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Hemeroteca :: Edición del 01/07/2012 | Salir de la hemeroteca
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La senda de los espectros

Última actualización 21/06/2012@08:53:34 GMT+1
En el norte de Irlanda, un paisaje increíble evoca, como pocos otros lugares en el planeta, el mundo que tantas veces ha descrito la literatura gótica; un mundo de fantasmas y espíritus errantes que se esconden entre decenas de árboles cuyas ramas parecen querer tapar el Sol.

Por Javier Martín
He aquí un lugar fabricado para los ojos inspirados de Don Quijote. Si hubiese cabalgado la lucidez de su locura junto al panzón Sancho por estos parajes en lugar de por las tierras de La Mancha, es probable que los molinos ya no hubieran sido gigantes, pero esta borrachera de ramas que se besan y entrecruzan a buen seguro serían hoy inmortales en la historia de la literatura. Porque, ya de lejos, cuando uno percibe el espectacular camino de Dark Hedges, en Irlanda, parece haberse caído en un cuento, haberse convertido de repente en el testigo de una historia de hadas, fantasmas, miedo y belleza aturdida. Porque, esto es cierto, tanta rama, marea. Para haberlo conocido debería haber nacido Don Quijote preferiblemente allá por el norte de Irlanda, en el Condado de Antrim, y haberse perdido en busca de su doncella, probablemente luchando contra dragones, en la carretera conocida como Bregagh Road. Allí, su imaginación habría volado. Si lo dudan, echen un vistazo a las fotografías. En Dark Hedges habría luchado contra enrevesadas serpientes voladoras, habría intentado pelear contra las lanzas de madera de decenas de gigantes o habría intentado cortar centenares de lenguas de dragones enfrentadas, capaces de tapar el Sol. Aunque quizá sea aventurarse demasiado: es posible que, a lomos de Rocinante, Alonso Quijano tan solo se hubiese detenido a contemplar uno de los más maravillosos paisajes que pueden gozarse en toda Europa.

Pero Don Quijote nunca estuvo en Dark Hedges. Es más, cuando nació de la genial pluma cervantina, allá por el año 1605, ni siquiera existía. Fue en el siglo XVIII cuando una célebre familia noble, asentada en la zona, decidió diseñar una senda que alcanzase hasta la maravillosa mansión de estilo ­georgiano que había sido edificada décadas atrás. Dicha mansión era en la época conocida como Gracehill House, en honor a la esposa de James Stuart, propietario de la casona, de nombre Grace Lynd. Pero para que el camino de acercamiento a la mansión generase estupefacción en los amigos y visitantes al hogar de los Stuart, sus propietarios decidieron plantar a ambos lados de la avenida decenas de hayas que, una vez crecidas, generarían a lo lejos una visión radiante de todo el entorno. Pero el crecimiento no fue el esperado. Las hayas medraron mientras buscaban el Sol. Necesitaban luz. Y sus ramas compitieron por esa misma luz. Y sus ramas más altas desviaron su trayectoria vertical natural… Hasta encontrarse en mitad de la avenida unas y otras. Conforme ­crecían las ramas se entrelazaban modelando formas imposibles, enrevesadas, desconcertantes. Hoy esa vía serviría como escenario de las más espeluznantes películas de terror. En el camino hacia la antigua mansión –hoy convertido en un lujoso y elitista campo de golf– se formó una especie de túnel natural, por el que juguetean las luces y las sombras, generando un ambiente sobrecogedor, pasto de leyendas, inevitable residencia de espectros y misterio.
(Continúa la información en la revista ENIGMAS 199).
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