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Hemeroteca :: Edición del 01/05/2012 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 20/04/2012@08:58:51 GMT+1
ENIGMAS

Muros de piedra, celdas de hierro forjadas de odio, jaulas infectas e instrumentos de tortura aterradores… De un rincón a otro del planeta el hombre erigió algunos de los edificios más siniestros que pueden concebirse, cárceles y penitenciarías que hoy se han convertido en memoria histórica pero que un día fueron tumbas en vida de miles de personas. En sus estancias todavía se palpa el sufrimiento, y el misterio, que no es poco, que aún recorre sus largos corredores.

Por Óscar Herradón
Los gritos eran indescriptibles, el ambiente viciado y pestilente, las ratas, gigantescas, corrían a sus anchas, lacerando y comiendo la carne de los reos cuando estos se descuidaban, agotados por la tiniebla; la cámara de torturas funcionaba a pleno rendimiento, el verdugo presto a desplegar toda su habilidad con artilugios que parecían ideados por la mano del mismo demonio… Celdas oscuras, llenas de humedad, sin comunicación posible con el exterior; la soledad, el hambre y la muerte inminente convertidas en única compañía. La falta de libertad como bandera.

Prisiones, presidios, cárceles… probablemente el lugar más temido por el hombre de todas las épocas, el reducto de piedra erigido para privar de libertad al ser humano. Un lugar en el que, por lo general, se cometieron atrocidades inimaginables con los congéneres y cuyas paredes, al menos aquellas de los que continúan en pie, son testigos mudos no solo del sufrimiento, sino de episodios y sucesos cargados de misterio, el mismo que sobrevolaba una atmósfera oscura, tétrica e impía de un rincón al otro del orbe.

En el presente reportaje, ENIGMAS realiza un recorrido por los presidios y mazmorras más temibles que se erigieron de la ­antigüedad a nuestros días. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero lo ­insólito asoma también cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, cual trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

La Bastilla, prisión y símbolo regio

La Bastilla, símbolo del absolutismo francés, se ideó en 1356, en una época de gran convulsión política, en plena guerra contra los ingleses, a modo de recinto alrededor de París para proteger la ­ciudad de amenazas exteriores, por orden de Etienne Marcel, en un momento en el que el rey galo era prisionero de los ingleses. La célebre torre de la prisión se comenzó a construir en la puerta de St. Antoine. La primera piedra fue colocada el 22 de abril de 1370 y en 1382, con Carlos VI sentado en el trono, se culminó su construcción; un impresionante edificio formado por ocho torres de 22 metros y unas paredes inexpugnables de cuatro metros de grosor.

Lo que empezó siendo una fortaleza que protegiera la ciudad de la luz acabó por convertirse en símbolo del poder real, en prisión de Estado en la que eran encerrados los reos por orden expresa del monarca, simplemente con carta sellada por Su Majestad –conocida como lettre de cachet–. Un presidio que en numerosas ocasiones fue “alojamiento” de personas de renombre, como el cardenal del Balue, que fue encerrado en una jaula por orden del rey Luis XI, el mariscal de Biron, acusado de espía de los españoles, el célebre ministro de finanzas Fouquet, por orden de Luis XIV; además, hubo “inquilinos” tan célebres como Voltaire, que fue internado en ella dos veces y el enigmático hombre de la máscara de hierro, personaje cuya identidad aún hoy continúa siendo esquiva y ha dado pie a todo tipo de hipótesis: que si se trataba de un ­hermano del propio Rey Sol, que si era un hermano gemelo del ­monarca, que si Fouquet, e incluso el dramaturgo Molière… o el propio mosquetero D’Artagnan, según la teoría esbozada por el ­historiador inglés Roger MacDonald.

En el siglo XVII, el temible cardenal Richelieu la utilizaría también, aunque con más inquina, como cárcel de Estado, cuando tras sus gruesos muros se torturaba a los reos con crueldad hasta que confesaban sus “crímenes” –algo por otra parte habitual en aquel tiempo en cualquier prisión de cualquier país–. Una prisión por la que pululaban conspiradores, criminales, verdugos e inquisidores, a pesar de no haber sido nunca cárcel oficial de la Inquisición que hizo de las suyas en los países católicos, como de las suyas hicieron también los protestantes en sus presidios.
(Continúa la información en ENIGMAS 198).
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