tenga que ver con las alturas… El yacimiento se encuentra en la región sudeste de Turquía, y fue descubierto en 1994 cuando aparecieron una serie de formaciones megalíticas circulares de entre 10 y 30 metros de ­diámetro. Pero hay más: enclaves que cumplían una función contra determinadas energías, y que cuentan las tradiciones sucumbieron víctimas de la ira de algo intangible pero con muy malas pulgas. Algo que se respira cuando, como es el caso de este mes, revivimos su apasionante historia…

Lorenzo Fernández Bueno
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