Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
En pocos años, una nueva generación de combatientes robot invadirá los campos de batalla. Este hipotético futuro, lejos de tranquilizar, abre una serie de tenebrosos interrogantes. Y es que no todo está tan claro a propósito de la nueva generación de armas...
Carentes de miedo o piedad, con nulo remordimiento y mala conciencia. Estarán programados para funcionar de forma metódica e implacable, sin cejar en su empeño hasta concluir su misión y auxiliados por algún arsenal terrorífico. Tales serían las características del soldado robot ideal soñado por los mandos militares, pues constituiría una fuerza imparable. A menos que el contrincante fuese otro ejército robotizado, por supuesto.
Desde que Herón de Alejandría fabricara autómatas en el siglo IV a. de C., los anhelos por construir un guerrero artificial se han ido repitiendo a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, el mítico Coloso de Rodas respondía a las necesidades de proteger este enclave portuario frente a incursiones enemigas mediante el expeditivo método de arrojarles “fuego griego”. Pero hicieron falta quince siglos de fracasos para que la ciencia lograra refinar el concepto…
Así, a mediados del año 1900, el médico alemán Jürgen Ewald patentó un sistema para conectar un circuito eléctrico al cerebro y unirlo a una batería. Tres decenios después, el neurólogo suizo Walter Hess presentó sus trabajos relativos al control de la personalidad mediante electrodos implantados sobre el cerebro. Mientras tanto, en Gran Bretaña, el robot Televox, que respondía a las preguntas que se le formularan, atrajo el interés de los transeúntes en ferias comerciales.
Todas estas innovaciones confluyeron dramáticamente durante la última guerra mundial. Aunque primitivas desde la perspectiva actual, las naves alemanas Fiesseler-103 –también conocidas como las V-1– o el misil teledirigido Fritz-X demostraron lo que cabría esperar de un bombardeo. robot a gran escala.
En el verano de 1945, tras la derrota del Eje, la vanguardia de las tropas soviéticas localizó un laboratorio abandonado al oeste de Leipzig –Alemania– repleto de extraños dispositivos. Según algunas informaciones, dentro de una sala anexa reposaban cuatro individuos ataviados con ropajes de prisionero, junto a los cuales se encontró un artefacto que recordaba a una emisora de radio y una suerte de laberinto de paredes a media altura.
Los prisioneros parecían dormidos, pero los soldados se vieron incapaces de reanimarlos. Un oficial tocó por azar algunos botones de la emisora y, súbitamente, dos de ellos, desoyendo las llamadas de sus libertadores, se levantaron dispuestos a recorrer el laberinto. Al parecer, en un momento dado, tropezaron con las tropas allí enviadas, cayendo al suelo, pero sin dejar de mover las piernas. Nadie supo cómo detenerlos, por más botones y palancas que se accionaron.
El suceso, recientemente desclasificado por el Alto Mando Ruso, obvió detalles importantes. Entre otras cosas, no se informa del destino final de aquellos sujetos. Tampoco sobre quién preparó el experimento.
Robots depredadores
Gracias a esta premisa, la aplicación práctica de la robótica en actividades bélicas evolucionó durante los siguientes decenios. Los drones –blancos de tiro para la artillería antiaérea– y el reconocimiento constituyeron su principal campo de trabajo, en especial para efectuar operaciones encubiertas. A principios de los años ochenta, la Armada norteamericana perfiló el sistema Prowler –“merodeador”–, que tenía por objeto proteger instalaciones secretas. Poco después, apareció el RQ-1 Predator con intenciones más agresivas.
Esencialmente, el RQ-1 es un aeroplano de observación controlado desde tierra por un equipo de operadores. Diversos sensores y un radar proporcionan información transmitida vía satélite, en tiempo real, desde lugares en los cuales un espía quedaría demasiado comprometido. No obstante, a algún estratega se le ocurrió que podría ir armado. Así, en diciembre del 2001, un misil disparado desde un Predator acabó con una supuesta célula terrorista de Al-Qaeda en Yemen.
Preparar tres escuadrones completos de RQ-1 en un tiempo récord fue el siguiente objetivo. El último consistió en diseñar una generación mejorada de guerreros-robot que operaran de forma autónoma. Es decir, sin nadie que controlara sus acciones aunque siguieran órdenes establecidas por un programador. A tal premisa responde el programa Hunter Killer, que consiste en el desarrollo de una flota de cazas-robot para la Fuerzas Aéreas que se iniciará en el año 2007.
Otros “compatriotas” suyos, el Talon y el Packbot, ya se emplean desde hace dos años para explorar los recovecos del territorio afgano e iraquí en busca de insurrectos. Oficialmente, sólo transportan cámaras y armamento ligero, aunque nada les impediría incorporar un lanzagranadas o algo más grande, como dejaron entrever a la prensa miembros de las fuerzas especiales destacados en aquel país.
