Historia ignorada
Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
Durante siglos el miedo al demonio, a todo lo relacionado con lo oculto y la profunda superstición tanto del vulgo como del clero fue gestando todo un corpus de nefastos textos que culminó con la publicación del Malleus Maleficarum. Con éste la Inquisición creó un auténtico infierno sobre la Tierra…
Durante siglos, la Inquisición se erigió como el mayor aparato censor de la historia humana. Las listas de libros malditos se incrementaron exponencialmente con su aparición, convirtiendo la quema de textos, la prohibición de la lectura y la persecución de científicos y escritores heterodoxos en su principal cometido. El mayor exponente de la censura y el control del saber fueron los llamados “Índices de Libros Prohibidos”, extensos catálogos que incluían las obras y los autores de las mismas, “indignos” para la ortodoxia oficial de la religión cristiana. Pero dicha censura no fue la única actuación lamentable impulsada por la iglesia católica. Más de un siglo antes de que se instituyera la conocida como Congregación del Índice de Roma, un Papa marcó el inicio de una brutal persecución de la herejía que culminó con la publicación del primer gran Martillo de Brujas, a pesar de que ya existían precedentes literarios del mismo.
El más temible de los textos malditos
La obsesión de la iglesia por erradicar los cultos paganos de las llamadas brujas y hechiceros, a los que consideraba enemigos mortales de Dios, necesitaba dotarse de un texto que convirtiese en oficial el procedimiento a seguir para la lucha contra el maligno. En este contexto apareció el Malleus Maleficarum, “el libro más funesto de la historia literaria”. Conocido popularmente como “Martillo de Brujos” –Hexenhammer–, fue obra de los inquisidores dominicos Heinrich Krämer –pseudónimo de Enrique Institoris– y Jacob Sprenger. Su maléfica obra se comenzó a escribir a raíz de que Inocencio VIII publicase en Estrasburgo su bula Summis desiderantes affectibus, conocida también como “Bula Bruja” y tradicionalmente “Canto de guerra del infierno”, el 9 de diciembre de 1484, dirigida, según el pontífice, a subsanar los errores que el Tribunal del Santo Oficio había cometido en torno a los procesos de brujería.
En dicho documento Inocencio VIII se refería a un amplio catálogo de prácticas “brujeriles” que debían ser erradicadas y otorgaba un permiso especial a Heinrich Krämer y Jacob Sprenger para proceder con absoluta libertad y contundencia a multar, detener, torturar y castigar, incluso con la pena máxima, a aquellas personas –generalmente mujeres– cuyas prácticas fueran sospechosas de demoníacas. Con la autorización de la máxima instancia político-reliosa de su tiempo, los inquisidores tenían vía libre para provocar una de las mayores masacres de la historia humana. La bula Summis Desiderantes fue el empujoncito que necesitaban los autores de los “martillos” para dar forma a unas obras enfermas, incoherentes, retóricas y pedantes que fueron tenidas en cuenta durante siglos como códigos para torturar y asesinar a personas inocentes.
La edición del Malleus
El citado Enrique Institor, un teólogo de avanzada edad que había ejercido como inquisidor para el sur de Alemania desde el año 1474, incluyó la polémica bula al comienzo del “Martillo”. De esta forma, el dominico se aseguró la eficacia de su distribución, simulando una autorización papal que no era tal y que brindaba a la obra una oficialidad que, de no existir, hubiese provocado su secuestro en las máquinas de la imprenta. El éxito del “Martillo” fue enorme. Publicado en 1486, en menos de dos siglos el Malleus Maleficarum contó con 29 ediciones. La obra de Krämer se erigió como fuente de inspiración de todos los tratados posteriores sobre el tema, a pesar de que su propia composición debía casi todo a textos anteriores tales como el Formicarius –1435– y el Praeceptorium, de Johannes Nyder, prior dominico.
Aunque se considera a Jacob Sprenger coautor del “Martillo”, lo cierto es que éste, profesor de Teología en la Universidad de Colonia e inquisidor de Renania desde 1470, se había distanciado bastante de la postura de Institor cuando se decidió a escribirlo y colaboró en su redacción de forma más bien secundaria. El fraile gozaba de una renombrada reputación e incluir su nombre en el frontispicio del libro era la mejor opción para asegurar su éxito.
