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EL GRIAL, MONTSÉGUR Y LOS TEMPLARIOS

Última actualización 20/02/2013@17:42:03 GMT+1
Enrique de Vicente

Pese a que esta idea tiene escaso fundamento documental, la pista principal sobre una «conexión oculta» entre cátaros y templarios es el Parsifal de Wolfram von Eschembach, el tercer gran romance que dio a conocer el mito del Grial, basado en la transmisión de una iniciación espiritual y caballeresca. En él explica que «valientes caballeros tienen su morada en Montsalvatge, donde se guarda el Grial: son los Templeise».
Algunos han traducido este término como Templarios, pero en alemán se usan otras palabras para definir a éstos: tempelritter, tempelherreren, tempelorden. Como explica Gérard de Sède, Templeise es una palabra creada por el poeta para denominar una Orden de caballería imaginaria o desconocida y podría traducirse por Templistas. Pero ¿acaso no podría estar designando a una élite esotérica templaria, a la cual él mismo podía pertenecer?
Porque Wolfram era un templario y decía haber conocido esa historia a través del trobador Kyot der Provinzal, en alusión a la Provenza cátara. Wagner indica para el decorado de su Parsifal, basado en dicho romance, que «la vestidura de los caballeros del Grial se asemeja a la de los templarios, pero en lugar de su cruz roja, es una paloma con las alas desplegadas»; el más importante símbolo cátaro. Hay más: el segundo gran romancero del Grial, Robert de Boron, afirma en su Perlevaux que los guardianes de la Copa son monjes-guerreros, con una indumentaria blanca ornada con una cruz roja, idéntica a la de los templarios, símbolos que se repiten en Perceval el Galés y aparecen en la nave que transporta al Parsifal de Wolfram.

También se ha identificado a su Montsalvatge, castillo del Grial que Wolfram sitúa cerca de la frontera española, con el de Montségur, último gran bastión cátaro, de donde –según algunas leyendas– antes de su caída escapó un tesoro que algunos identifican como el Grial. Los fugitivos lo habrían ocultado en Montréal-de-Sos, donde parecen confirmar esa creencia unos grabados en una cueva que representan un cáliz, la lanza de Longinus y unas gotas de sangre.

La primera novela que mencionó el Grial fue obra de Chrétien de Troyes, ciudad en la que medio siglo antes había nacido el Temple, y fue inspirada por la condesa María de Champagne, una región donde el catarismo tuvo su segundo gran foco en Francia. Además, el tío de su abuelo fue el más prominente promotor y miembro fundador de esta Orden y –secundando a su madre, Leonor de Aquitania, en cuyos vastos dominios floreció el catarismo– María jugó un papel destacado en la extensión por Europa del movimiento femenino y griálico inspirado por el amor cortés, los trovadores y las cortes de amor, de cuya vinculación con toda esta trama hablo extensamente en mi libro Claves Ocultas del Código da Vinci (Eds. DeBolsillo).

Pero entre los templarios o durante su proceso no se encuentra la menor referencia al Grial, ni al catarismo, algo que habría venido muy bien a sus acusadores; su gran protector, San Bernardo, viajó al Languedoc para predicar contra los cátaros; pertenecen a su Orden del Císter los dos primeros enviados por Inocencio III para combatir a éstos, como también su legado en el Languedoc, que bendice a quienes los maten y excomulga a su protector, el conde Raimundo VI de Toulouse, antes de que alguien le asesine, desencadenando así la cruzada que acabará exterminando el catarismo, dirigida por un feroz abad cisterciense y por Simon de Monfort, que había confiado al Temple de Monzón la educación de su ahijado Jacques. Y, como se indica en el texto, quienes ponen en marcha el arresto de los templarios son descendientes de cátaros: el consejero Nogaret y Floyran, primer templario renegado que denuncia al rey las supuestas prácticas de sus compañeros.

Por ello, para muchos, cualquier complicidad entre unos y otros es diametralmente opuesta a la realidad histórica. Antes bien, podría sospecharse de un acercamiento al catarismo por parte de la Orden de los Hospitalarios, enemigos acérrimos del Temple, de cuyas posesiones francesas se adueñaron tras su caída. Como éstos, tenían muchas posesiones en tierras cátaras y estrechos vínculos con los condes de Toulouse y otros protectores del catarismo, aunque tampoco hay evidencias sólidas de conexión doctrinaria entre ambos. Pero, como sostienen otros, ¿acaso la caída del Temple no pudo deberse a su degeneración e incapacidad de cumplir su misión, aceptada incluso por lo que quedase de su élite oculta, inspirada por remotas ideas heréticas paralelas a las cátaras?
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