Última actualización 01/03/2007@00:00:00 GMT+1
La moda de buscar a Dios en la soledad de la naturaleza comenzó en Egipto y en Siria alrededor del siglo II d. C. Las razones no están del todo claras. Se ha aludido a causas geográficas e incluso políticas, pero es obvio que no se puede pasar por alto otro factor: el desasosiego y el malestar de buena parte de los cristianos con el comportamiento de sus dirigentes, más preocupados por cuestiones mundanas y materiales que por el desarrollo espiritual de ellos mismos y de sus feligreses.
A lo anterior se unió el anhelo de multitud de «buscadores» por encontrar a la divinidad, apartados de la civilización, mediante técnicas «paganas» –como no comer carne, ayunar, orar hasta la extenuación, mutilarse o pasar las noches en vela–, las cuales se convertirían tiempo después en armas utilizadas por la Iglesia para luchar contra el Maligno.
La sospechosa mezcla de paganismo y cristianismo terminó por llegar siglos después a la Península Ibérica. No sabemos en qué fecha exacta, porque no existen fuentes documentales fiables. Salvo los casos notables del obispo hereje Prisciliano y la heterodoxa viajera Egeria, no encontramos nada que leer sobre este fenómeno hasta el siglo IV. Precisamente en esa centuria se inaugura el cristianismo ibérico con el Concilio de Elvira (Iliberris, Granada). Allí, entre las actas resultantes de los debates entre obispos, presbíteros y diáconos de 37 comunidades, topamos con 81 cánones que tratan de poner coto a las prácticas ascéticas que se estaban extendiendo como la pólvora por los lugares más insospechados. ¿Quién les iba a decir a aquellas hordas de abstinentes, entonces enfrentados a la cúpula de la Iglesia hispana, que con el paso del tiempo algunos de ellos terminarían por subir a los altares?
San Millán de la Cogolla
En La Cogolla (La Rioja) vino al mundo uno de esos hombres de Dios a los que la Iglesia en un principio dio la espalda. Vio la luz en 473 y ascendió a los cielos en 574, con lo que a primera vista advertimos una anomalía notable, pues parece extraño que el santo viviera 101 años, teniendo en cuenta la exigua esperanza de vida de las gentes en aquella época. No es un caso único. La tradición atribuye una gran longevidad a otros hombres santos, como san Antón, protector de los animales, quien también llegó a la centuria.
Los santos sospechosos tienen el afán de aislarse. Trepan por riscos y escolleras y, como nuestro Millán de la Cogolla, se asientan en lugares poderosos como Suso. A cualquiera que dude de las extrañas sensaciones que transmite este lugar, le recomendamos que, primeramente, pasee tranquilamente por la zona y luego entre en el espectacular monasterio, construido sobre las cuevas en las que moró el insigne santo. Deje de lado las llamativas tumbas que, se supone, pertenecen a los Siete Infantes de Lara y a su ayo Nuño, y, sin más demora, contemple el sepulcro de alabastro negro del siglo XI donde, dicen, está san Millán ataviado con estola y casulla.
Nuestro santo, se mire por donde se mire, fue un iniciado que empezó su vida como pastor y músico aficionado. Los datos de lo acaecido los pusieron por escrito san Braulio de Zaragoza y, más tarde, un famoso paisano de San Millán llamado Gonzalo y vecino del pueblo de Berceo. Si hacemos caso a la historia que nos ha llegado, Millán cuidaba un día ovejas cuando se quedó dormido, como les pasó a Salomón y a Jacob. En el sueño recibió la ansiada revelación: «mientras yaçíe dormiendo, fue de Dios inspirado. Quando abrió los ojos, despertó maestrado».
Despierta ya iluminado y decide hacerse ermitaño, pero como todo buscador precisaba un maestro. Lo encontró, pocos esfuerzos después, en la persona del anacoreta Félix. Con este hombre –al que presumimos barbudo y enjuto–, Millán alcanza una sabiduría que, más tarde, cuando se instala en la sierra de la Demanda, será pretendida por todo el vecindario. Las gentes acuden a él en busca de milagros, pues había rumores de que era capaz de provocarlos casi sin esfuerzo.
Los jerarcas de la Iglesia, siempre a la «caza» de nuevos valores, pensaron que era mejor tener al enemigo en casa y decidieron incluirlo en su organización. Le ofrecieron el puesto de presbítero y san Millán aceptó la propuesta, no fuera que lo tomaran por hereje. Pero al poco se aburrió, pues se dio cuenta de que Dios moraba en las soledades de los montes y no en los refectorios. En la pobreza estaba su felicidad, por lo que se marchó por donde vino y regresó a las espesuras de los bosques. Por supuesto, tal deserción conlleva consecuencias. Los clérigos de la zona lo denuncian y degradan, pero san Millán aguanta las embestidas estoicamente, evitando en todo momento el enfrentamiento con sus enemigos.
