Última actualización 01/01/2006@00:00:00 GMT+1
Las sombrías predicciones sobre la gripe aviaria han animado el mercado del miedo. Los gobiernos compraron millones de tratamientos del único antiviral que se ha mostrado eficaz contra el virus en pruebas in vitro. Pero eso no implica que lo sea en vivo y menos contra la amenaza real de una pandemia humana, causada por una mutación y una cepa fácilmente transmisible de persona a persona. Este antiviral tampoco inmuniza. En el escenario más optimista sólo tendría un efecto paliativo aplicado en las primeras horas de la enfermedad, pero su administración masiva haría que el virus se volviese rápidamente resistente a dicho fármaco.
Mientras algunos laboratorios aumentaron sus ventas en un 279% gracias a estos encargos, los políticos curaban en salud su imagen «haciendo todo lo que estaba a su alcance» con insuperable rapidez de reflejos. Los centros de investigación reclamaron de inmediato una parte de esta generosa financiación pública a la industria farmacéutica, recordando que a ellos les compete la tarea fundamental: estudiar el virus para desarrollar una vacuna. Es cierto que tampoco será posible desarrollar ninguna hasta que no aparezca la temida variedad mutante. Pero el que no llora no mama. Entre tanto refuerzan su propio marketing de imagen y hasta hicieron una demostración de su producto-estrella, publicando en Internet la secuencia completa del genoma del virus de la gripe de 1918. Los extremistas de todas las ideologías están sinceramente agradecidos con este gesto, que les ahorra mucho tiempo y esfuerzos. Ahora ya cuentan en la Red con un plano detallado de un virus temible.
Aquel patógeno de la gripe de 1918 mató entre 20 y 100 millones de humanos. El que se da por inminente ahora nadie sabe a cuántos matará. Las estimaciones que se han hecho públicas varían entre los 7,5 y 75 millones, avanzados por distintos portavoces de la OMS y la ONU, y los 180 a 360 millones calculados por los epidemiólogos consultados por National Geographic. En realidad nadie sabe nada. Lo único seguro es que pronto habrá una pandemia de gripe mortífera, como sucedió en 1918 y, con menor virulencia, en 1957 y en 1968. Hubo tres en el siglo XX y ya llevamos 40 años desde la última, por lo cual sería extraño que la próxima no apareciese en muy poco tiempo.
Si el virus de la gripe aviaria –que mata humanos desde los 90– ha encendido ahora las alarmas es porque en el caso de las dos últimas pandemias se piensa que la causa fue una recombinación de un virus aviario con el de la gripe común. Hasta ahora este agente infeccioso no ha encontrado la forma de mutar y adaptarse al huésped humano. Sin embargo, es posible que la investigación científica le allane el camino. En este momento investigadores de EE UU y de Holanda se dedican a recombinar en laboratorio el virus de la gripe aviaria con el de la gripe humana para observar el grado de virulencia que podrían alcanzar los eventuales mutantes.
Imprudencia temeraria
El problema es que nadie sensato puede excluir una fuga al medio como resultado de un accidente. En esta hipótesis tendríamos una pandemia creada en laboratorio por los propios científicos. Para colmo, la utilidad de estas recombinaciones no puede justificarse como medida preventiva ni terapéutica. Hace ya dos décadas que el científico Carl Sagan advirtió que este tipo de excesos biotecnológicos podía acabar en una filtración al medio de un microorganismo que causara una pandemia con decenas de millones de muertos. ¿Por qué se asume un riesgo tan alto entonces? Hasta ahora nadie ha dado ninguna razón válida.
Sin duda, las perspectivas son malas y la conducta humana las empeora. Todos se afanan para no perder esta oportunidad de negocio. La tele nos muestra los laboratorios modernos con primeros planos del diseño futurista de sus equipamientos más avanzados, o afirma en publirreportajes gratuitos, y con el respaldo gubernamental, que las granjas de España y Europa son seguras y que la calidad de los pollos está garantizada. El mensaje del miedo (la OMS a escala planetaria) estimula el mercado de los laboratorios y el de la tranquilidad (la UE a escala regional y los gobiernos asociados a nivel nacional) el de la industria avícola.
En estos casos, la primera víctima suele ser la verdad. Entre las informaciones «defectuosas», medias verdades y ocultamientos detectados en las declaraciones de políticos, autoridades sanitarias, científicos y comunicadores, destacan algunas muy significativas.
