Última actualización 01/01/2007@00:00:00 GMT+1
Keops, Kefrén y Micerino. Como una muletilla, casi cualquier escolar del mundo es capaz de ponerle nombre a las tres grandes pirámides de la llanura de Giza correspondientes a padre, hijo y nieto respectivamente. Pero las relaciones entre miembros de la IV Dinastía no fueron nada simples. En realidad, las riñas e intrigas palaciegas por conseguir sentar en el trono egipcio al primogénito de cada una de las dos ramas de la familia real, llegaron a límites insospechados…
Cuando Keops construyó su pirámide en la meseta de Giza, muchos kilómetros al norte de donde se encuentran las dos pirámides de su padre, Esnefru, localizadas en Dashur, tuvo un motivo muy concreto: buscar una relación más estrecha con el santuario de Heliópolis, sede del culto a Ra. Se explica entonces que, a los pocos años de subir al trono, decidiera deificarse en vida e identificarse con el dios solar.
Lo poco que se sabe de Khnumkhufui –”El dios Khnum me protege”–, más conocido por su apócope Khufu, pues tal era el nombre egipcio de Keops, ha llevado en ocasiones a reconstruir su reinado con más fantasía que datos. En realidad, esta visión “novelada” de la época fue aceptada por casi todos hasta hace unos pocos años. Fue entonces cuando se comenzó a rechazar la reconstrucción del período realizada por el egiptólogo norteamericano George Reisner. En realidad, había muchos motivos para considerarla como válida. Reisner no sólo fue el responsable de la excavación de numerosas mastabas de las necrópolis reales de Giza, sino que también fue el descubridor de la tumba de Hetepheres, así como el arqueólogo encargado de excavar y estudiar los dos templos y las tres pirámides subsidiarias de la pirámide de Micerino. Además del conocimiento de primera mano de alguno de los principales monumentos del período, se le sumaba su posición como uno de los más reputados egiptólogos de la época. Todo ello bastó para dar validez a la historia de la IV Dinastía tal cual se la imaginó: repleta de intrigas, misterios y asesinatos, resultado de una azarosa lucha por el poder entre dos ramas enfrentadas de la familia real.
En realidad, gran parte de los problemas de interpretación respecto a cómo se desarrolló la sucesión al trono de Egipto tras la muerte de Keops, tienen mucho que ver con lo poco que conocemos de él y de su familia y con lo complejo que es el árbol genealógico real. Repleto de huecos y personajes desconocidos, intentar extraerle un sentido se vuelve en ocasiones una tarea casi imposible. No es de extrañar que según se van añadiendo pequeñas piezas al rompecabezas se queden obsoletas interpretaciones antiguas que en su momento tuvieron su utilidad.
Como todos los reyes egipcios, Keops fue polígamo y se casó con varias mujeres de sangre regia, aunque sólo una recibió el título de gran esposa real, considerándose al resto como esposas menores. Entre todas, dieron al faraón una descendencia de más de una docena de vástagos. Aunque la mayoría fueron mujeres, hubo varios varones que, por tal condición, estaban cualificados para poder ejercer el oficio de faraón. Sin embargo, y dadas las condiciones médicas de la época, lo más seguro es que alguno de ellos falleciera durante la infancia sin alcanzar la edad adulta para estar en condiciones de gobernar. Por ello, lo mejor para las dinastías era disponer de varias posibilidades de sucesión que evitaran la desaparición del regio linaje. Esta solución, sencilla a primera vista, podía volverse en contra del rey si, como sucedía en el antiguo Egipto, no se disponía de una sistema establecido para la sucesión. En realidad, hoy en día todavía desconocemos cuál era el sistema utilizado para seleccionar al heredero al trono. La primogenitura parece la opción más obvia, pero si el heredero fallecía, ¿quién era el sucesor? ¿Se seguía un orden de edad descendente o los herederos de la esposa principal siempre tenían preferencia sobre el resto? ¿Acaso era elección personal del faraón? No resulta sencillo responder a estas cuestiones, pero lo que sabemos nos incita a pensar que la cuestión podía volverse muy compleja si el soberano moría sin haber designado un heredero firme y existían varios hijos –o esposas reales– ambiciosos. Éste parece haber sido el caso de Keops.
