Última actualización 01/04/2007@00:00:00 GMT+1
No hace demasiado tiempo mantenía una conversación con una psicóloga infantil; conversación que con el paso de los minutos se fue convirtiendo en un más que interesante debate. La postura de la ciencia es que los niños, al nacer, son igualmente pequeños en tamaño, emociones e inteligencia. Las propias experiencias que van acumulando con el paso de los días –descubrir nuevas texturas, asir con fuerza todo aquello que cae entre sus manos, intuir que existe un mundo nuevo en el que ya no son todo reflejos y contraluces– hace que, como homo sapiens sapiens que es vaya cargando el “disco duro”, que hasta esos instantes permanecía bajo mínimos. Pero, ¿acaso no existe un paleocerebro tan arcaico como real, que no es sino el cúmulo de siglos, milenios de aprendizaje, de experiencias, de mística y magia, que, dependiendo de los resortes que se pulsen en momentos puntuales de la vida, puede hacer que esa primigenia materia gris, posiblemente más etérea que física, descargue parte de la información que porta? De existir, qué duda cabe que es allí donde permanecerían durmientes ciertos iconos con los que, da la sensación, todos venimos al mundo. Y es que es difícil no asociar los primeros terrores nocturnos con la presencia de brujas, demonios o vampiros, seres legendarios contra los que únicamente podemos enfrentarnos introduciendo la cabeza en nuestra particular fortaleza de sábanas blancas. Poco años después les ponemos nombre; Drácula, Frankenstein o el hombre del saco son algunos de ellos. Y no habrá de pasar demasiado tiempo para que un personaje siniestro como pocos, reflejo de nuestros temores atávicos, aquel que puede aparecer tras cualquier esquina… de la casa, haga acto de aparición. Es Jack, la silueta sombría de sombrero de copa que parece salir del más oscuro de los cuentos, desvaneciéndose entre la niebla, dejando como tarjeta de visita un reguero de sangre difícilmente igualable por cualquier otro monstruo del particular bestiario infantil. Su “apellido” es difícilmente pronunciable, porque su sola mención es como un mantra maldito, como si aquel que lo hiciere estuviese iniciando un rito de invocación, y en cualquier momento el terrible asesino de tintes aristocráticos y larga capa fuera a manifestarse.
Y es que más de un siglo después su figura afilada, casi tanto como los bisturíes que utilizó para descuartizar a sus víctimas, sigue presente; porque jamás se dio con su paradero; porque jamás se logró definir su rostro; porque hubo quien aseguró que Jack provenía de los mismísimos infiernos, y allí puede continuar aguardando el momento para regresar, bajo una apariencia u otra.
Sea como fuere este mes abrimos con él, un ser que se debate entre la leyenda y la más cruda de las realidades. Para ello, que mejor que un criminólogo como Iván Rámila para trazar su perfil criminal, y aportar los últimos datos descubiertos sobre un personaje que, pese al tiempo transcurrido, permanece oculto en las sombras de nuestra mente…
Lorenzo Fernández Bueno