Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
Escribir a altas horas de la madrugada tiene sus ventajas. El silencio es el mejor aliado de la imaginación, y ésta rápidamente se sirve de esos mecanismos ocultos en el interior de nuestra mente para emprender viaje. A lo lejos, las luces de la gran ciudad se van apagando, inician una extraña danza conforme la niebla va cayendo. Y aquí, a mi vera, el gran Amenofis IV me observa tras su cárcel acristalada, sin la vida terrenal que los dioses nos regalan, pues su existencia es ya eterna. Está ahí; con la tez pálida y las facciones azuladas. Ese es el criterio que hubo de seguir su creador al plasmar el rostro del faraón hereje sobre la áspera superficie de papiro. Y a su derecha, la piedra Roseta, la estatua de piedra de un viejo faraón anónimo, las figuras de Nefertari y Tutankamón... En este entorno es fácil dejarse llevar por la fascinación que despierta el siempre evocador y misterioso Egipto, y sentir un leve escalofrío cuando se piensa en maldiciones, momias, reyes míticos... Y así, sobre mi mesa se extienden las fotografías, alimentando los recuerdos, los viajes realizados por uno de los enclaves más fascinantes de nuestro planeta azul.
Mucho se ha hablado del antiguo Egipto; es posible que demasiado, pues no en vano, la majestuosidad que los antiguos habitantes que se asentaron a orillas del padre Nilo quisieron dar a su microcosmos fue tal, que paralelos a esa inmortalidad ansiada, su cultura, sus tradiciones, sus ritos y construcciones han sido capaces de evitar al más cruel de los enemigos. Y es que hay un proverbio que al calor de la lumbre, en las frías noches del desierto, se deja escuchar por estos parajes: “El hombre teme al Universo; el Universo teme al tiempo; el tiempo teme a las pirámides”.
Egipto deja en evidencia nuestras limitaciones. No fue hecho a escala humana, pues es precisamente aquí donde hemos de asumir nuestra insignificancia. Esta tierra fue erigida para que los dioses caminaran con paso firme, o en su defecto aquellos que ostentaron el poder en su nombre: los faraones.
Decían los antiguos iniciados que la piedra estaba viva; únicamente había que saber activarla. Pues bien, en Egipto los garantes de esa magia, del conocimiento secreto y a veces maldito que pule la idiosincrasia de los pueblos, fueron los faraones, venerados y respetados; temidos y odiados; queridos y repudiados. Ellos fueron los que dieron a este lugar la impronta que hoy apreciamos. Que Egipto fue –y es– colosal es palpable; que Egipto fue único está fuera de toda duda; que Egipto fue mágico solo hay que verlo. Que los inicios de su historia permanecen difusos en la legendaria presencia del rey Escorpión, que a día de hoy poco sabemos de las maldiciones, o que el joven rey Tutankamón –el de la maldición, ya saben– pudo haber sido una reina... son algunos extremos que ya no están tan claros. O sí. Es mejor que llegados a este punto, pasen y lean…