Pero, ¿qué sabemos realmente de su descendencia y linaje? El primer matrimonio de Keops tuvo lugar con la reina Meritites I, quien daría a luz al príncipe Kawab, el primogénito del soberano egipcio y, a lo que parece, heredero designado. Después de este primer hijo varón tuvieron otro, el príncipe Hordjedef, quien pasó a la posteridad egipcia como un hombre sabio, autor de un texto sapiencial de reconocido prestigio, aunque parece como si nunca hubiera contado para la sucesión. Keops tuvo una segunda esposa anónima, de quien se ha sugerido sin ninguna base que era de origen libio; de este matrimonio nació otro príncipe heredero, Djedefre. No sería el último, pues sabemos que Keops se casó de nuevo, esta vez con la reina Henutsen. Fruto de esta unión fueron dos hijos varones: Khafre –así era el nombre egipcio de Kefrén– y el príncipe Baufre.
Como vemos, la cosa está bastante confusa. Reisner sólo intentó desembrollarla un poco procurando encajar todas las piezas juntas. El primer dato con el que contaba es que el primogénito Kawab había fallecido antes de tiempo, como demuestra su mastaba de la necrópolis de Giza. El segundo, que Djedefre mandó construir su pirámide en Abu Rowash, a ocho kilómetros al norte de la de su padre, como si no se sintiera cómodo en su compañía. Al sumar estos datos, Reisner comenzó a pensar que había algo extraño en este príncipe.
En realidad, Djedefre era un legítimo heredero al trono, pues llevaba sangre real en sus venas y, por si fuera poco, se casó con la principal hija de Keops, Hetepheres II. Como resulta que ésta era ni más ni menos que la viuda del príncipe Kawab, Reisner ató los cabos como si de un aficionado a la novela policiaca se tratara. Según él, Djedefre no era sino un personaje de bajos instintos dotado de un desmedido afán de poder. Deseando desesperadamente convertirse en el siguiente faraón y viendo que Kawab gozaba de buena salud, decidió asesinar al príncipe heredero. Ésto sin duda lo colocó en la posición deseada; pero para fortalecer aún más su posición, tuvo la osadía de casarse con la viuda de su desdichado hermanastro. ¿Cabía imaginarse mayor perfidia?
Dos detalles permitieron a Reisner suponer que el resto de la familia reaccionó de un modo vengativo ante tamaña injusticia: el primero son los pocos años que Djedefre permaneció en el trono, y el segundo, lo destruida que se encuentra su pirámide. El egiptólogo norteamericano consideró estos hechos como claros indicios de que una nueva intriga palaciega consiguió deshacerse del usurpador antes de que llegara siquiera a completar su pirámide. Finalmente Kefrén fue el nuevo faraón legitimado por ser hijo de Keops y por haberse casado con una de sus muchas hermanastras, Meresankh, nacida de Keops y la reina Meritites II. El trono de las Dos Tierras había regresado a la rama heredera cuyas manos no estaban manchadas de sangre. En una muestra más de su legitimidad y de su respeto filial, Kefrén construyó su pirámide junto a la de su padre, algo que Djedefre no osó intentar.
El caso es que convertido en faraón, Kefrén tuvo un largo gobierno de varias décadas durante el cual construyó la segunda pirámide más grande Egipto. No obstante, como se encuentra situada en un pequeño altozano de Giza, parece más alta que la de su padre sin serlo en realidad. Todavía no sabemos nada sobre cómo tuvo lugar su muerte, pero tras ésta no fue su hijo Micerino quien accedió a trono convirtiéndose en su sucesor, sino su sobrino Baka, ¡el hijo de Djedefre! De nuevo la rama sangrienta tomaba el control de las Dos Tierras. No cabe duda de que algo olía a podrido en el reino de Egipto.
Como digno hijo de su padre, Baka no construyó su pirámide en la necrópolis de Giza, sino que decidió hacerlo en la de Zawiet el-Aryan, situada kilómetros al sur. No obstante, sus malos oficios por dejar de lado al heredero legítimo, el hijo de Kefrén, no le sirvieron de mucho. Su reinado apenas duró un año. Su pirámide lo demuestra, pues no es sino una grandiosa trinchera a medio excavar. A su muerte el trono regresó de nuevo a la rama correcta de la familia real y Micerino, hijo de Kefrén y nieto de Keops, se sentó en el trono egipcio restableciendo su linaje de una vez por todas. La justicia había prevalecido.
