Última actualización 01/01/2007@00:00:00 GMT+1
Marzo de 1314, en el islote de Pont Neuf (París), sobre el Sena, casi a espaldas de la catedral de Nôtre-Dame. Jacques de Molay, Gran Maestre del Temple, es arrojado a las llamas acusado de blasfemias arrancadas bajo tortura.
A pesar de hallarse a un paso del encuentro con la parca, todavía tiene el coraje de retractarse de todo lo confesado ante sus torturadores. El preceptor de Normandía, Geoffroy de Charnay, sigue el ejemplo de su Gran Maestre y también abjura de sus anteriores declaraciones.
Casi siete siglos después de estos hechos, ponemos fin a nuestras investigaciones sobre el aspecto más polémico de las confesiones templarias –recordemos, obtenidas bajo tortura–. Nos referimos a la adoración de un misterioso y «satánico» ídolo, el baphomet.
Para este estudio hemos consultado miles de obras y documentos, buena parte de los cuales abundan en tópicos manidos y leyendas indemostrables. Lo mejor será, entonces, empezar por algunos indicios sobre la existencia del ídolo de rostro barbado –así era cómo lo representaban los templarios– en contextos diferentes. Y para ello debemos situarnos en primer lugar a la sombra del Coliseo romano.
En la plaza Navona, en pleno centro de la Ciudad Eterna hay un obelisco de aspecto egipcio, pero que en realidad fue erigido en tiempos del emperador romano Domiciano. Bernini, histórico rival de Borromini, fue el encargado de realizar el diseño de la Fontana dei Fiumi, sobre la que se eleva este obelisco. En esta famosísima fuente, casi oculto bajo el escudo pontificio, hallamos un rostro pétreo que podría corresponder al del ídolo baphomet. La información nos la proporcionó el investigador Domenico Migliaccio, quien ya nos había facilitado pistas interesantes para nuestras investigaciones en anteriores trabajos.
Una soleada mañana de domingo, durante una agradable e improvisada charla en una librería, quienes escriben y el investigador romano intercambiamos comentarios y puntos de vista sobre el misterio del pequeño pueblo francés de Rennes-le-Château, el Grial y el enigmático ídolo que los templarios supuestamente adoraron. Migliaccio, un apasionado de los misterios de Roma, recordó que en alguna ocasión había leído que en la Fontana dei Fiume era visible la cara de un baphomet, escondido entre miles de otras extrañas figuras de caballos, serpientes, delfines, leones, y dragones. Tras una visita a la bella fuente de Bernini, comprobé que, efectivamente, son visibles un par de imágenes del presunto ídolo.
¿Se trata de un baphomet renacentista ideado por Bernini con alguna finalidad que se nos escapa? ¿O simplemente estamos ante una de las infinitas «máscaras» grotescas que abundan en monumentos e iglesias del país alpino?
¿Un baphomet florentino?
Florencia, Palazzo Vecchio, salotta (sala) del cuartel de Eleonora. En esta estancia el buscador de pistas sobre el baphomet templario podrá admirar un fresco del siglo XIV –se cree que pintado entre el año 1323 y el 1349–, en el cual es visible una curiosa cabeza barbada. Algunos historiadores consideran que se trata del ídolo adorado por los templarios. O al menos eso es lo que confesaron los caballeros durante los procesos posteriores a su detención.
El fresco, antes de llegar a su sede definitiva, tuvo una existencia un tanto ajetreada. Vasari, el pintor, arquitecto y escritor renacentista, llamó salotta a una de las muchas salas que se dispusieron en el palacio para la duquesa Eleonora, fallecida en Pisa el 17 de diciembre de 1562 a causa de la malaria. De todos modos, algunos estudiosos de su figura creen que también influyeron en su final las prematuras muertes de su esposo, don Giovanni, y su hijo menor, don Garzia.
En 1834 el fresco no se encontraba todavía en el Palazzo Vecchio, sino en un palacio del siglo XIX donde durante siglos estuvieron las cárceles llamadas delle stinche. En 1834, el estudioso Fraticelli escribió: «En este lugar existía un tabernáculo con una pintura, que se dice pertenecía a la escuela de Giotto y representa a Santa Reparata en el acto de bendecir las enseñas de las milicias de la república florentina, antes de su partida a la conquista de varios países». Gracias a la generosa intervención del donante, el abogado Ricardo Castellani, la obra de arte fue trasladada al lugar en el que se encuentra en la actualidad.
