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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/04/2007@00:00:00 GMT+1
Era una mañana húmeda y la neblina cubría todo el horizonte, un amanecer típico de la selva peruana. No era la primera vez que presenciaba la salida del sol desde allí, pero en esta ocasión fue diferente. Me encontraba en el río Pantiacolla, afluente del Madre de Dios, y nos disponíamos a iniciar un viaje tras una de las leyendas más fascinantes del continente americano: la ciudad de Paititi.
Paitite o Paiquiquin («el otro Cusco»), como también la llaman los indígenas, es una legendaria ciudad perdida, que se dice está repleta de estatuas y templos de oro, además de otras riquezas, a la que supuestamente habrían huido algunos incas de Cuzco mientras los españoles capturaban al Manco Inca en Vilcabamba.

Durante siglos, esta leyenda –y otras similares– ha impulsado a muchas personas a emprender una búsqueda calificada por algunos de «imposible». En nuestro caso, esta aventura no tenía su origen en el interés por tesoros y riquezas, sino en algo más importante: la necesidad de esclarecer enigmas y el ansia por el descubrimiento de lugares a los que nunca ha llegado el hombre occidental. Ese había sido mi reto en tres expediciones anteriores. En esta ocasión, acompañado por Lorenzo Fernández Bueno, nos disponíamos a repetir viaje con el fin de realizar un documental para TVE. cuatro soldados desaparecieron misteriosamente Mientras recababa información para preparar el viaje, tuve la ocasión de conocer a un personaje singular. Su testimonio, lejos de tranquilizarnos, disparó nuestras «alarmas» incluso antes de comenzar la expedición. Raúl –nuestro informante– es un guía nacido en Atalaya, un pueblo a orillas del río Alto Madre de Dios. Nos explicó que su padre, militar de profesión, fue destinado a esta conflictiva zona gracias a sus conocimientos de la región.

Una noche, mientras se encontraba de guardia, se declaró una alerta. Una inmensa luz desconocida iluminaba el centro de la jungla, siendo visible a varios kilómetros de distancia. A bordo de uno de los viejos helicópteros Bell de la guarnición, seis soldados, dos pilotos y el padre de Raúl partieron hacia allí. Mientras sobrevolaban la zona de donde surgía la luz, ésta se apagó repentinamente, y el sargento ordenó descender a cuatro de sus hombres para investigar. Al llegar al suelo comenzaron a hacer señas con sus linternas para que los izaran. Los motores de los tornos arrancaron para recuperar a las tropas, pero sólo subieron las cuerdas… Las luces cesaron y ante la imposibilidad de aterrizar de noche, la aeronave regresó a la base. Con las primeras luces partió un nuevo grupo de rescate. Cuando llegaron a la zona se internaron en la jungla. Media hora después los helicópteros recibieron un mensaje de radio: no había ningún indicio de que persona alguna hubiese estado allí. Habían desaparecido… Esta historia se suma a otras de expediciones fallidas en busca de Paititi. Según se cuenta, es la propia ciudad «la que no te deja llegar a ella». En el año 1976, la mayor expedición realizada hasta la fecha se dispuso a explorar ese terreno virgen. Sesenta soldados peruanos se internaron en la jungla. Al cabo de un mes, sólo cuatro de ellos salieron de la maleza. Las enfermedades, los indígenas hostiles y, quién sabe, los espíritus o apus que protegen la ciudad, acabaron con su viaje. El ejército no intentó explorar la meseta del río Pantiacolla nunca más.

Con estos antecedentes iniciamos nuestro viaje con cierto miedo, pues la información de los últimos días parecía «alimentar» y respaldar las teorías y leyendas en las que basamos la expedición. Un viaje peligroso Desde Cuzco, situada a casi 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, tuvimos que viajar hasta la ciudad de Atalaya en un todoterreno cargado con lo necesario para la expedición, pues más adelante no íbamos a encontrar suministros.

El viaje comenzó por la puna –desierto de altura–, donde no crece la vegetación. Poco a poco, las pistas de tierra se fueron convirtiendo en un barrizal. En muchas ocasiones, el camino se cortaba abruptamente a causa de los derrumbamientos o por algún vehículo accidentado. A ambos lados del camino, los precipicios resultaban sobrecogedores. Tuvimos que descender hasta los cien metros de altura en menos de un día, pues si nos alcanzaba la noche corríamos el riesgo de ser asaltados por los bandidos, o de sufrir un accidente, ya que a menudo el camino desaparecía a causa de las aguas torrenciales. Cuando finalmente alcanzamos Atalaya, contactamos con un hombre que nos llevó desde el pueblo de Salvación hasta la entrada del río Pantiacolla, la puerta al misterio de Paititi. En Salvación tuvimos que presentarnos en el puesto de policía que controla el río e informar de nuestros planes. El policía nos advirtió que los machiguengas –unos indígenas poco amistosos– no nos dejarían pasar y que el río estaba muy revuelto. Ignoramos sus advertencias y, cuando se fue a comer, seguimos adelante.

La entrada del Pantiacolla está cerca de Salvación, pero la travesía por agua es muy dura. El Madre de Dios o Amarumayo («río de la serpiente» en lengua quechua) es uno de los ríos más peligrosos del mundo. Sus rápidos y trampas esperan ocultos en cada recodo. Puedes encontrar un árbol de más de 100 metros oculto a ras de las turbias aguas. Cualquier golpe en la quilla nos habría hecho zozobrar, sin permitirnos alcanzar la orilla a causa de la fuerte corriente.

