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Hemeroteca :: Edición del 01/02/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/02/2007@00:00:00 GMT+1
Herman Rauschning, jefe nazi de la región de Danzig e íntimo de Hitler, narra en su libro Hitler me dijo cómo el líder del III Reich le confesó en una ocasión que el Todopoderoso lo había enviado a la Tierra para cumplir la misión de liberar a la Humanidad. Rauschning dejó escrito que una persona próxima al führer le había asegurado que éste se despertaba habitualmente por las noches lanzando gritos convulsivos y pidiendo socorro. «Esta misma fuente –escribe el jefe nazi del Danzig– me contó una de estas crisis (...). Hitler estaba de pie en su habitación, tambaleándose y mirando a su alrededor con aire extraviado. ‘¡Es él! ¡Es él! ¡Ha venido aquí!’, gemía. Entonces le dieron masajes y le hicieron beber algo. Pero, de pronto, rugió: ‘¡Allí! ¡Allí! ¡En el rincón! ¡Está allí!’. Daba patadas en el suelo y chillaba. Le tranquilizaron, diciéndole que nada ocurría de extraordinario, y se fue calmando poco a poco».
Tiempo atrás, en plena adolescencia, su mejor amigo, August Kubizek, recuerda que después de ver una representación teatral y cuando ambos paseaban en plena noche, el futuro führer entró en un estado de éxtasis y ocurrió lo siguiente: «En imágenes geniales, arrebatadoras, desarrolló ante mí su futuro y el de su pueblo. Hablaba de una misión que recibiría un día del pueblo para liberarlo de su servidumbre y llevarlo hasta las alturas de la libertad». No es ningún secreto: el responsable de la muerte de millones de inocentes se sentía un elegido, un «mesías». Las palabras que pronunció ante la periodista de la revista The New Yorker Janet Flanner abundan en esto mismo. Hitler le dijo a la informadora que en plena I Guerra Mundial, cuando se encontraba luchando en una trinchera, repentinamente escuchó en su cabeza una voz clara que le decía: «¡Levántate y vete de aquí!» Así lo hizo y, acto seguido, siempre según las palabras del dictador, un obús cayó justo en el lugar en el que se encontraba sentado anteriormente. Esta fe inquebrantable en el especial destino que le tenía preparado la providencia también puede explicar su obsesión por el ocultismo, el paganismo y el misticismo ariosofista.

Ocultismo y paganismo

Los primeros escarceos de Hitler con la religión datan de su niñez. Estudió en un colegio de la localidad de Lambach, el cual se encontraba al lado de un monasterio benedictino. En sus paredes, Hitler contempló, seguramente, por primera vez, el símbolo que desgraciadamente popularizaría décadas después: la esvástica. Había sido grabada en los muros del monasterio tras los viajes de uno de los monjes, Theodorich Hagen, que llegó hasta diversos países orientales –de donde procede el milenario símbolo–, como Irán, en busca de conocimientos ocultistas y astrológicos.

De todos modos, parece que una de las personas que influyó en Hitler para que adoptara la esvástica como «marca» de su movimiento fue el astrólogo y esoterista Louis C. Hausser, quien antes de fallecer confesó que él había sido el percusor del pensamiento nacionalsocialista. Hitler nunca lo negó. Durante la época que malvivió en Viena en la más completa indigencia, durmiendo en parques públicos, hogares para mendigos o pensiones de mala muerte, Hitler solía matar el tiempo en bibliotecas, leyendo todo tipo de libros sobre pangermanismo, mitología u ocultismo. Se sabe que era ávido consumidor de una publicación de corte esotérico y racista llamada Ostara, cuyo emblema era una cruz gamada. Su director, Jörg Lanz, recibió un día la visita de un muchacho desarrapado, a quien le regaló varios números atrasados. Ese joven, según el biógrafo de Lanz, Wilfried Daim, no era otro que Adolf Hitler. Algunos autores opinan que también se relacionó en la capital austriaca con Guido von List, escritor ocultista y uno de los líderes del movimiento pangermanista. En sus rituales, List sustituía la cruz cristiana por la esvástica.

