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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/04/2007@00:00:00 GMT+1
En los oscuros tiempos medievales aquellos sucesos que no tenían explicación lógica eran tildados como milagros. Con el paso de los siglos, el relato de aquellos hechos se convirtió en leyenda. Pero, ¿existe tras esos mitos sucesos reales? El autor del libro A la sombra del Grial (Ed. Edaf) nos invita en este anticipo editorial a un desafío: descubrir historias de ciencia-ficción ocurridas hace cientos de años.
Besando la orla del Camino de Santiago por tierras navarras topará el buscador con el Real Monasterio de San Salvador de Leyre. ¿Qué hemos venido a hacer aquí? Nuestra pretensión no es otra que rondar los lugares por donde puso sus pies el abad Virila, cabeza y brújula de la comunidad benedictina, que regía este monasterio allá por el siglo IX y protagonista de una de las siestas más memorables que se recuerdan. Y es que a este monasterio siempre se le termina recordando por Virila, su dormilón abad, cuya existencia histórica está documentalmente probada. Otra cosa ocurrirá con su leyenda, claro.

Había alcanzado este santo varón el oficio de abad por su probada honestidad y santidad, mas una cosa le atormentaba, y no era otra que el enigma de la eternidad. Y en reflexiones sobre la eternidad y sobre Dios se le iban muchas tardes mientras meditaba junto a una fuente donde solía acudir el monje para dar rienda suelta a sus meditaciones. Y fue allí donde todo ocurrió… Escucha el abad aquel día el canto maravilloso de un ruiseñor y se duerme con tanta paz como nadie puede dormir. Despierta el abad y se dispone a desandar el camino hasta el monasterio, pero pronto advierte que algo va mal. ¿Qué senda es ésa por la que circula? Y cuando llega hasta el monasterio, su asombro no tiene límite, pues no parece el mismo que él dejó horas antes.

Llama el abad Virila a la puerta y un hermano acierta a abrir. “¿Quién sois?”, suponemos que dijo Virila. “Pues quién voy a ser si no, tu abad”, imaginamos que respondió. “¿Mi abad?”, se extrañó el monje. Y así comenzó el enredo que pronto se tradujo en el monasterio como milagro de los buenos, pues allí estaban los archivos para demostrar al anacrónico recién llegado que el abad Virila había salido del monasterio un día lejano y no había vuelto. Y ese día era en verdad muy, muy lejano. Tan lejano como que quedaba trescientos años atrás.

Virila ascendió a la categoría de santo, como es lógico. Y por si no le habían entendido bien, Dios quiso dar otra lección tiempo después… En efecto, pero para repasarla tenemos que viajar en el tiempo y en el espacio hasta el siglo XII y hasta Pontevedra. Había allí un noble singular llamado Ero, quien fundó en compañía de un puñado de seguidores el monasterio cisterciense de Santa María de Armenteira. Y allí se quedó el bueno de Ero, al que de inmediato le auparon al puesto de abad, en el que permaneció entre 1151 y 1176, año en que murió. Pero antes tuvo tiempo de ser protagonista de uno de esos episodios que nos chiflan.

La pasión del monje era reflexionar sobre el paraíso. Un buen día en que el abad Ero paseaba por el bosque observó a un pajarillo que cantaba con entusiasmo y gran calidad. Era la primavera y el animal la recibía a su modo. Junto a un roble –el ingrediente que faltaba para que todo tenga un sabor druídico– nuestro abad se sienta a descansar y a escuchar al pájaro hasta que se marcha. Entonces, Ero emprende el camino de regreso.

El resto de la historia ya se la habrá imaginado el lector: cuando llega al monasterio éste no se parece en nada al que él conoció. Hay más monjes, los edificios son más grandes y modernos. Y hechas las presentaciones de rigor, estalla el alboroto que precede a la seguridad del milagro: los monjes se arremolinan alrededor del recién llegado, hacen aspavientos y hablan a la vez, se santiguan, alzan las manos al cielo y uno de los monjes consigue tener serenidad suficiente como para ir a la biblioteca en busca de un voluminoso y viejo libro, y en voz alta lee: “Santo Ero de Armenteira, noble y piadoso varón, fundador y abad de este monasterio, quien nunca más fue visto después de salir a meditar al monte Castrove”. Y desde aquella desaparición habían transcurrido trescientos años.