Le aseguran que aún no se ha producido ningún contagio entre personas. Sin embargo, hay evidencias de que así ha ocurrido al menos en cuatro casos vietnamitas (un enfermero, un médico, un campesino probablemente contagiado por sus hermanas y un comerciante a quien su hermano pudo transmitir la enfermedad); en uno tailandés (de una niña enferma a su madre y tía que la cuidaban); y en un niño chino contagiado por su padre. Lo que no hubo fue «confirmación» oficial de esta vía de transmisión «por falta de información».
Cuando no existe voluntad de asumir una realidad siempre se recurre a este tipo de tácticas. La casuística incómoda se neutraliza evitando mencionarla. No importa si un medio la publica, porque lo que no se mantiene en el clima informativo es olvidado en pocos días por el destinatario de los mensajes, sometido a todas horas a una sobresaturación de comunicaciones concertadas para convencerlo de todo lo contrario. Al final, sólo se fijan en la conciencia colectiva los mensajes con que se bombardea a los destinatarios hasta el hartazgo, con el objetivo estratégico de fabricar una opinión «a la carta». Este modus operandi permite garantizar la imposición del pensamiento único a la sociedad –la verdad oficial–, manteniendo una ilusión de «libertad de información», tan inocua como exclusivamente formal. Estamos ante el mecanismo de censura más perfecto de la historia.
Sobre estas bases, la autoridad sanitaria puede sostener sin matices que el virus «no se transmite de persona a persona» y si usted le apura, cerrará la cuestión con un «no hay pruebas científicas».
Le han dicho que una vez aparecido el patógeno mutante la industria tardará pocos meses en desarrollar una vacuna. Pero no es verdad. Los científicos no saben cuánto les llevará este desarrollo, ¡si es que lo consiguen! (porque no es seguro). A esto debe sumarse la enorme capacidad de mutación del virus, que restaría eficacia a la vacuna y obligaría a desarrollar una nueva cada año. Si fuese tan fácil obtenerla, ¿por qué no se ha pasado hasta ahora de simples intentos experimentales cuando se dispone de afectados humanos desde 1997?
Aunque siempre se menciona el virus H5N1, esta denominación de uno de los subtipos del virus (al menos se han identificado 15) encubre numerosas cepas, lo que complica el desarrollo de vacunas y tratamientos eficaces.
Otra enorme dificultad añadida para desarrollar una prevención eficaz es que el virus aviario contagiado a humanos arroja falsos negativos en los análisis de laboratorio y parece hábil en «esconderse». Esto supone no detectar a muchas personas infectadas y dejar sin control a enfermos portadores del virus que se podrían convertirse en focos de contagio entre la población.
Se ha afirmado que para mutar, dando lugar a una variedad transmisible de persona a persona, el virus de la gripe aviaria debe coincidir con el de la gripe humana y combinarse con éste en un organismo infectado por los dos microbios. Pero es falso. El patógeno podría mutar a una variante contagiosa entre humanos sin necesidad de combinarse con ningún otro. El estudio genético de la gripe de 1918 indica que mutó saltando de las aves al hombre sin ayuda de ninguna cepa humana existente. Además, las vías de recombinación genética entre microbios son muy variadas y se han multiplicado gracias a la biotecnología (ver recuadro El riesgo tecnológico).
Los expertos han afirmado que hoy existe mayor seguridad por los medios sanitarios disponibles, olvidando los factores que agravan nuestra situación respecto al pasado: concentración de la población en grandes urbes, mucha mayor movilidad de personas y mercancías, aparición en los últimos años de graves infecciones con altos índices de mortalidad para las que no existe cura ni vacuna, etc.
Aunque las autoridades afirmen que el virus no se contagia por comer carne de ave o huevos, esta posibilidad no puede excluirse, como reconoció la Agencia Europea para la Seguridad Alimentaria, aunque debió luego rebajar mucho su declaración debido a la presión del sector avícola. En Asia hay personas que enfermaron después de comer pollos infectados.