Mientras navegábamos por el río surgió ante nuestros ojos una de las visiones más impresionantes que he tenido en mi vida: las «pirámides del Pantiacolla», estructuras piramidales perfectas, de unos 150 metros de altura, construidas en piedra y cubiertas por maleza y tierra con el paso de los siglos.

Tras varios sustos, al fin llegamos hasta la boca del Pantiacolla, donde residen los machiguengas, una de las etnias más belicosas de la cuenca amazónica. Estos indios son, según la leyenda, como los guardianes de Paititi. Yo había tenido la ocasión de tratar con ellos en varias ocasiones, tanto en la parte colombiana, como en la cuenca del río Yavari en Brasil o en el alto Madre de Dios peruano.

Son indígenas altivos y no reciben muy bien al hombre blanco. No quieren que nadie controle sus zonas de hábitat natural, ni aceptan leyes de un gobierno que se enfrenta a las reglas de su cultura. Son guardianes de un mito en el que ellos son los primeros en creer.

Solicité hablar con el Curaca o jefe de la aldea, un tipo mal encarado que nos dijo que no podíamos pasar. Esperaba algo así, de modo que saqué el «paquete mágico» que uno debe llevar siempre que desee tratar con estos indígenas. El paquete consistía en un mazo de puros, dos botellas de licor de caña, dos kilos de azúcar y dos de sal. Su semblante de pocos amigos no cambió, pero nos permitió pasar. Eso sí, con una advertencia: «Te dejo pasar, pero el río no te permitirá conocer sus secretos». Aún así reemprendimos viaje de nuevo, esta vez en dirección a las profundidades del Pantiacolla.

Desde ese momento el tiempo cambió de forma brusca y el sol que nos había acompañado durante todo el viaje se esfumó. El día se hizo noche y se desató un viento tremendo. Así llegamos hasta una pequeña cabaña en la orilla, donde nos resguardamos.

El dueño de la cabaña, un machiguenga que vive allí con sus hijos y nietos desde hace años, no nos tranquilizó con sus palabras: «La ciudad no quiere que os acerquéis más. Yo os puedo llevar hasta Pusharo, la puerta de la ciudad por tierra». No lo dudamos ni un segundo y decidimos acompañarle. Atravesamos la selva y caminos que en esa época resultan casi impracticables, con el barro por la rodilla.

Al fin llegamos a Pusharo, un lugar considerado como la última etapa del viaje hasta Paititi. Allí, grabados sobre un grupo de piedras, aparecieron misteriosos símbolos y figuras que han motivado un sinfín de hipótesis y conjeturas. Para algunos, estos enigmáticos petroglifos dan forma una especie de «mapa del tesoro», que conduciría hasta nuestro ansiado destino.

Para nuestro disgusto, el guía se negó a continuar. Allí no podíamos pasar la noche, pues la zona está llena de serpientes venenosas. Según el machiguenga, estos reptiles son los guardianes sagrados. Caminamos durante una hora hasta llegar a una pequeña chacra o granja y allí pasamos la noche entre tormentas y un viento que parecía a punto de derrumbar la cabaña: «Es la furia de Paititi», nos aseguró el dueño. Saqué unas fotografías de piezas del Museo del Oro de Bogotá y le pregunté si sabía dónde se encontraba Paititi. Sin dudarlo, me respondió mientras señalaba una dirección exacta: «Paititi, una luna en la selva» o lo que es lo mismo: el lugar que buscábamos estaba a un mes de camino a través de la jungla.

El lugar en el que nos encontrábamos es un territorio totalmente inexplorado. Allí todavía quedan muchas tribus indígenas sin contactar y un sinfín de riesgos impredecibles. Ese será nuestro próximo reto. En la primavera de 2007, cuando bajen las aguas, viajaremos de nuevo hasta el Madre de Dios. Intentaremos llegar hasta el final, a esa «luna de distancia». Quién sabe si allí, al fin, se encuentre el más grande de los misterios que aún oculta Sudamérica: la ciudad perdida de Paititi.
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  • Paititi: en busca de la Ciudad Perdida

    Últimos comentarios de los lectores (3)

    4787 | Roberto - 14/06/2011 @ 22:46:50 (GMT+1)
    PAITITI (Pai Kikin)significa también "COMO EL". Como el puro, noble, limpio.

    Es el recuerdo de aquél (alguien) que trascendió por sus valores, por su pureza espiritual. A esa pureza debemos aspirar. A ese norte debemos llegar. La ciudad de oro es la Ciudad Espiritual que debemos construir. Busquen el PAITITI en lo más profundo de vuestro corazón, y vuestro espíritu se elevará por sobre todo el oro material del planeta.
    4433 | Luis - 14/08/2010 @ 22:34:46 (GMT+1)
    Al Paititi solo se puede llegar si en tu corazón reina el amor por el supremo y los semejantes, mas no la ambición y el deseo conquistador. Ningún humano ha podido penetrarla fisicamente, algunos pocos escogidos solo lo han hecho en astral.

    El verdadero paititi, debe reinar y brillar en las mentes y las consciencias de todo ser humano de buena voluntad.
    532 | noe lopez romon - 20/10/2007 @ 23:44:44 (GMT+1)
    Es tu bo chido
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