Al oír aquello el santo comprendió que la Virgen le había regalado una visión del paraíso, la que él tanto había anhelado. Y allí mismo cayó muerto.

Y los viajes a través del tiempo de estos dos monjes no dejarían de ser cuentos mejor o peor logrados y producto de la imaginación de no ser porque antes de la Edad Media ya habían sucedido hechos parecidos, y porque luego la ciencia que nos rodea ha demostrado que ni el tiempo ni el espacio son tan absolutos. Pero de eso nada sabían en la Edad Media, por tanto tuvieron muy buen tino, buenísimo, al tejer leyendas así. ¿O no fueron leyendas? Reciban como obsequio por su paciencia otra sabrosa leyenda protagonizada por don Munio de Finojosa.

La leyenda de Munio de Finojosa Las versiones del viaje impracticable de este caballero medieval son varias. Por ejemplo, José María Merino sitúa los acontecimientos alrededor del año 1100, y cuenta que don Munio, señor de Finojosa, era caballero tan principal que cabalgaba al frente de no menos de setenta jinetes.

Pasado un tiempo, de haber estado por allí para verlo, hubiéramos descubierto a nuestro hombre en los campos de Almenara, no lejos de Uclés –Cuenca– dándose mamporros otra vez con los infieles. Y aunque siempre había salido con bien de aquellas trifulcas, aquí la suerte le fue esquiva y un fatal tajazo le segó un brazo. De modo que allí se quedó, en mitad de la batalla campal, que cada vez pintaba peor para los cristianos. Y al fin ocurrió lo inevitable, que fue herido de muerte.

Y allí tenemos a don Munio Sancho de Finojosa apurando sus últimos sorbos de vida cuando Munio cayó en la cuenta de que su voto –viajar al Santo Sepulcro antes de morir– iba a quedar sin cumplir, de modo que miró al cielo y pidió perdón. Y es aquí donde sucede lo maravilloso.

La leyenda afirma que aquel mismo día, en Jerusalén, el capellán del lugar estaba oficiando una rutinaria misa cuando irrumpió en el recinto un grupo de soldados polvorientos. Quien encabezaba la mesnada no era otro que don Munio Sancho de Finojosa. Y se dio la casualidad de que el capellán de marras era justamente originario de Finojosa, con lo que no tuvo dificultad en reconocer al caballero. Así lo escribe Merino: “Concluida su oración, ante el asombro de todos los presentes, sus figuras se desvanecieron en el aire y de la plaza desaparecieron también sus caballos”. El patriarca quedó perplejo. El fruto de sus pesquisas debió dejarle aún más aturdido, pues fue informado de que ese mismo día en que los caballeros estaban de hinojos en el Santo Sepulcro habían caído en combate ante los infieles. ¿Milagro o leyenda? Las soluciones al siguiente problema, una vez que superemos la tentación de no dar crédito a la historia, pueden ser dos o tres. La primera se expresa ni más ni menos que como un milagro; la segunda aparece como la usurpación aparentemente del cuerpo de un sujeto por una entidad que podremos considerar angélica si seguimos la ortodoxia religiosa, o por un ser de naturaleza por completo desconocida; y la tercera se resuelve en forma de bilocación, fenómeno paranormal que mucho practicaron algunos santos y que consiste en estar en dos sitios al mismo tiempo. Que el lector se quede con la solución que mejor le cuadre.

Las casas de San Esteban de Gormaz trepan por la colina y miran cada vez desde más arriba la ribera derecha del río Duero. En lo alto, el visitante se dará de bruces con la iglesia de San Miguel, del siglo XI y la iglesia de Nuestra Señora del Rivero, que es nuestro destino en este viaje. Y mientras alcanzamos la calle de Las Cruces en medio de una pertinaz lluvia, sentimos una presencia que nos mira de soslayo: es el castillo de Gormaz. ¡Si los castillos hablaran! Un combate mágico Si los castillos hablaran yo querría tener una larga conversación con el de este lugar, porque aún hoy esas ruinas altivas esconden secretos impenetrables, como el sucedido aquí, en Nuestra Señora del Rivero, y que inspiró al inimitable Alfonso X El Sabio.