Las culpables oficiales del mal son las aves migratorias, aunque virólogos como Yi Guan, de la Universidad de Hong Kong, se muestran escépticos y creen que esta idea ha calado fácilmente «porque permite a los gobiernos eludir su responsabilidad». Guan piensa que el virus mata demasiado rápidamente como para ser transportado por las aves migratorias a distintos puntos del planeta y está convencido de que lo difundieron las aves domésticas vivas en situación de hacinamiento. Importa advertir que las nuevas cepas del H5N1 que están asolando Asia desde hace años no se detectaron antes entre las aves salvajes. No obstante, las aves silvestres son un culpable muy satisfactorio por varias razones: aportan un chivo expiatorio al que se puede masacrar como exorcismo –ya se hizo con los perros, falsamente acusados al comienzo del síndrome del aceite tóxico en Madrid y «cazados» durante algunos días de 1981– y dejan intacta la imagen de los productos avícolas.
Pero incluso aceptando que las aves salvajes fuesen el origen y que Yi Guan esté equivocado, hay algunas preguntas elementales: ¿por qué este virus supuestamente transmitido por las aves salvajes saltó la barrera de la especie y emerge ahora como una amenaza mortífera contra los seres humanos? ¿Por qué la pandemia se extiende con rapidez entre las aves domésticas? ¿Por qué son estas últimas las que han contagiado a las personas y no las supuestas transmisoras del virus? La respuesta se calla porque derriba esa falsa imagen de asepsia y garantía sanitaria de las modernas instalaciones avícolas que le muestran por TV. La causa de esta amenaza de pandemia humana –como la de otras muchas– son las condiciones de hacinamiento en que se crían las aves domésticas de las granjas avícolas. Muchos microorganismos inofensivos devienen patógenos sólo cuando encuentran un medio propicio para prosperar a gran escala y entrar en contacto con nuevos huéspedes potenciales.
El mecanismo activado por esta fórmula perversa de producción intensiva es sencillo. La alta concentración facilita la transmisión entre las aves afectadas, a través de las heces, el alimento, el agua y el aire. El virus muta en dicho medio y de éstas salta a nuevas especies hacinadas (cerdos y otros mamíferos estabulados en producción intensiva) y a los humanos que están en contacto con ellas. La mutación final produce la cepa transmisible entre personas y provoca la pandemia.
Como medida de control eficaz, los medios le informan sobre la premura con que se exterminan poblaciones enteras de pollos cuando se detecta el virus en algunos de ellos. Ya se han sacrificado más de cien millones de aves. Pero nadie quiere ni oír hablar de atacar la causa real del problema ni de cambiar el modelo de producción cárnica. Las aves de las granjas son seguras por decreto y cuando se infectan se suprimen en masa las poblaciones y los campos de concentración avícola se instalan en otro sitio hasta la próxima emergencia sanitaria.
¿No se atajó así el mal de las vacas locas? La verdad es que no se atajó nada y que, como en este caso, el modelo de producción –hacinamiento, alimentación con piensos fabricados con organismos que no forman parte de la dieta natural de unos y otros animales, administración de antibióticos y hormonas, etc.– sigue intacto, preparando el próximo episodio epidémico. Pero la ventaja de la Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB) es que tiene muy larga incubación y sólo se detecta tras la muerte si hay autopsia del afectado, por lo que las estadísticas pueden mantener índices bajísimos de morbilidad durante décadas, incluso si hay un goteo incesante de muertes.
Esta política de enmascaramiento se repite sistemáticamente con algunas enfermedades para «quitarle hierro» a la situación y adormecer la conciencia social. Por ejemplo, se emplea a fondo con el SIDA para «no traumatizar la sexualidad» y evitar el rechazo social de las conductas promiscuas.
A los millones de infectados y muertos oficiales –que no son pocos precisamente–, usted debe sumar las víctimas oficiosas o encubiertas bajo otros epígrafes de la estadística si quiere hacerse una idea del impacto real de este otro patógeno. Al deprimir el sistema inmune, el portador del retrovirus que causa la enfermedad contrae diversas infecciones oportunistas graves, por ejemplo la tuberculosis. El tratamiento con fármacos cada vez más potentes de estas tuberculosis genera cepas resistentes del bacilo. Y la mala noticia es que la tuberculosis «se contagia por el aire, no por la sangre», como advirtió en 1986 el doctor Luc Montagnier, descubridor del retrovirus.
En muchos países donde la tuberculosis se consideraba erradicada hace décadas ha rebrotado con fuerza y mayor agresividad, adquiriendo dimensiones epidémicas como consecuencia de que está causada por cepas muy resistentes al tratamiento, provenientes en buena medida de unos enfermos de SIDA convertidos en auténticas incubadoras ambulantes de agentes infecciosos, aunque resulte «políticamente incorrecto» decirlo.