Un tercer candidato, el Spartan, consiste en un minisubmarino de patrulla armado con torpedos. Ahora mismo, este artefacto está en fase de pruebas: “El objetivo principal de estas máquinas consiste en salvar vidas accediendo a lugares peligrosos”, advertía un portavoz de la marina norteamericana a principios de marzo pasado. Con esa idea en mente, el Pentágono convocó al mismo tiempo un premio de nueve millones de euros para la primera empresa capaz de fabricar un “robot cirujano” que pueda rescatar heridos del campo de batalla.
De mayor espectacularidad, el Saiwor del ejército israelí pretende combatir contra todo tipo de adversarios, eliminándolos allí donde les localize. Fuera de su arsenal, cañones y ametralladoras, contará con un detector de mentiras para distinguir entre aliados y enemigos, aparte de hablar. Aunque no se distribuirá hasta el 2010, países como Colombia ya han declarado su interés por este modelo para intentar erradicar a las FARC –Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia–.
La lucha antiterrorista conformará un vasto terreno en el que los expertos esperan la mejor utilidad para los soldados robot, pero con grandes reservas: “La tecnología empleada posee incontables aplicaciones; sólo hemos rascado la superficie” manifestaba el profesor de la Universidad de Virginia –Estados Unidos– Zia-ur Arman durante la presentación del Fetch-Uno el pasado mes de febrero, un robot básicamente destinado a la exploración naval, cuya investigación y desarrollo están subvencionados por el Ejército.
En cuanto el citado portavoz declaró al semanario New Scientist que el Fecht-Dos, ya perfeccionado, vigilaría plataformas petrolíferas y oleoductos, la marina declaró Top Secret el proyecto. Con todo, conviene recordar que tras las directivas insertadas en la programación de un guerrero robot existe el factor humano, quien paradójicamente podría tomar decisiones nada humanitarias al respecto. No en vano, hoy por hoy, la investigación militar recibe diez veces más subvenciones que los programas civiles, según una denuncia de la ONG catalana Fundació per la Pau.
¿Ciberguerreros desencadenados?
A pesar de que se busque la difusión de pistolas inteligentes que reconozcan las huellas dactilares de su dueño, o robots repartidores de propaganda en ambientes peligrosos, es inevitable sentir resquemor ante ciertos usos futuros de la informática. “Si una máquina se rebelara contra nosotros, por supuesto que deberíamos terminarla”, bromeaba el mismo Arnold Schwartzenneger cuando presentó Terminator 3.
En la fiabilidad –y fidelidad– de tales ingenios existe un capítulo espinoso plagado de preocupantes decepciones. Que una conocida multinacional del automóvil fabricara un “coche inteligente” y acabara intentando atropellar a los peatones en un circuito de pruebas provoca malintencionadas risotadas. En cambio, que un “arma inteligente” falle su objetivo matando a ciudadanos inocentes despierta no pocas controversias.
Las “iniciativas personales” por parte de un ordenador militar han dado demasiado que hablar últimamente. Ya en 1977, el Mando Estratégico Norteamericano se mantuvo en situación DefCon-1 –alarma de guerra nuclear global– durante 15 minutos. Finalmente, un operario determinó que la decisión fue tomada de forma unilateral por el propio sistema. A mediados de 1985, el reactor del portaviones nuclear Nimitz fue víctima de una inexplicable desconexión generalizada que había sido ordenada por su propio sistema informático. Todavía más dramático fue lo ocurrido en 1997, cuando un misil de crucero se desvió de su ruta durante unas maniobras que se llevaban a cabo en el desierto de Nevada y acabó estrellándose contra un camión de la televisión nipona. Un informe posterior evidenció que, tanto el software como los componentes electrónicos, se encontraban en perfecto estado de funcionamiento, por lo cual fue como si “espontáneamente el sistema de guiado hubiera decidido que un equipo de televisión extranjero era una amenaza”.
El reciente contencioso contra Irak aportó más elementos de duda, especialmente cuando varios misiles inteligentes Tomahawk erraron en su objetivo sobre Bagdad alcanzando barrios residenciales. Rápidamente, la propaganda militar estadounidense informó –sin aportar pruebas– de la existencia de interferencias procedentes de equipos situados en Rusia que bloquearon las señales de orientación desde los satélites. Lejos de resolverse, la polémica sobre los misiles “atontados” persiste a la espera de una justificación racional. “Uno de cada cien electrodomésticos que salen de la cadena de montaje es defectuoso, ¿verdad? Es cuestión de estadística que fallen nuestros misiles”, afirmaron fuentes oficiales. La falta de coordinación o una avería interna, desechando el sabotaje y demás factores ajenos, permitiría comprender los orígenes de tales fallos. Pero si en ingenios semicontrolados se producen este tipo de anomalías, aterra pensar qué llegaría a suceder cuando entren en funcionamiento la próxima leva de cibercombatientes.