El ayuntamiento de Florencia atribuyó al fresco, tal vez erróneamente, el título de La expulsión del Duque de Atenas, porque la versión más extendida defiende que el fresco en realidad representa la expulsión de Florencia de Gualtieri di Brienne, duque de Atenas, el 26 de julio de 1343, fiesta de Santa Ana. Gualtieri di Brienne se había declarado «señor vitalicio de Florencia», pero fue expulsado de la ciudad sólo un año después de tomar posesión de la misma. El fresco se atribuye oficialmente a Andrea di Cione Orcagna. Y decimos «oficialmente», porque especialistas del siglo XIX como Giulio Cesare Lenzi Orlandi Cardini, en su interesante libro El Baphomet de los templarios en Florencia, no están de acuerdo. Pero si queremos entender sus razones, es obligado hacer primero una descripción de la obra pictórica.
El fresco tiene forma circular y mide unos tres metros de diámetro. En el lado izquierdo aparece una figura femenina, sentada en un trono cubierto por una especie de tapiz que sostienen en lo alto dos ángeles. La mujer hace entrega de los estandartes de Florencia, del pueblo y del ayuntamiento a tres caballeros arrodillados. A la izquierda se ve a un hombre de barba y bigote, cubierto por una capucha y elegantemente ataviado con «una garnacha ajustada con un cordón y las puntas de las mangas, forradas de armiño, colgando hasta el suelo», tal como escribió el biógrafo renacentista Vasari. El hombre parece alejarse con aire preocupado, sosteniendo en el brazo una cabeza barbada monstruosa, mientras se gira hacia atrás para observar a un ángel –que en su mano sostiene una pequeña columna de piedra y un látigo– en actitud de arrojarse contra él. En el suelo se ven unos objetos que posiblemente posean algún valor simbólico. Se trata de una espada, una lanza y una balanza, todas rotas, además de un libro cerrado y un escudo. En otros tiempos el fresco estaba rodeado por los doce signos zodiacales, aunque hoy sólo es visible la constelación de Leo. Además de la vivacidad de los colores, han desaparecido algunas letras que podrían haber ayudado a entender mejor el significado de la obra.
Llegados a este punto, los lectores se estarán preguntando por qué esta descripción tan precisa de la pintura. La respuesta es que, para Cardini, el fresco realmente representa la aniquilación de la Orden del Temple y el confinamiento de los últimos templarios florentinos en la prisión de Stinche.
De todas formas, hay que reconocer que la historia oficial del arte no menciona ni de pasada la hipótesis de Cardini. Sin embargo, para cualquier observador de mente abierta no es improbable que la figura del gentilhombre que se aleja de la escena, más que representar, como afirma la ortodoxia, «al duque de Atenas que escapa envuelto por una serpiente con cabeza humana, símbolo del engaño político», represente precisamente a la Orden del Temple, arrojada de la historia y humillada por la codicia de Felipe el Hermoso. El trono, a sus espaldas, ya vacío, simbolizaría el trono de la tradición templaria, ya huérfana del Gran Maestre Jacques de Molay, inmolado en la hoguera. Llegamos así al elemento sobre el que se centra este trabajo: la cabeza barbuda que parece desafiar la mirada de quien observa el fresco.
Para Lenzi Orlandi Cardini no caben dudas: se trataría precisamente del baphomet, que es puesto a salvo por el caballero con el fin de conservar al menos algún elemento de la tradición esotérica, con el fin de infundir ánimo a un reducido círculo de los Pobres Caballeros de Cristo. ¿Y qué quiso representar el autor al pintar el extraño ángel –cuyo rostro poco tiene de angélico– con tan curioso peinado? Además, otro elemento misterioso, como ya hemos señalado, es que el ángel sostiene en la mano izquierda una pequeña columna, mientras con la derecha empuña un látigo.