El santo continua con sus milagros y además pronostica con acierto el fin de la ciudad riojana de Cantabria. Y aquellos que de él se rieron por esa ocurrencia, se hicieron cruces cuando después llegaron Leovigildo y sus huestes y arrasaron el paraje. En Suso cada día aumentaban sus seguidores y también las seguidoras. Entre todas destaca Potamia, a quien los malpensados creían que servía de formas variadas y poco decorosas al anacoreta, y eso que Millán era ya octogenario.
Alguna característica especial debía poseer el paraje elegido por Millán para que durante 500 años se instalaran en la zona innumerables anacoretas. Pero, como afirma el refrán, «poderoso caballero es don Dinero». Las donaciones de reyes navarros y castellanos terminaron por engordar los posibles de la comunidad y ésta sucumbió a la tentación del vil metal. Una vez fallecido el fundador, levantaron el monasterio de Yuso, para dar merecido reposo al santo. Según la leyenda, el rey García tomó la decisión de trasladar el cuerpo de san Millán al monasterio de Santa María la Real, en Nájera, para lo cual dispuso de un carro tirado por bueyes. Entonces sucedió el milagro: el sepulcro del santo aumentó inexplicablemente su peso en un determinado lugar, por lo que fue imposible moverlo del sitio. Informado del suceso, el rey García concluyó que sólo podía significar que san Millán pretendía descansar para la eternidad en ese lugar. Allí, por tanto, se construyó el monasterio de Yuso.
Santo Domingo de la Calzada
Corría el año 1019 cuando en la localidad riojana de Viloria vio la luz su más famoso vecino. Se llamó Domingo y, ya fallecido –lo que ocurrió el 12 de mayo de 1109–, se convirtió en santo. Esta presentación habrá servido al lector para advertir rápidamente que ya tenemos de nuevo a un longevo abuelo buscador de Dios, al igual que san Millán.
Domingo de la Calzada intentó ingresar en las filas de la Iglesia alrededor del año 1050, pero tanto los monjes del monasterio de Santa María como los de San Millán de la Cogolla rechazaron su propuesta. ¿Por qué? ¿Tal vez lo consideraron un simple vagabundo? Si era sólo un hombre en busca de Dios, ¿qué razón había para tan rotundo no?
Domingo caminó en pos de su iniciación como todos los místicos: echó a andar hacia la soledad de los montes y allí pasó cinco años de los que no tenemos noticias. Dios envió entonces a un legado del pontífice Benedicto IV a impartir doctrina en Navarra y La Rioja. Aquel hombre, llamado Gregorio de Ostia, se convirtió en el maestro que Domingo anhelaba. ¿Aprendió también con éste el arte mágico de la construcción? En mitad del camino de Santiago comenzó a realizar prodigios relacionados con la arquitectura. De él se dice que, armado con una hoz de druida, taló árboles y tendió puentes; diseñó caminos y empedró cañadas. Así se extendió la fama del futuro santo. La ineludible leyenda afirma que un cantero quedó atrapado bajo unas pesadas piedras y hasta él llegó el santo, haciendo gala de sus poderes taumatúrgicos: «Súpolo Domingo y, con sólo orar sobre el difunto, que tenía hecha una tortilla su cabeça, y había gran rato que se hallaba sin vida, se levantó el difunto sano y totalmente bueno, dando a Dios y al Santo las gracias».
En mi último libro, A la sombra del Grial (Edaf), me pregunto en voz alta si esas leyendas de muertos resucitados hay que leerlas al pie de la letra o interpretarlas como muertes iniciáticas propiciadas por un maestro como santo Domingo de la Calzada. Sea como fuere, nuestro protagonista terminó santificado. Tres años después de su muerte, en 1112, ya nos encontramos con documentos que así lo atestiguan. Según recuerda Juan G. Atienza, su cuerpo está sepultado fuera de los muros de la imponente catedral. Dice la misma fuente que tal fue su deseo, pues de ese modo estaba a la vera del Camino de Santiago, por el que tantos desvelos sufrió. Con el tiempo creció la fábrica de la catedral y el sepulcro terminó bajo su paraguas protector. Dentro del recinto el visitante se encontrará con una bonita metáfora: una estatua del difunto en la parte superior y en otro nivel (¿también de conciencia?) una cripta en la que se halla su santo cuerpo.
