¿Te atreves a viajar con nosotros?
Última actualización 16/07/2012@11:28:41 GMT+1
Recientemente nuestro director Lorenzo Fernández Bueno ha publicado 99 lugares donde pasar miedo –Libros Cúpula, 2012–, un trabajo en el que el viaje, la leyenda, la aventura, y mucho misterio se dan la mano. Y si tuviésemos que destacar aquellos que se debaten entre los fenómenos extraños, la tradición ancestral y maldiciones seculares, es probable que fuesen estos diez…
Por Lorenzo Fernández Bueno
Dicen que la estampa de esta fortaleza ubicada en la Baja Sajonia, en Alemania, inspiró a Walt disney para crear uno de los iconos más importantes de la factoría: el castillo de la Cenicienta. Sin entrar en disquisiciones absurdas, porque a mí dicho castillo me recuerda mucho más al alcázar de Segovia, lo cierto es que la historia “encantada” de este lugar, unida a las múltiples desgracias que a lo largo de los siglos acaecieron en su interior, son motivos más que suficientes para que nos desplacemos hasta allí.
Hoy día las dependencias del castillo han sido habilitadas para albergar un museo; es decir, no vive nadie. Pero cuando sus pasillos rebosaban de vida, entre estas paredes se produjo un suceso que cada cierto tiempo regresa, rompiendo el velo del otro lado para colarse en el nuestro. No en vano una leyenda afirma que cada día de Navidad, a la gran terraza del edificio se asoma un extraño monje que, amarrado a una gran cadena parece lanzar un grito silencioso a los cielos.
No obstante, antes de atravesar el umbral de algunas puertas que suelen permanecer cerradas, la propia historia del castillo bien podía formar parte de una novela gótica. Y para entender aún mejor el porqué de su singular factura, hemos de meternos en la cabeza de Luis II de Baviera, el nostálgico “rey loco”.
Las tierras del Ducado de Baviera fueron entregadas en el año 1180 al conde Otto de Wittelsbach, una vez el frágil emperador Federico Barbarroja expulsó con métodos “expeditivos” a sus anteriores dueños. Desde entonces y hasta el siglo XIX perteneció a dicha familia, que siempre destacó por el interés de alguno de sus miembros por el arte, y la sensibilidad que mostraron a la hora de financiar el trabajo de nuevos creadores. Sea como fuere, en el año 1845 venía al mundo Luis II, un personaje fascinantemente oscuro que regiría los designios de Baviera durante un tiempo muy limitado, ya que falleció a los 41 años. Dijo de él el biógrafo Pierre Combescot, en un alarde descriptivo de los demonios que merodeaban a esta familia desde hacía siglos, lo siguiente: “¿Heredará el alma neurasténica de los Wittelsbach, sus pasiones románticas y con ellas, las pesadas taras de la familia de los Hesse-Darmstadt? Alemania recuerda todavía al príncipe Luis de Hesse, errando en su palacio aterrorizado por su sombra. De su madre heredó la sangre de los Hohenzollern, en la que corre la de los Brunswick-Hanover. Al igual que en los Hesse, la locura de dicha familia es conocida. La locura rodea por doquier la cuna real, el Rey Federico-Guillermo, padrino y tío del niño, se hundirá rápidamente en la más total demencia. Sí, seguramente el joven Luis II no se asombró cuando, al cumplir dieciocho años, comenzó a escuchar en su cabeza voces”. Imagino que sería un biógrafo no autorizado, pero, dicho sea de paso, a partir de esa edad el futuro rey comenzó a actuar de manera demasiado extraña.
(Continúa la información en ENIGMAS 201).