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Hemeroteca :: Edición del 01/03/2012 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 22/02/2012@07:23:17 GMT+1
ENIGMAS

Al sur de Alsacia, muy cerca de la ciudad de Malhouse, se encuentra le pueblecito de Illfurt, que en 1870 contaba con unos 1.200 habitantes. Una de las familias de aquel lugar eran los Burneo, gente normal hasta el día que recibieron una inesperada visita…
El cabeza de familia, Joseph Burner, era vendedor ambulante, mientras que la madre, Marie Anne, cuidaba de sus cinco hijos, de corta edad. Todos ellos bastantes normales, aunque un tanto enfermizos. Teobaldo y Joseph, el mayor y el segundo de los niños respectivamente, cayeron enfermos en el otoño de 1864 con unas dolencias misteriosas que los muchos médicos consultados no pudieron esclarecer. Los ­fármacos prescritos por estos no dieron el resultado esperado, y los niños comenzaron a adelgazar, pareciendo auténticos espectros andantes. Fue entonces cuando a partir del 25 de septiembre de 1865 comenzaron a realizar acciones totalmente anormales. Echados sobre la espalda, se volvían y se revolvían como una peonza, con una rapidez y agilidad vertiginosas.

Después, golpeaban los muebles y enseres con gran fuerza, incompresible para sus débiles cuerpecitos, sin mostrar nunca la menor fatiga. Cuando se les preguntaba, respondían entre rápidos movimientos, convulsiones y espasmos, mostrándose a continuación totalmente inmóviles y rígidos, pasando horas enteras en esta quietud, como muertos.

Otras veces decían que tenían gran apetito, siendo imposible saciarles. Su vientre aparecía hinchado y los niños comentaban que dentro de su interior habitaba un ser, que se movía de arriba abajo. Al mismo tiempo, juntaban sus piernas como barras y nadie era capaz de separárselas.

Durante estos tiempos, a uno de los hermanos, Teobaldo, se le aparecía un fantasma que él denominaba “su amo”. Según su propia descripción, ­tenía cabeza de ánade, uñas de gato, pies de caballo y su cuerpo estaba cubierto de un plumaje sucio. En cada una de las apariciones, este fantasma volaba sobre su cama y le amenazaba con ahogarle. El aterrorizado Teobaldo se lanzaba sobre él, arrancándole puñados de plumas que entregaba a los anonadados presentes. Esto podía suceder a los niños en pleno día, rodeados de cientos de testigos, ­muchos de ellos respetables, poco crédulos. Las ­plumas que el niño entregaba presentaban un olor desagradable, fétido, y, cuando eran quemadas, no dejaban cenizas. En otras ocasiones, una mano invisible levantaba a los chicos con sus sillas en el aire. Una vez suspendidos en la nada, eran lanzados por una fuerza desconocida, uno a cada lado de la habitación. En otro momento los hermanos sintieron gran picor y quemaduras por su cuerpo. Cuando levantaron sus camisas, aparecieron gran cantidad de plumas y algas, que caían al suelo ante la estupefacción de los allí presentes. Y aunque se les mudara de camisas y vestidos era inútil, ya que las plumas y las algas aparecían siempre. Todos estos avatares hicieron que el estado físico de los muchachos ­empeorara, obligándolos a guardar ­cama; además, sus cuerpos se hinchaban incomprensiblemente.
(Continúa la información en ENIGMAS 195)

José Ignacio Carmona Sánchez
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