Los contagiados por éstos que no son portadores del virus mueren en masa en el tercer mundo y en menor número en el primero, pero no figuran entre las víctimas del SIDA, aunque éste haya sido y sea el foco principal. Otro tanto puede decirse de todas las infecciones oportunistas producidas por el SIDA, que no se transmiten por la sangre y los fluidos corporales como éste, sino por sus vías naturales de contagio.
En cualquier caso, el virus de la gripe aviaria no se contrae por los priones anómalos presentes en el sistema nervioso del animal enfermo que se ingiere, como la EEB, sino por el aire, como la tuberculosis resistente derivada del SIDA. Cuando se exterminan las poblaciones de aves domésticas, los patógenos que causan la enfermedad ya pasaron al medio (suelo, agua y atmósfera). Allí pueden sobrevivir bastante tiempo e infectar ropas, equipos, vehículos, piensos y jaulas. Y seguramente volverán a manifestarse, cada vez más resistentes y mortíferos, recombinados con otros microorganismos patógenos para preparar nuestra próxima pesadilla. Esto es inevitable, puesto que no se eliminan las causas reales que generan la infección.
Las «gripes» que vienen
En 1999, Scott Rogers, científico de la Universidad Estatal de Bowling Green en Ohio (EE UU), descubrió un virus en 17 secciones de núcleos helados, en dos áreas de Groenlandia. Al descongelarlo en laboratorio vio que había sobrevivido durante 140.000 años atrapado en los hielos. No es el único caso de microorganismo capaz de hibernar y sobrevivir largo tiempo en condiciones extremas. El propio Rogers identificó otros muchos en muestras de hielo del Ártico, la Antártida y Siberia. Y ésta sólo es la punta visible del gran iceberg microbiano. En la última década los biólogos han descubierto hongos, virus, bacterias, algas y levaduras hibernando hasta en una profundidad de 4 km de hielo.
Allí esperan condiciones propicias que vuelvan a activarlos. La mala noticia es que el calentamiento del planeta –cada nuevo año supone una nueva plusmarca térmica y el 2005 no es una excepción, según anunció este mes la NASA– los volverá a poner en circulación. Como la resistencia del sistema inmune a los microbios patógenos se pierde después de dos generaciones de no exposición, la humanidad se encontrará inerme, no sólo ante esas plagas del pasado, que rebrotarán cada vez más numerosas, sino también frente a sus combinaciones con otros patógenos que producen epidemias actualmente, como el virus de la gripe humana.
Muchos científicos afirman que ya tienen suficientes quebraderos de cabeza con los microbios actuales como para preocuparse por la amenaza que representan estos hibernantes para el futuro. Pero algunos, como el citado Scott Rogers, o su colega Dany Shohan, de la Universidad Bar-llan de Israel, consideran que hay motivos racionales para temer esta amenaza. Entre otras razones, porque existe una probabilidad de que aparezca un nuevo supervirus de la gripe por combinación de cepas antiguas y modernas y empecemos a caer como moscas fumigadas. En realidad, podemos considerar que el efecto más temible del cambio climático en curso es su impacto sobre la salud.
Para formarnos un cuadro de la situación actual y del futuro que nos espera resumimos a continuación algunos hechos documentados que permitirán al lector hacerse una idea de los riesgos sanitarios que le acechan.
En las últimas décadas han aparecido centenares de enfermedades nuevas para muchas de las cuales no existe tratamiento, cura o vacuna, ni la posibilidad de control. Entre éstas destacan algunas muy graves: fiebres hemorrágicas como el Ebola (77% de mortalidad), víricas como el síndrome del hantavirus pulmonar (50% de mortalidad en EE UU), numerosas neumonías atípicas como el SARS o la producida por la legionella pneumoniae, hepatitis C (cáncer de hígado y trastornos hepáticos), nuevas cepas de cólera epidémico, nuevo virus de la viruela del mono (mortal en humanos).
Otras enfermedades infecciosas conocidas se han extendido a nuevas áreas geográficas (el cólera a América del Sur, la fiebre amarilla a Kenya, etc). El cambio climático, el turismo y el comercio favorecen la extensión a zonas del planeta en las cuales eran desconocidas.
