Última actualización 01/02/2007@00:00:00 GMT+1
Los arqueólogos que trabajan en la selva arriesgan su vida por alcanzar un sueño, conscientes de la cantidad ingente de ciudades perdidas y restos arqueológicos que aún quedan por descubrir. Nuestro entrevistado, Quirino Olivera –uno de los más importantes del mundo en activo– parece haber alcanzado el suyo…
Cinco y media de la tarde. La bruma cubre la ciudad de Lima, pero esto no es nada nuevo. Es así desde hace cientos de años. Aquí, en el Hotel Bolívar el cóndor pasa convertido en suaves notas musicales. Es un sitio único, vestido de un sabor colonial que rezuma nostalgia por sus largos pasillos. Sus casi seiscientas habitaciones están vacías. Las glorias de pasado quedaron ahí, y ahora sólo los viajeros se acercan a él como parte del circuito turístico para fotografiar su deliciosa decadencia. Pero nadie se queda. El centro de Lima es una amalgama de culturas sorprendente, de personas en la que se entremezclan ancianas con vistosos vestidos andinos, borrachos, chicos que venden sus cuerpos y algún turista despistado. Pero que duda cabe que tiene encanto; mucho.
Es aquí, nuestro cuartel general en este viaje por el país de los Andes donde nos citamos con Quirino Olivera, uno de los arqueólogos más importantes del mundo. En sus manos está la gestión del tesoro del Señor de Sipán, el ajuar funerario más importante de los hallados en el siglo XX, capaz de competir con las fastuosas piezas descubiertas por Howard Carter en el Valle de los Reyes egipcio, dentro de la tumba de Tutankamón. Hombre inquieto, capaz de transmitir la pasión del que ama su profesión, nos revela una importante sorpresa: acaba de descubrir la última de las ciudades perdidas del Amazonas, en un sector prácticamente inaccesible, en las entrañas de una de las montañas sagradas de los nativos, donde ni tan siquiera estos se atreven a penetrar. Pero él lo ha hecho, y ahora nos lo cuenta en exclusiva para ENIGMAS.
¿Quién es Quirino Olivera?
Un apasionado de la Amazonía. Un soñador ávido por descubrir cosas que expliquen la importancia de ésta y de sus yacimientos milenarios. Actualmente dedico mi tiempo al mantenimiento y organización del tesoro del Señor de Sipán –ver cuadro–, pero mi vida y mi alma completa están en la selva.
¿Cómo nace en ti esa pasión tan palpable por la arqueología?
Gran parte de mi infancia la viví en zona de selva. Conviví mucho tiempo con comunidades nativas y vi cómo resolvían sus problemas de salud. Aprendí de su sinceridad, y pude comprobar que enfermedades que en la civilización no parecían tener cura, ellos las superaban con la ayuda de plantas sagradas, o bien gracias a sus chamanes. Era un conocimiento milenario, pasado de padres a hijos, que me apasionó y que no se podía perder. Así inicié mis estudios, y una cosa me llevó a otra, pero siempre con el objetivo de preservar una cultura que de no evitar las intromisiones que se están llevando a cabo en la actualidad podría acabar desapareciendo.
Es decir, que la magia juega un papel importantísimo en todo esto…
Creo que los arqueólogos tenemos que darnos cuenta de que no podemos dar la espalda a investigar el pasado y descuidar la riqueza de la cultura espiritual. Si no somos capaces de ver cómo pensaban aquellas personas, de comprender el significado de su cosmovisión, de aprender de su magia, estaríamos haciendo una arqueología fraccionada, observando la evidencia desde nuestro punto de vista o mirando una piedra que confeccionaron con un simbolismo diferente. Por ello creo que el significado, la simbología, la parte ritual y mágica de los hombres, tendríamos que incorporarla a la investigación definitivamente para poder tener un desarrollo más científico, más cercano y más productivo para la arqueología en Perú.
Cuando se busca y no se encuentra, ¿cómo se supera la frustración?
Cuando ponemos en marcha un proyecto, el arqueólogo siempre busca que la arqueología sirva para las generaciones actuales. En ese sentido, cuando se investiga un sitio hay que verlo de manera general y ello lleva implícito involucrar a la comunidad local, para darle la oportunidad de conocer su pasado. Si los propios indígenas no participan, no descubren las piezas, los ajuares funerarios, las ruinas en suma, entonces no tenemos ninguna posibilidad de éxito y esa es la frustración. Pero en la actualidad los conceptos están cambiando. Las ansias de encontrar una gran ciudad, o una fastuosa tumba ya han pasado. Ahora estamos intentando hacer una investigación más útil para la sociedad.
Howard Carter, cuando observó por vez primera el interior de la tumba de Tutankamón afirmó estar viendo “cosas maravillosas”. Cuando has hecho un importante descubrimiento, como el que abordaremos más adelante, ¿qué se te ha pasado por la cabeza?
