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Hemeroteca :: Edición del 01/03/2012 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 22/03/2012@19:43:41 GMT+1
ENIGMAS

Durante las primeras décadas del siglo XIX, cementerios de toda Europa sufrieron el asalto de unos peculiares ladrones: profanadores de tumbas que no buscaban tesoros u objetos de valor enterrados con sus dueños, sino únicamente los cráneos de estos, y en especial si pertenecían a genios de la música, la literatura o la filosofía…
El reloj marcaba las dos de la tarde cuando, el 30 de octubre del año 1820, los enterradores del cementerio de la iglesia de Hundsthurmer, en Viena, terminaron de exhumar los restos mortales del célebre compositor Franz Joseph Haydn, fallecido once años atrás durante la invasión de la ciudad por las tropas napoleónicas. La razón para perturbar el eterno descanso del maestro era noble, pues se quería trasladar sus restos a otro camposanto en la cercana ciudad de Eisenstadt –hogar de sus mecenas más notables, los Esterhazy–, en una tumba más suntuosa, acorde con la grandeza del genio que había sido en vida.

Cuando los trabajadores abrieron el ataúd y echaron un vistazo en su interior no pudieron evitar contener el aliento. Y no solo por el desagradable olor a podredumbre que emanaba del féretro, sino por una sorpresa mucho más inesperada: aunque el esqueleto estaba en su sitio, el lugar que debía ocupar el cráneo del compositor aparecía vacío, y en su lugar únicamente se encontraba la peluca con la que el maestro había sido enterrado. Alguien había robado la calavera de Haydn…
El robo del cráneo del genial compositor austríaco no fue, aunque hoy pueda parecernos insólito, un hecho aislado. Como en la más siniestra de las novelas góticas que tanto éxito cosecharían en aquellos años, decenas de cráneos –por lo general pertenecientes a personajes célebres– fueron sustraídos de sus tumbas aprovechando el silencio y la oscuridad de la noche, para después pasar a formar parte de las macabras colecciones de numerosos individuos a lo largo y ancho de toda Europa. Esta singular “fiebre” por los cráneos, que invadió Europa desde finales del siglo XVIII hasta mediados de la centuria siguiente no fue, sin embargo, el resultado de ningún oscuro culto o de alguna extraña sociedad secreta, sino la manifestación más tétrica de una práctica precientífica que buscaba resolver los enigmas de la mente y el comportamiento humano.
(Continúa la información en ENIGMAS 195).

Javier García Blanco
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