Es extraño comprender cómo un libro, descrito como uno de los documentos más aterradores de la historia humana, pudo gozar de tal prestigio y admiración en países como Alemania o Francia, cuando en España, supuestamente más supersticiosa, fue considerado, y con razón, la obra de un loco. Lo más curioso del caso es que no sólo la iglesia católica, a instancias de Roma, siguió a rajatabla los designios marcados por el manual; también los protestantes, enfrentados constantemente a los católicos por las cuestiones más diversas, convirtieron el Malleus en libro de cabecera de jueces tanto religiosos como civiles. Y es que la obsesión por el demonio, las brujas, los nigromantes y en suma por cualquier practicante de las ciencias ocultas fue moneda de cambio habitual desde el siglo XV hasta bien entrado el XVIII. Apenas un siglo después de la primera aparición del “Martillo de Brujos”, los protestantes alemanes alabaron las nuevas ediciones de la obra publicadas en Frankfurt por el escritor y jurista Fischart. La intención del Malleus fue, para Institor y Sprenger, poner en práctica la orden que emanaba directamente de las Sagradas Escrituras de perseguir la magia, en concreto del Éxodo, 22, 17, que sentenciaba: “A la hechicera no dejarás con vida”. A pesar de la llamada de atención de la bula refiriéndose a la brujería de ambos sexos, los dominicos alemanes centraron sus iras en el femenino. En uno de los capítulos, bajo el título de “¿Qué tipo de mujeres son supersticiosas y brujas antes que ninguna otra?”, dan muestra de una misoginia sin precedentes; la mujer es, para ellos, la concubina del diablo, un ser maligno y despreciable por naturaleza, por lo que no es de extrañar que la mayor parte de la carne que sirvió de leña para las hogueras fuese del género femenino. Las descripciones de los inquisidores sobre la práctica de las brujas, que se repetirían una y otra vez en la oleada literaria que seguiría al Malleus, rozaban en ocasiones el delirio. Krämer escribe lo siguiente: “Las brujas de la clase superior engullen y devoran a los niños de la propia especie, contra todo lo que pediría la naturaleza humana […]. Estas brujas conjuran y suscitan el granizo, tormentas y tempestades; provocan la esterilidad en las personas y en los animales, y ofrecen a Satanás el sacrificio de los niños que ellas mismas no devoran […]”.
Una masacre sin precedentes
El Malleus Maleficarum dejó sentadas las bases de una persecución enfermiza que llevó a la hoguera a miles de personas, principalmente en países como Alemania y Suiza, aunque también en Italia y Francia, acusadas de brujería. A partir del siglo XV y hasta bien entrado el XVII se desató una ola de fanatismo irracional: cualquier mujer que realizara ungüentos varios, saliera de su casa por las noches o incluso gozara de un bonito cuerpo era acusada de brujería. Fueron también muchos los niños condenados a la pena máxima, aún a pesar de su escasa edad. En los juicios que se organizaron por toda Europa cualquier declaración tenía validez, incluso la de locos y delincuentes. Si alguna vecina te molestaba no tenías más que acusarla de bruja para hacerla desaparecer. Llamar juicio a estos absurdos procesos es demasiado frívolo; incluso el abogado defensor –que existía– era nombrado por el inquisidor encargado de juzgar a las víctimas, lo cual provocaba que éste no tuviera ni voz ni voto a la hora de “defender” a los acusados.
Este universo de intereses creados, mentiras y envidias, que pasó tristemente a engrosar las páginas de la historia más nefasta del hombre con la denominación de “caza de brujas”, provocó que personajes ajenos al corpus eclesiástico, delincuentes y mercenarios, se pusieran al servicio del Santo Oficio para dar caza a las desdichadas, por lo que en la mayoría de las ocasiones las denuncias se debían más a motivos económicos que a prácticas ocultistas reales de las desdichadas. Para demostrar que una mujer –y en ocasiones algún hombre– estaba confabulado con el mal se creó la figura del punzador, una persona cuyo cometido consistía en “punzar” extrañas marcas que la acusada poseyera en el cuerpo. Si las mismas –generalmente no eran sino lunares o manchas congénitas de la piel– no sangraban, la sospechosa era automáticamente condenada por brujería. La mayor parte de las veces, no obstante, los punzadores e inquisidores se valían de simples trucos de simulación –el punzón se deslizaba por su mano sin llegar a penetrar en la piel del reo– para hacer efectivas las condenas. Las torturas eran inimaginables. Muchos de los más brutales instrumentos destinados a obtener una confesión a cualquier precio fueron inventados en la época de mayor auge de los “Martillos de Brujas”. Según Carl Sagan, en su excelente ensayo sobre el Malleus, en las galeras de la flota inglesa del siglo XVII, un punzador llegó a confesar que había causado la muerte de más de doscientas veinte mujeres en Inglaterra y Escocia a cambio de veinte chelines la pieza. Y lo afirmaba tan orgulloso…
La locura llegó a límites inimaginables. El monje carmelita francés Jean Bodin, autor de otro exitoso “martillo”, el Démonomanie des Sorciers –“Demonomanía de los Brujos”– llegó a recomendar que para infundir a las brujas el temor de Dios se utilizaran cauterios y hierros al rojo vivo con el fin de “arrancarles la carne putrefacta”. El Malleus Maleficarum fue el más exitoso de todos los “martillos”, pero ni fue el único ni el primero. Contaba con precedentes en las obras del cruel inquisidor Bernardo Gui o en las citadas de Nyder. Tras el éxito sin precedentes de la obra de Krämer y Sprenger fue obligación que cada inquisidor y juez poseyera sobre la mesa uno de estos “manuales contra el demonio”. Muchos fueron los miembros de la Iglesia que vislumbraron la brutalidad de estas persecuciones pero pocos se atrevieron a contradecir a los inquisidores; la hoguera les rondaba.
El más conocido de los “martillos” reformistas fue escrito por Benedict Carpzov, principal perseguidor de la brujería en Sajonia, y tenía por título Practica Rerum Criminalum. Años después de su muerte, Philipp Andrea Oldenburger atribuyó a su persona la firma de más de más de 20.000 sentencias de muerte. Seguro que con ellas se aseguró un lugar en el cielo…