Interrogantes y mucha nostalgia. La primera vez que descubrí algo, siendo estudiante, fue un fogón con casi tres mil años de antigüedad. En un contexto formativo había pequeñas piezas, incluso granos de maíz; para mí fue una ilusión tremenda. Lo primero que atraviesa la mente en esos instantes es “hacia dónde va esto, con qué está vinculado”. El enigma está ante nuestros ojos, y es que una sola respuesta acarrea detrás mil preguntas.
Imagino que el trabajo de arqueología en la selva tiene también su parte de peligro…
La arqueología en la selva es totalmente diferente en la logística y en la intervención de los sitios. Por ejemplo, cada vez que accedemos a muchos de estos enclaves, es importantísimo proveerse de antiofídico, un suero que te puede salvar la vida si te muerde la serpiente susupe. No en vano si te ataca no vives más de dos horas. Su peligro es tan extremo que cuando un indígena es mordido por ésta, inmediatamente se empiezan a oír los tambores tocando a muerto pues saben que está condenado. Luego tienes especies de insectos que ni tan siquiera se conocen, y si te pican únicamente los chamanes empleando determinado tipo de plantas, y el supuesto poder de su magia pueden evitar un desgraciado desenlace. Es un mundo aparte con sus leyes propias, y o te adaptas, o puedes sufrir las consecuencias.
Hablemos de tu último descubrimiento. ¿Dónde ha sido?
Estamos haciendo referencia al corredor que vincula el alto Amazonas con el río Marañón, en los Andes centrales. Hablamos, por ejemplo, de pinturas rupestres que podrían remontarse seis mil años antes de Cristo, y que nos enseñan cómo podía ser la vida de estas gentes, sus ritos, etc, siendo conscientes de que se trata de enclaves sagrados en los que está prohibido entrar. En las localidades cercanas al cerro del Cuaco los habitantes de las comunidades nos advirtieron del peligro de internarse en esta selva y llegar hasta una montaña sagrada en la que únicamente a los chamanes les está permitido entrar a fin de realizar su iniciación. Nosotros accedimos al lugar después de hacer un paracu –ritual de veneración a la madre tierra, la Pachamama–, y hemos encontrado hasta seis paneles con pinturas rupestres superpuestas, de diferentes épocas con colores inimaginables. Estamos intentando ahora ordenar todo ese material para protegerlo y convertir a esta zona en el futuro en un gran centro de observación de pinturas rupestres.
¿Qué hay representado?
Escenas de pesca, comadrejas, sachavacas, conjuntos de danzas rituales… Pero lo que sorprende es ver la presencia de dos tipos de personajes: unos muy altos y estilizados, y otros más rollizos.
¿Quiénes son? No lo sabemos pero lo cierto es que su importancia, dadas las representaciones, hubo de ser mucha.
¿Tienen estas pinturas alguna función mágica?
Sí. No en vano como hemos dicho están en el corazón de una montaña sagrada. Los hombres que lo hicieron utilizaron esta plataforma en la roca y luego borraron los caminos y convirtieron al lugar en un punto inaccesible. Aquel que las crea es el chamán, el intermediario entre los dioses de los Andes, los apus y la comunidad, y ubica sus creaciones en un enclave especial como es éste. Es el mensajero. Gran parte de este simbolismo está representado en los más mínimos detalles: figuras, caminos, senderos, escenas de caza… y todos están vestidos de un importante componente mágico. Digamos que fueron consagrados por el hombre que las hizo.
Evidentemente esta gente que a lo largo de los siglos plasmó tales escenas debía de habitar en algún lugar. ¿Tenéis constancia de que en las inmediaciones exista una ciudad perdida?
Yo estoy seguro de que la gente que plasmó estas representaciones, incluso hasta la época inca, tenían sus sitios de vivienda en las cercanías de estas montañas sagradas. Los espacios de la tierra fueron claramente cuidados de acuerdo a la función que cumplían cada uno de ellos. Su respeto por la Pachamama les hacía alejarse y no profanar los centros de poder, por ello los lugares que habitaron sin duda se hallan en otro sitio, del que están saliendo claras evidencias, muros ciclópeos, por ejemplo.
¿Es éste uno de los descubrimientos más importantes de tu vida?
Sin duda. Es uno de los hallazgos más importantes en este tema. Me ha ocurrido que cuando nos hemos reunido diferentes arqueólogos, algunos de los más importantes del mundo como Walter Alva, descubridor de la tumba del Señor de Sipán, o Cristóbal Zapata, especializado en los yacimientos de la selva, han quedado asombrados antes las fotografías que les he mostrado. Ni siquiera sabían que esto existía. Gracias a ellos y a su experiencia estamos avanzando en el conocimiento de este asunto.
Lorenzo Fernández Bueno