Hace miles de años, seres de otros mundos nos transmitieron conocimientos que empleamos para matar
Última actualización 17/07/2012@09:18:20 GMT+1
Gregg Braden
En su nueva obra, La verdad profunda (Sirio, 2012), Gregg Braden demuestra que muchos de los dogmas científicos sobre los que asienta nuestra sociedad son falsos. En el siguiente reportaje, extractado de un capítulo de dicho libro, su autor revela evidencias de toda índole, según las cuales la guerra no es consustancial al ser humano. Es más, hay abundantes indicios de que inteligencias no humanas –quizá extraterrestres– fueron responsables de revelar el «arte de matar» a los seres humanos en un pasado remoto.
Los vestigios arqueológicos de las civilizaciones más antiguas de las que tenemos noticia (Göbekli Tepe en Turquía o Caral en Perú) hacen pensar que la guerra quizá sea en realidad un hábito desarrollado tan sólo en el actual ciclo de civilización de 5.000 años, y no una forma de vida natural. Estamos, pues, ante un claro ejemplo de cómo presunciones erróneas, derivadas de una información incompleta, conducen a justificaciones de la violencia, proponiéndola como una opción válida del comportamiento humano.
R. Brian Ferguson, profesor de antropología en la Universidad Rutgers, de Nueva Jersey (EE UU), es uno de entre una lista cada vez más larga de científicos que discrepan de la idea convencional sobre el papel de la guerra en la sociedad. «A mi entender, los restos arqueológicos globales contradicen la idea de que la guerra haya sido siempre un rasgo de la existencia humana», asegura. Y a continuación sintetiza la esencia de los vestigios recién descubiertos: «Muy al contrario, los datos muestran que la guerra es, en gran medida, una tendencia de los últimos 10.000 años». En algún momento de la historia aprendimos a resolver nuestros problemas por medio del conflicto armado, pero los últimos hallazgos sugieren que no es nuestra tendencia natural.
Una mañana de agosto, durante una visita al parque histórico nacional de la Cultura Chaco, en el desierto del norte de Nuevo México (EE UU), me encontré con un anciano indígena. Por razones que ni él ni yo nos preguntamos, los dos nos habíamos sentido atraídos por el mismo centro ceremonial arcaico, el mismo día y a la misma hora. Ambos habíamos ido a aprender del pasado: él de sus ancestros, de sus voces perpetuadas en las cuevas, y yo de los templos, grabados y pistas que habían dejado tras ellos.
«Aquí no hubo ninguna guerra –me dijo cuando nos paramos en una pequeña cuesta para recuperar el aliento–. La gente que vivía aquí no tenía necesidad de guerras». «¿Y cómo lo sabemos?», le pregunté. Así me respondió: «Éste es uno de los grandes misterios con los que se encuentran los científicos cuando excavan en la zona. Hoy, a nosotros este lugar nos parece inmenso, pero no es más que una pequeña parte de la comunidad que vivió aquí. Habitaban en esta zona, en estas edificaciones, más de 4.000 personas –hablaba, al tiempo que alargaba los brazos para señalar el valle que se extendía a nuestro alrededor–, pero vivían en paz. No se ha encontrado ninguna arma. Ni una sola. No hay ni la menor señal de guerra. No hay fosas comunes, ni cenizas, ni cementerios. Nuestros antecesores no los necesitaban, porque habían aprendido otra manera de vivir»… (Continúa en AÑO/CERO 264).