La leyenda también explica qué diablos hace en el interior de la catedral un gallo blanco. Al parecer, un matrimonio alemán llegó por el Camino de Santiago. Con ellos viajaba Hugonell, su hijo de 18 años. Era buen galán el mozo, hasta el punto que enamoró perdidamente a la chica del mesón.
La joven se ofreció para lo que hiciera falta, pero el mancebo la ignoró. En el desprecio de la muchacha está la génesis de la leyenda. Se dice que denunció al alemán por robar una copa de plata que ella misma había deslizado en el interior del zurrón del peregrino. La justicia obró con prontitud y, una vez prendido, se le condenó a muerte con arreglo a lo escrito en el Fuero de Alfonso X el Sabio.
Afligidos, los padres del ajusticiado prosiguieron su camino. Es entonces cuando aparece el santo y susurra a los teutones que su hijo ha vuelto a la vida. Regresan al pueblo y se encuentran con que el mismísimo santo sujetaba por las piernas al reo para que no se ahogara con la cuerda de la horca. Se apresuran, entonces, a contárselo al corregidor, y éste, empírico comilón, sentencia: «Tu hijo está tan vivo como estas aves que me estoy comiendo». No hizo sino terminar la frase, cuando los animales asados salieron volando.
Desde entonces, en recuerdo de aquellos hechos, se dirá que en Santo Domingo de la Calzada «cantó la gallina después de asada». Por esto en la catedral se dispuso una hornacina en la que ha de haber siempre un gallo y una gallina, ambos animales de color blanco. Quizá el rebuscado cuento esconda un significado oculto, como pudiera ser la relación del gallo con la gnosis, o con el Ave Fénix que resucita de sus propias cenizas en muerte iniciática.
San Juan de Ortega
Santo Domingo de la Calzada fue maestro e instructor de otro «iniciado», san Juan de Ortega. Por lo que cuenta su biografía tenemos ante nosotros a otro constructor o «domador de piedras», también de vida longeva. Una biografía, por otra parte, preñada de sorpresas, como es el hecho de que naciera de una mujer noble que, se cuenta, llevaba veinte años estéril. De modo que decidieron llamarle Juan, al igual que el Bautista, pues éste también tuvo un nacimiento similar.
Marchó a Tierra Santa y volvió con el ardoroso deseo de encontrar a Dios, tal vez porque se dio cuenta de que allí no había manera de dar con Él. De modo que se adentró donde san Millán y santo Domingo solían: en los montes. Por los de Oca se demoró hasta hacer con sus manos la ermita de San Nicolás. Pero no hay iniciación sin maestro iniciador, y el futuro santo creyó ver el suyo en Domingo de la Calzada. Con este maestro constructor aprendió los secretos de la piedra y la traza y no tardó en ponerlos en práctica por su cuenta. Así, construyó un puente sobre el río Ebro a su paso por Logroño y otro sobre el Najerilla.
Pero la fama de san Juan de Ortega se dispara tiempo después, cuando se descubre el asombroso caso que tiene lugar en la iglesia donde el cuerpo del santo descansa, en medio de los montes de Oca, jalón básico del Camino de Santiago. ¿Qué es lo que ocurre allí? Pues que dos días antes y dos después de los equinoccios de primavera y otoño, un rayo de Sol exploratorio y preciso se cuela por la ojiva central del crucero e ilumina el ábside izquierdo, en cuyo capitel se reconstruyen, con gran belleza, las escenas de la Anunciación y de la Visitación.
El rayo de Sol acaricia primero al ángel y después a la Virgen, hasta llegar a la figura de un anciano que lleva un báculo. ¿Es el propio santo, como se ha dicho? ¿O es san José, como afirma la tradición católica? Atienza ofrece una bella explicación alternativa a esta «curiosidad». Para el genial escritor se trata de «una exaltación sagrada del nacimiento, en tanto que entrada en el mundo de la iniciación». Es obligada la visita a la cripta de esta iglesia, donde han tenido lugar milagros relacionados con la fertilidad súbita de mujeres estériles. Incluso parece que Isabel la Católica se dejó caer por allí.
Concluye así nuestro recorrido por los lugares donde fue tomando forma la biografía de tan especiales santos. Podríamos engordar la galería de este tipo de personajes, pero no por ello aclararíamos más lo que pretendemos transmitir: que muchos de los santos cristianos eran iniciados que buscaron en la soledad el vigor de Dios emanando de la Tierra. Al final va a resultar cierto que Dios vive en el campo.