Última actualización 01/01/2006@00:00:00 GMT+1
Hace un tiempo leí una historia que me emocionó. Mientras el avión atravesaba las nubes a más de 900 km por hora, me di cuenta de que a los ángeles no es necesario buscarlos por éstas u otras alturas; están donde menos lo esperamos, más cerca de lo que imaginamos. La protagonista de aquel suceso era una niña de apenas cinco años de edad. Su hogar era un sitio lóbrego, en el que la joven madre huía cada día de los gritos y desprecios de un marido con demasiadas cicatrices en su alma. La niña reía –cuánta bondad e inocencia hay en la sonrisa de un niño–, y miraba desde sus ojillos azules el rostro ajado del hombre mientras, con sus pequeñas manos recortaba torpemente varios muñecos que brillaban como el Sol. No en vano salían de aquel papel dorado, demasiado bonito, demasiado caro… La pequeña, portando aquellos monigotes como si de un preciado tesoro se tratase, se los ofreció a su padre, y éste, parco en palabras y ebrio de ira, espetó con violencia: “Es un papel demasiado caro; cómo lo usas para estas tonterías. Utilízalo sólo para algo que sea verdaderamente importante”. La niña, con las lágrimas cubriendo su rostro, abandonó la estancia…
Días más tarde, al caer la noche, se acercó a su padre con una cajita; estaba envuelta con el papel dorado que tanto dolor le provocara tiempo atrás. “Papá, esto es para ti”, dijo, observando con sus enormes ojos los gestos de su progenitor. El hombre, sin perder la acrimonia, lentamente fue abriendo el regalo. Al levantar la tapa se percató que el recipiente estaba vacío. La furia comenzó a apoderarse de su espíritu. “Te dije que este papel era únicamente para cosas muy importantes”. La niña agachó el rostro, y una lágrima resbaló por su sonrojada mejilla. “Papá, esta caja la he llenado con mis besos para que nunca vuelvas a estar triste”. No pudo evitarlo; su expresión malencarada se fue resquebrajando por momentos, y de manera instintiva abrazó a su hija y empezó a llorar. Desde entonces, ese hombre, cada vez que pasa por un mal momento abre la caja cubierta de papel dorado, pues es consciente de que jamás alguien le podrá hacer un regalo tal, de que en aquella pequeña cajita está la inocencia, la magia y el amor de su hija.
Y es que los niños son capaces de derribar los muros más sólidos, incluso los que en ocasiones levantamos alrededor de nuestro corazón. Pero también, son “receptores y emisores” de toda suerte de fenómenos psíquicos, de generar efectos paranormales e interactuar con supuestos planos a los que nuestra ceguera de adultos ya no nos deja acceder. El reportaje de Bruno Cardeñosa y David E. Sentinella es revelador, riguroso e innovador en sus planteamientos. A mí me ha sorprendido. Espero que a ustedes también.
Y ahora disfruten de estas fiestas, y de la alegría de los niños. Feliz Año Nuevo para todos. Volvemos en 2006.
Lorenzo Fernández Bueno