Cambiemos ahora de escenario, situándonos en la catedral de Chartres (Francia). En el portal sur de tan espléndido recinto sagrado encontramos una representación del Juicio Universal, en cuyo panel central es visible un ángel muy parecido al del fresco florentino al que aludimos anteriormente. En una mano también porta una columna y en la otra un látigo de tres colas. ¿Casualidad o una prueba de la influencia templaria en el extraño fresco florentino?
Orlandi Cardini sostiene que el ángel de la pintura florentina es un ser de aspecto humano «con la cabeza de quien condenó a los templarios (alude evidentemente a Felipe el Hermoso); lleva consigo los símbolos del martirio de Cristo antes de la crucifixión y expresa el poder de la Iglesia que se abate sobre el templario fugitivo, el cual abandona humillado el grandioso e imponente trono de la orden».
El ídolo de Saonara
Nos trasladamos en esta ocasión al Véneto, en las proximidades de Padua, entre los años 1812 y 1816. Catastróficas inundaciones, carestía de alimentos y una epidemia de tifus diezman la población y agravan la miseria ya presente. El conde Antonio Vigodarzere (1766-1835) trata de ayudar a las familias más desfavorecidas de la zona y proyecta construir un parque en torno a su residencia de verano para el disfrute de las gentes. Confía el proyecto al joven arquitecto Giuseppe Jappelli (1783-1852), quien convierte catorce hectáreas de terreno en un encantador jardín. Hoy, en el interior de este parque se puede acceder a la llamada «capilla de los templarios» y a la «gruta». Un estudioso de la zona, conocido simplemente como Gloria, escribe lo siguiente sobre el lugar: «En la gruta nada tiene que envidiar a la naturaleza más salvaje. La puerta de un antiguo templete de elegante fachada da acceso al parque. Dos oscuras estancias vienen después; una es el sepulcro de los templarios, la otra el sitio donde prestaban juramento a su orden».
Pues bien, en este lugar mágico y encantador de la provincia de Padua hallamos no sólo evidencias de la presencia templaria, sino también, como veremos, del misterioso baphomet. El estudioso Gloria prosigue con su descripción: «De aquí, por oscuros corredores que parecen cavados en la piedra, accedemos al sitio del bautismo de fuego, desde donde, después de haber echado una mirada por una abertura sobre el pequeño lago que lame la gruta, seguimos dando vueltas bajo unas aparentes estalagmitas, hasta llegar a la presencia del colosal baphomet, falsa deidad de los templarios. Fuera de aquel misterioso lugar, en el cual Jappelli relacionó la historia con los ritos atribuidos a los templarios por Hammer, se abre ante nuestros ojos el gracioso y pequeño lago, donde se puede pasear por el bonito jardín, agitado por todos los rincones por el aleteo de los pájaros, que se agolpan para honrar con su canto al autor de ese paraíso».
Abandonemos a Gloria y centrémonos en la neogótica «capilla de los templarios». Si abrimos la pesada cancela de hierro –sobre la cual destaca una armadura y un yelmo colocados encima de un escudo templario–, nos encontraremos de inmediato con algunas tumbas reconstruidas de los caballeros del Temple. En el pasado alguien «adecentó» los bajorrelieves en los que son visibles, además de la ceremonia bautismal del fuego, una estrella de siete puntas y una cigüeña. Sobre una pared se observa un gigantesco himno a Príapo, el dios griego de la fecundidad, con la palabra «Mysterium» en su base.
El investigador Alcide Salmaso –autor de un interesante volumen sobre el lugar, publicado por el ayuntamiento y la biblioteca municipal– ha podido descubrir que los testimonios sobre la cultura y tradiciones templarias han quedado ocultas con el transcurrir de los años, después de reiteradas ocupaciones militares.
No obstante, si dejamos volar la fantasía no es complicado imaginar la «capilla de los templarios» y la «gruta» junto a las tumbas de los caballeros, las esculturas, las estatuas y las armas. E, iluminando todo el conjunto, un débil resplandor proveniente de lo alto, apropiado para evocar una atmósfera de tiempos ya lejanos. Las armas se encontraban, probablemente, colgadas tras el altar mayor, donde estaba grabada la fórmula del juramento y los instrumentos necesarios para el rito: una lechuza, símbolo de la sabiduría, y también un bajorrelieve ilustrativo del bautismo del agua.
