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Hemeroteca :: Edición del 01/07/2012 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 21/06/2012@08:48:22 GMT+1
Hace apenas cuatro siglos los ­hechizos poseían una capacidad de sugestión y miedo terrible. Estamos hablando de una época en la que buena parte de la sociedad creía estar endemoniada.

Por Jesús Callejo
Eso de “ojos de sapo, patas de rana, que tengas suerte toda la semana”. O bien: “alas de murciélago, cola de lombriz, que hoy y siempre seas muy feliz”, son hechizos caseros y populares en la creencia de quien los utiliza que obtendrá lo que está verbalizando. En otras palabras, el recurso de la magia para resolver los problemas del día a día. Es el poder de la invocación y si además riman esas frases pues mucho mejor. No porque el hechizo sea más efectivo, sino porque se memorizan con más facilidad: “Cuernos de dragón, que nunca nadie hiera tu corazón”. Bajo esta premisa, se puede inventar lo que uno quiera: “Uñas de urraca, que este año nos pongamos mas flacas”, “Escobita, escobita, que cada año me ponga más bonita” y así hasta el infinito y más allá…
Pero hay conjuros y hechizos más peligrosos, difíciles de pronunciar y hasta de conseguir. Son los hechizos que utilizaban algunas brujas de la Edad Moderna que hoy son conocidos gracias a los procesos inquisitoriales en el que se vieron implicadas. En el Tribunal del Santo Oficio contaban y cantaban, con torturas o sin ellas, todo tipo de conjuros y recetas mágicas para luego elaborar sus potingues o formular sus maleficios. Mirando esa literatura inquisitorial de los siglos XVI al XVIII, nos encontramos con las cosas más peregrinas que se pueda imaginar. En primer lugar, lo que sorprende es la cantidad de hechizos que existían. Todos no valían para todo. Cada uno estaba especializado, según lo que se quisiera obtener. Por eso podemos hallar hechizos para atraer a una persona, de dominación, es decir, para anular su voluntad, para hacerse invisible, para hacer venir a personas ausentes, para encontrar objetos perdidos o robados, para conseguir trabajo, para romper una relación, para entontar a alguien y un largo etcétera.

Claro, la primera duda que surge es si se debe revelar en qué consistían estos hechizos y encima exponer las palabras mágicas correctas que se usaben para cada ocasión. Pero uno es como es y prefiere dar la información que, en definitiva, forma parte de la ingerencia de la magia en la vida cotidiana.

sustancias dignas de una bruja

Nos fijaremos en aquellos que servían para atraer a una persona en los que se utilizaban todo tipo de oraciones siempre dirigidas a determinadas entidades muy bien consideradas en el mundo de la brujería: la oración de Santa Marta, la de Santa Elena, la de Santa Thais, el sortilegio de las torcidas, la oración del ánima sola, el conjuro de la estrella… En ocasiones, además de verbalizar una serie de palabras en forma de oración, contaban con una buena gama de productos animales y vegetales a los que se suponía poder afrodisíaco o de encantamiento. Había que tener a mano objetos o sustancias especiales como son los granos de helecho, muñecos de cera, amuletos, manos de gloria, cartas de toque, mandrágoras o, si somos un poco más escatológicos, semen, sangre menstrual, sudor de axilas y vellos de pubis. Todo ello asociado al poder mágico de los fluidos genésicos del hombre y la mujer.

Ningún estamento social quedaba libre de los hechizos, sortilegios y encantamientos. Su influencia llega a envenenar la mente de personajes tan poderosos como el conde duque de Olivares, primer ministro de Felipe IV. El antropólogo Carmelo Lisón Tolosona nos dice que en el Siglo de Oro español se creía a pies juntillas que parte de la sociedad estaba endemoniada, que el mal, en sus múltiples manifestaciones, fueran guerras, pestes, hambres, impotencia real, desgobierno… estaba presente en las plazas públicas y en los rincones de palacio.
(Continúa la información en ENIGMAS 199).
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