La resistencia a los antibióticos de muchos patógenos ha aumentado enormemente y convierte en muy graves enfermedades que hasta ahora se combatían con éxito. Entre los más resistentes figuran el enterococo (infecciones de tejidos blandos y aparato urinario, endocarditis); estafilococo (infecciones de piel, osteomielitis, envenamiento de alimentos y otros trastornos); estreptococo (infecciones de garganta, oído medio, piel, heridas y gangrena); neumococo (aparato respiratorio).
En buena medida este aumento de la resistencia que amenaza devolvernos a la era anterior a los antibióticos se debe al uso masivo de los antimicrobianos en dosis subterapéuticas. Esto se hace para favorecer la rentabilidad de la cría intensiva en esas granjas tan seguras, relucientes e informatizadas, donde se hacinan, convertidos en sacos vivientes, sometidos a tormento permanente, en perpetuo estrés e inflados de antibióticos y hormonas, esos mismos pollos, terneras y cerdos que le muestran en la tele para que vea la excelencia del producto que cada día consumen usted y su familia. No es casual que se hable de productores de pollos o bovinos o cerdos y no de criadores. Estamos ante un modelo industrial y se replican animales en serie que inician sus existencias en una cinta transportadora y van pasando por distintas secciones que les hinchan a base de química. ¿Puede ser un alimento saludable esa carne torturada y atiborrada para conseguir el engorde más rápido posible?
Otro factor de peso que ha acelerado la aparición de patógenos resistentes a los antibióticos es la carrera industrial por poner en el mercado nuevos productos a precios que garanticen una creciente rentabilidad, en detrimento de la creación de reservas de antibióticos eficaces, «en espera» para disponer de un arsenal con que hacer frente a auténticas emergencias sanitarias.
Esta cultura sin conciencia conduce al suicidio de la civilización. Como advirtió hace más de medio siglo el gran físico Werner Heisenberg, «en condiciones de discordia los avances de la ciencia no constituyen un progreso». Pero los investigadores actuales ni siquiera se plantean estos dilemas éticos. Para ellos todo lo que técnicamente es posible, también es deseable. No existe otro atajo para conquistar la fama mediática y alcanzar el éxito profesional. En un mundo donde todo vale con tal de vender nada tiene de extraño que todos compitamos febrilmente, poniendo hoy en juego las técnicas más avanzadas de marketing, para vender la soga con que nos vamos a ahorcar mañana.
Basta un ejemplo reciente para ver adónde nos lleva esta actitud. Ignoramos dónde están los límites entre el reino vegetal y animal. Científicos japoneses han descubierto hace poco un ser mitad vegetal y mitad animal. Su nombre es Hatena («misterio», en japonés). Hace fotosíntesis como las plantas y come algas como un predador. En resumen: todavía sabemos muy poco acerca de la vida. Pero hemos liberado al medio organismos genéticamente alterados, arriesgándonos a cruzamientos imprevisibles entre especies y a impactos ambientales que pueden transformar el mundo en un páramo.
La gripe aviaria es sólo una mínima parte de las incontables amenazas que nos acechan. Es verdad que este virus puede causar centenares de millones de muertos o acaso, con algo de suerte, sólo mate algunas decenas de millones o mucho menos. Pero no se engañe. Habrá muchos más virus emergentes y patógenos mutantes en los próximos años. Algunos ya están en circulación y nada tiene de descabellado pensar que pueden desarrollar cepas que generen emergencias sanitarias. No todos matarán tanto, pero también es probable que alguno mate más e incluso con mayor eficiencia y rapidez. Algo es seguro: esto sucederá más temprano que tarde. Es inevitable que algún riesgo mayor acabe por hacerse realidad si se «avanza» a base de multiplicar los riesgos.
Cuando alguien se atreve a desafiar la conspiración de silencio que impone una discreción «políticamente correcta», el coro del sistema le descalifica por «alarmista» o «catastrofista». Pero conviene recordar que los virus emergentes no son una amenaza, sino una realidad documentada y operativa ahora mismo. Otra cosa es que el silencio informativo que sigue a cada brote haga olvidar a la sociedad la existencia de las graves enfermedades que causan estos patógenos.
Nuestra cultura no quiere ver más allá de la tele ni oír nada más allá del móvil. Ante todo desea que impere un optimismo expansivo que estimule el consumo y garantice la salud del mercado, más importante que la salud pública para quienes gestionan la aldea global. Así están las cosas.