La reconstrucción de Reisner no puede ser más interesante, repleta como está de reyes malvados, misteriosos asesinatos y sangrientas ansias de poder. De hecho, si bien se ajusta perfectamente a los datos que se conocían por entonces y a un cierto modo de entender la historia, en realidad es completamente falsa. Hoy día sabemos más cosas que cuando esta reconstrucción de la sucesión de la IV Dinastía vio la luz, y ello nos permite interpretar los acontecimientos desde otro punto de vista, justo el contrario del imaginado por Reisner.
Es cierto que el príncipe heredero Kawab murió antes que su padre; pero no existe ni el menor indicio de que el motivo no fuera otro que las causas naturales. A decir verdad, en un mundo sin antibióticos, un mero rasguño mal curado e infectado podía suponer una septicemia generalizada y una muerte segura, pese a los esfuerzos y magnífico oficio de los médicos de la época faraónica. Además, se da la circunstancia de que Djedefre fue el sucesor legítimo.
Cuando en 1952 se descubrió el barco solar de Keops desmontado en una trinchera al pie de su pirámide, en las losas que lo cubrían aparecía el nombre de Djedefre en numerosas ocasiones, lo que demuestra que éste fue el encargado de llevar a cabo los funerales de su padre y, al hacerlo, se convertía ipso facto en el heredero legal según la costumbre egipcia. Kefrén no hubiera tenido nada que decir al respecto. Por otra parte, ahora sabemos que Djedefre reinó más de veinte años, de modo que su supuesta muerte a manos de los herederos legítimos también queda en nada. Igual que la construcción de la nueva pirámide en Abu Rowash. Las excavaciones que se siguen desarrollando en el monumento han demostrado que fue terminada por completo. No se trata de la huida de un usurpador, sino de la respetuosa separación de un hijo decidido a dejar aislado en su gloria a su progenitor.
En realidad, la destrucción de la tumba de Djedefre se produjo en época romana y musulmana, cuando fue utilizada como cantera por los ladrones de piedra. Para ellos resultaba mucho más cómodo, sencillo y barato llevarse carretadas de bloques de caliza de la pirámide que extraerlos de una cantera. A finales del siglo XIX, el británico W. M. F. Petrie comenta en sus escritos que de este complejo funerario salían cada día cien camellos cargados de sillares. No es de extrañar que hoy día sólo quede un amasijo de restos de escasa altura.
Entonces, si Djedefre era el legítimo heredero, ¿quién es el malo de la película, Kefrén? Si contemplamos esta hipótesis las cosas nos seguirán encajando, porque lo cierto es que no fue el hijo de Djedefre quien subió al trono tras la muerte de su padre, sino su tío Kefrén. ¿Se debió a la minoría de edad de Baka o sencillamente a las ansias de poder de Kefrén? No podemos saberlo, pero que éste decidiera construir su pirámide junto a la de su padre y, de este modo, conseguir la legitimidad que le proporcionaba el monumento, es un punto importante en favor de esta interpretación.
Insistiendo en lo dicho anteriormente, de lo que no cabe duda es que algo raro estaba pasando en Egipto por entonces, ya que cuando Kefrén falleció no fue sucedido por su hijo, sino el ¡hijo de Djedefre! Digno descendiente de su padre, Baka tampoco quiso enterrarse en la necrópolis de Giza, tanto por respeto a su abuelo como para desmarcarse de la política de Kefrén.
En realidad, sea cual sea el punto de vista que se adopte, lo cierto es que parece innegable que hubo algunos e importantes problemas sucesorios, los cuales no sabemos muy bien cómo interpretar. De hecho, cuando Baka murió sin descendencia fue sucedido por su primo Micerino; otro salto de rama dinástica. El nuevo monarca no sólo se mantuvo fiel a la política de la facción de su familia construyendo su complejo funerario en Giza, sino que también supo mostrarse respetuoso con la memoria de sus antecesores correspondientes a la otra rama de la familia. ¿Cómo podemos saberlo? Pues gracias a un fragmento de estatua donde aparece su nombre y que fue encontrado en Abu Rowash. Sólo un faraón que no actuara con ansias de revancha y que fuera conciliador podía haber erigido una estatua así. Pero, ¿qué interpretación tiene este detalle? ¿Acaso los egiptólogos e historiadores hemos inventado toda la lucha por el poder? ¿Decidió Micerino dar carpetazo a las rencillas familiares? Innumerables preguntas cuyas respuestas siguen siendo verdaderos e intrigantes enigmas. Quizá un pequeño detalle pasado por alto, o un nuevo y futuro descubrimiento, nos permitan aclarar toda la realidad de lo sucedido durante la IV Dinastía, uno de los periodos más grandiosos del país del Nilo.