Podemos también imaginarnos cómo el neófito, sostenido por un hierofante y ante la presencia del ave de la sabiduría –la lechuza–, acerca su cabeza al agua purificadora, vertida por el oficiante. A continuación venía el bautismo del fuego, en cual el neófito era tumbado en una «parrilla», en medio de exhalaciones de perfume. La figura de una cigüeña, la letra «g» y la estrella de siete puntas recordaban el sustrato de creencias gnósticas que impregnaba todo aquel ritual. Lamentablemente, en la actualidad nada queda de todo aquello.
Continuando con nuestro particular itinerario, toca atravesar una estrecha puerta sobre cuyo arquitrabe destaca una gran cruz templaria, para después descender a una pequeña sala redonda, adornada con un asiento de mármol que discurre a lo largo de las paredes y en la que todavía es visible el trono del Gran Maestre de la Orden del Temple. Luego pasamos por una pequeña puerta que da acceso a la estancia en la que se hallaba en todo su esplendor el «objeto» de nuestra búsqueda: el baphomet.
Certeras descripciones
Sin embargo, en nuestros días no hay rastro alguno del misterioso ídolo. Ha desaparecido para siempre en las brumas del tiempo, quizá como consecuencia de varios sucesos bélicos que devastaron la zona, pero también porque los lugareños construyeron sus viviendas con los restos de piedras que quedaban enteras. ¡Pobre baphomet! ¡Transformado en una casa rural o en un establo!
¿Y cómo podría ser el baphomet de la «capilla de los templarios»? Quizá uno de los que más se acerquen es el estudioso Giovanni Cittadella, quien hace la siguiente descripción: «Su corona triforme (¿una cabeza con tres rostros quizás?) y la figura masculina–femenina sugieren la presencia en el baphomet de los atributos de Cibeles y Venus; tiene en las manos la cadena de los eones o de los siglos, sobre la que por una parte ruge el sol y por otra brilla la luna. Porque el sol y la luna presiden la regeneración y Baphomet hace germinar la tierra y florecer los árboles. Tiene un cráneo entre los pies, rutilantes ojos, la barba abundante...».
Una curiosa descripción, en la que se mencionan algunos elementos que «hacen germinar la tierra y florecer los árboles», lo que nos remite a una de las facetas con la que se identifica a la Sagrada Copa y a la que hemos aludido en nuestra obra Los mil rostros del Grial (SugarCo, 2005). ¿Y hoy en día qué queda del legendario baphomet paduano? ¿Qué hallaríamos si explorásemos el sugerente parque y, sobre todo, los lugares donde, tal vez, iluminados neotemplarios pretendieron reconstruir una especie de área cultual en la que llevar a cabo los secreto ritos ante tan discutido ídolo barbudo?
No sabemos lo que podríamos encontrar hace siglos, pero ahora en la «gruta», en cuyo interior se aprecian los efectos de la ocupación alemana durante el último conflicto mundial, todavía se respira misterio.
Aunque la extraña estatua del baphomet local ya no se encuentra en el lugar y la mayor parte de los restos templarios han desaparecido para siempre, somos conscientes de que todavía falta mucho por averiguar. Hemos descubierto, por ejemplo, que Andrea Cittadella Vigodarzere, sobrino del conde Antonio Vigodarzere –quien tuvo la idea de construir el parque–, fue un personaje reconocido de la nobleza veneciana durante la dominación austríaca, masón y muy posiblemente interesado en todo lo relacionado con los misterios templarios.
Por otra parte, algún agudo lector se preguntará por qué gastar tanto dinero, simplemente para crear un lugar cargado de inocentes sugerencias tardorrománticas. Nosotros pensamos que la explicación no es tan sencilla. Recientemente también hemos sabido que el profesor Marco Carburi, docente universitario de química en el siglo XIX, tal vez alquimista y mago, fundó la primera logia masónica paduana dedicada precisamente a los caballeros del Temple.
Para finalizar este trabajo no nos queda más que exhortar a los investigadores y estudiosos a una mayor indagación sobre el curioso parque y las extrañas «gruta» y «capilla de los templarios». Seguramente en algunos archivos municipales podamos encontrar nuevas pistas que arrojen algo de luz sobre las huellas del baphomet en la comarca. Y, por ende, lo que representaba el misterioso ídolo para los templarios.