Última actualización 01/04/2007@00:00:00 GMT+1
La ciudad de La Laguna, situada al norte de la isla de Tenerife, alberga un buen número de edificios supuestamente embrujados. Uno de ellos es la sede del Consejo Consultivo, sobre el que circulan todo tipo de leyendas alusivas a fenómenos extraños.
Otro, el Palacio Lercaro, en la actualidad sede del Museo de Historia de La Laguna, perteneció a una familia de comerciantes genoveses que se trasladaron a la isla en busca de prosperidad. Al parecer, Catalina, muchacha perteneciente a dicha familia, decidió suicidarse porque sus padres pretendían casarla con un hombre de buena posición social al que no amaba. En su noche de bodas, la joven se arrojó al pozo que existía antiguamente en el patio interior del edificio. Desde entonces, la muchacha comenzó a aparecerse en las estancias del señorial caserón, a la vez que sucedían todo tipo de sucesos inexplicables, como ruidos de procedencia desconocida o movimientos de objetos.
Uno de los miembros de la seguridad del museo, N.P.L, me confesó que el antiguo jardinero se encontró cara a cara con el nebuloso espectro de Catalina, hecho que motivó su baja permanente. Mi informante también experimentó situaciones extrañas y, según nos dijo, bastantes trabajadores habían vivido situaciones similares.
El conservatorio embrujado
En Las Palmas destaca por méritos propios el actual Conservatorio de Música. Erigido sobre el solar que ocupó antaño un convento franciscano, es fuente de rumores de todo tipo. Entre los estudiantes se ha extendido como la pólvora una leyenda que alude a cierta sombra errante a la que los chavales ya han apodado con el nombre de «Lucas».
Uno de los vigilantes de seguridad, en plena noche, escuchó un fuerte grito tras una de las puertas de emergencia. Se dispuso, entonces, a comprobar lo que sucedía, sujetando la puerta con un taco de madera, ya que ésta no podía abrirse desde fuera. Lo que sucedió posteriormente lo dejó, literalmente, paralizado de miedo. Escuchó con claridad unos horribles gritos que surgían del fondo de la escalera, como si un ruidoso gentío subiera apresuradamente los peldaños. Por más que se afanaba en ver quien producía tales alaridos, no encontró absolutamente a nadie. Aterrado, quiso regresar sobre sus pasos, pero alguien había cerrado la puerta, desplazando el taco de madera. La situación se tornó angustiosa, pues el hombre escuchaba el sonido cada vez más cerca. Sin pensárselo dos veces, y casi en estado de shock, rompió el ojo de buey que presidía el portón, produciéndose cortes de cierta gravedad en su brazo. A pesar de todo, se dispuso a cumplir con su obligación y decidió comprobar si había entrado alguna persona en el edificio. Pero no encontró a nadie.
Según nos narraron varios alumnos del conservatorio, una profesora de dicho centro se topó en el aparcamiento –que está situado en el sótano del edificio– con una aparición fantasmal. La mujer se acercó y pudo observar la figura de un hombre que flotaba en el aire y al que no se le distinguían las piernas. Vestía con algo parecido a una levita gris y su rostro era borroso. Las descripciones del extraño espectro masculino que deambula por el edificio se unen a las declaraciones sobre instrumentos que suenan solos, sin intervención alguna.