Johannes Stein, que aseguró ser uno de los amigos de la etapa vienesa del futuro líder nazi, aseguró que él y Hitler entraron en contacto con un librero llamado Ernst Prezsche, que estudiaba todo lo relacionado con la alquimia y el ocultismo. Prezsche inició a ambos jóvenes en el mundo de las «drogas sagradas». Mediante la ingesta de peyote, los dos amigos intentaron hallar sus anteriores reencarnaciones. Al parecer, Hitler, en esas visiones alucinatorias, se vio a sí mismo como Landuf II de Capua, señor en el siglo IX de un vasto territorio que abarcaba desde Calabria a Nápoles, y considerado uno de los personajes más terribles del cristianismo.

La mente del dictador

En 1943, Walter Langer, psicólogo de la OSS –agencia de inteligencia estadounidense precursora de la CIA–, llevó a cabo por orden de sus superiores un análisis exhaustivo sobre las creencias y carácter de Hitler. El dossier final, de 255 folios, supuso una «guía» para los líderes políticos y militares aliados a la hora de adelantarse a las estrategias del führer. Langer y su equipo estudiaron grabaciones, libros, discursos y entrevistas a Hitler y a otros importantes jerarcas nacionalsocialistas. También pudieron acceder a las declaraciones secretas de desertores que habían estado muy cerca del líder nazi.

Una de las conclusiones más llamativas del citado informe se refiere a los orígenes del irracional odio de Hitler hacia los judíos. Según el equipo de psicólogos, todo comenzó cuando Klara, la madre de Hitler, sintió un fuerte dolor en el pecho. Un médico judío, el doctor Edward Koch –conocido como «el médico de los pobres», porque atendía a las personas más desfavorecidas sin recibir nada a cambio–, descubrió que Klara tenía un cáncer de mama muy avanzado. Así se lo hizo saber al entonces jovencísimo Hitler, quien sentía una indescriptible pasión por su madre. Al parecer, estuvo llorando desconsoladamente durante días. Koch tomó la decisión de amputar, pero la enfermedad no remitió. Entonces quemó un último y desesperado cartucho y le suministró a Klara un tratamiento de gas con yodoformo, sin ocultar en ningún momento el riesgo de envenenamiento que tan agresivo tratamiento acarreaba. Esto no sólo no curó a la madre de Hitler, sino que aceleró su muerte. ¿Pudo este hecho ser el origen de las cámaras de gas y el Holocausto judío?
Se puede estar más o menos de acuerdo con Langer y los suyos, pero no cabe duda de que se acercaron bastante a la mente del líder nazi, porque varios años antes de su muerte, este psicólogo de la OSS escribió: «Hitler seguramente se suicidará. Esta es la salida más plausible de todas. No sólo porque lo ha intentado en más ocasiones, sino porque encaja perfectamente en el perfil psicológico que hemos analizado (...). Pero no será un simple suicidio, Hitler es demasiado teatral como para pasar a la inmortalidad de una manera sencilla».

Otro de los puntos fundamentales del informe de la OSS para comprender la intrincada psicología de Hitler se refiere a sus relaciones con las mujeres. Todas terminaron mal o de forma violenta. En su época de soldado mantuvo un romance con una enfermera, cuyo esposo despechado, un capitán de infantería, la asesinó de un disparo. Más tarde intimó con una joven bávara que intentó suicidarse para acabar de una vez por todas con los terribles sufrimientos que Hitler le provocaba.

A mediados de los años 30 se relacionó con una conocida actriz, Renate Mueller, que se suicidó tirándose desde la ventana de su apartamento. Otras fuentes aluden a que el dictador la mandó matar, al descubrir que mantenía un affaire con un joven judío. Su siguiente conquista, Unity Mitford, cuñada del fundador del Partido Nazi británico, se disparó en la boca y vegetó durante nueve años con la bala alojada en el cerebro.

Angelika Raubal, hija de un medio hermano de Hitler, también se suicidó porque no podía aguantar más la obsesión que su tío sentía por ella. Sobre su amante oficial, Eva Braun, es de sobra conocido cómo terminó sus días. Para Walter Langer, en sus relaciones con los demás, incluidas sus conquistas, Hitler buscaba placer provocando sufrimiento. En el citado informe de la OSS se afirma que era probable que padeciera cierta impotencia y que, además, sufriese alguna forma muy extrema de sadomasoquismo.
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