En 978 estas disputadas tierras asistieron a un nuevo combate, según la historia. Desde 976 Al-Andalus tenía nuevo señor, Hixem II, pero era Muhammad ibn Abi Amir, más conocido como Almanzor, quien gobernaba en la sombra. Y los árabes enviaron un ejército que encontró a su adversario dirigido por el conde García Fernández, hijo del mítico conde Fernán González, y por el rey don Sancho de Navarra, con quien se había aliado circunstancialmente. Los sopapos se iban a dispensar a diestro y siniestro en el llamado Vado de Cascajar. Y ya hemos llegado a nuestro destino, pues todo ocurrió allí y, a la vez, en la iglesia de Nuestra Señora del Rivero.

En la galería de la iglesia nos preguntamos si lo que del cavaleiro se cuenta fue cierto… …Y el santo se me fue al cielo Iba aquella lejana mañana Fernán Antolínez a unirse a las tropas de García Fernández para luchar contra el infiel cuando escuchó las campanas de esta iglesia. Antolínez acudió para oír misa. Y escuchó la primera.

Sin embargo, en su embeleso místico no reparó en que concluía la primera ceremonia y allí se quedó, hecho estatua de sal, dispuesto a escuchar la segunda. Y en ese instante, se cuenta, estalló el fragor de la batalla en el Vado de Cascajar. Antolínez, en tanto, a lo suyo, reza que te reza.

Los ánimos cristianos cedían al tiempo que se quebraban escudos y espinazos de los guerreros de la cruz. Todo parecía perdido cuando Fernán Antolínez andaba ya por la tercera misa en mitad de su trance. Y justamente en el transcurso de ese oficio se invirtió la fortuna en el Vado de Cascajar. Los cristianos habían vencido, pero cuando el caballero salió de su embeleso comprendió que había perdido su honra al no haber comparecido en el campo de batalla. Y aunque a punto estuvo de no hacerlo, decidió presentarse ante el conde García Fernández, aunque lleno de vergüenza.

El rubor de su rostro se tornó en estupor al ver la reacción del conde, que se acercó a él de lo más efusivo y le propinó un soberano abrazo al tiempo que gritaba: “¡Por ti hemos tenido feliz día, Pascual! ¡Vivas muchos años!” Gracias a su valor, le dijo, habían conseguido doblegar al musulmán. “¡Imposible!”, exclamó Fernán Antolínez. Y pasó a contar su extraño trance en la iglesia. “¿Imposible?”, se preguntó en voz alta el conde. Y por respuesta mostró al caballero sus propias armas, melladas y embadurnadas, como era propio tras el combate. La Iglesia resolvió el caso afirmando que un ángel del Señor se calzó la armadura de Antolínez y combatió como un jabato ante el infiel.

Bonita explicación, qué duda cabe, pero ¿es la verdadera? ¿O acaso estamos ante un caso extraordinario de bilocación? ¿Ante qué tipo de hechos nos enfrentamos? Y mientras arreciaba la lluvia al otro lado de los arcos de la galería de la iglesia de Nuestra Señora del Rivero, caí en la tentación de soñar despierto, una de mis aficiones favoritas. Y soñé que veía por aquellas tierras pardas el combate encarnizado. Y mientras repiqueteaba la lluvia sobre las piedras, y tal vez porque no hay mejor lugar posible para ello, se me fue el santo al cielo.
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  • Viajeros del tiempo en la Edad Media

    Últimos comentarios de los lectores (2)

    3764 | adolfo - 02/04/2009 @ 20:34:57 (GMT+1)
    Opino que en estas historias siempre hay algo de cierto y le doy un 50% y 50% de credibilidad, detraz de una leyenda siempre hay algo cierto.
    802 | socorro manzano - 16/12/2007 @ 21:43:40 (GMT+1)
    Yo creo en los milagros y hay misterios que aunque mucho se esfuerze el hombre en desentrañar le esta vedado ....
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