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Hemeroteca :: Edición del 01/02/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
Durante el funeral de Juan Pablo II cientos de miles de católicos pidieron su inmediata canonización. Sin embargo, el camino hacia los altares tiene varios peldaños. El candidato debe ser declarado «venerable siervo de Dios», después «beato» y finalmente «santo». Para ello es necesario que la Comisión vaticana considere probados al menos dos milagros realizados por su intercesión.
En el caso de Juan Pablo II, el primer testimonio de un milagro suyo lo aportó el cardenal Francesco Marschisiano. Según éste, hace algunos años se sometió a una operación en la carótida y un error médico le dañó las cuerdas vocales. «Como un padre, el Papa me salió al encuentro y comenzó a acariciarme donde me habían operado –relató–. Yo me quedé sin habla, mientras él me decía: ‘No tenga miedo, verá, verá… El Señor le devolverá la voz. Yo rezaré por usted’. Poco después quedé curado». Este singular testimonio proviene de quien fue responsable, hasta el 30 de agosto de 2004, de la Comisión Pontificia de Arqueología Sacra, una institución que que establece el nexo del Vaticano con el pasado de la humanidad.

Testimonios de la fe

En dicha fecha, exégetas, teólogos y observadores de la Iglesia nos sorprendimos al averiguar que el Santo Padre había aceptado la precipitada dimisión del cardenal Marschisiano, amigo personal suyo desde 1962, de su cargo al frente de la Comisión de Arqueología Sacra del Vaticano. En su lugar, el Papa nombró como sucesor al obispo Mauro Piacenza, hasta entonces presidente de la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia.

La Comisión Pontificia de Arqueología Sacra confiere al Vaticano el sentido de ser lo que es: la sede terrenal del cristianismo. El trono de Pedro constituye su justificación arqueológica e histórica. Instituida por Pío IX el 6 de enero de 1852, se le asignó como misión «proteger las más antiguas memorias de los primeros siglos cristianos, los monumentos insignes». Esta Comisión se creó por sugerencia de un arqueólogo romano, Giovanni Battista de Rossi, considerado el padre y fundador de la arqueología cristiana, con el objetivo de organizar mejor las excavaciones, restauraciones y tutela del gran complejo de catacumbas que estaba saliendo a la luz en la Via Appia.

Dos museos vaticanos encierran parte de los secretos arqueológicos recopilados por la Santa Sede durante los últimos veinte siglos: el Museo Pio Vaticano, dependiente de la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra, y el fascinante Museo Misionero-Etnológico. Este ultimo se inauguró en 1927, con sede en el Palacio de Letrán, donde estuvo instalado hasta 1963. En 1973, bajo el pontificado de Pablo VI, fue reorganizado en la actual sede del Vaticano. Con el paso de los años nuevas piezas fueron enriqueciendo los fondos del Museo.

Los Indiana Jones de Dios

Incomprensiblemente casi ningún estudioso de los misterios del pasado se ha percatado de que los primeros arqueólogos, aventureros, exploradores y viajeros de la historia, fueron los misioneros cristianos. Cuando evocamos a estas figuras destacan personajes como el Dr. Livingstone, misionero protestante antes que médico, que fue el primer hombre blanco en llegar a los rincones más remotos del África negra. O católicos como Wilhelm Schmidt, el primer director del Museo Etnológico del Vaticano, que fue misionero de la orden de los Verbitas y antropólogo, además de profesor de etnología, lingüística e historia de las religiones en las universidades de Viena y de Friburgo.

A su nombre hay que sumar una larga lista de misioneros que accedieron por primera vez a los secretos arqueológicos, antropológicos y chamánicos de las grandes civilizaciones ya desaparecidas. Basta evocar unos pocos ejemplos para hacerse una idea de la amplitud y la profundidad de los trabajos que realizaron. José Gumilla, misionero y lingüista, se pasó más de treinta años viviendo con los indígenas y realizó los primeros descubrimiento científicos del Orinoco. Gregorio García, un dominico español destinado como misionero en Perú y México, estudió las antiguas civilizaciones y publicó su revelador Origen de las Indias del Nuevo Mundo e Indias Occidentales. Henri Alexandre Junod, misionero y antropólogo suizo, vivió 26 años con los baronga y con los tonga de la República de Sudáfrica, estudiando en detalle su organización social y su religión. Luis de Valdivia, un jesuita español, desarrolló su labor con los indígenas de Chile y Perú y, como estudioso de la lengua mapuche, publicó en Lima su Arte y gramática general de la lengua que corre en todo el Reino de Chile. Henri Breuil fue un sacerdote y arqueólogo francés a quien debemos insuperables reproducciones de las cuevas de Altamira. Gustavo Le Paige, sacerdote y arqueólogo que llegó a Chile en 1954, investigó hasta su muerte las antiguas culturas del país, fundando el Museo San Pedro en el misterioso desierto de Atacama. Franz Kirschbaum, misionero verbita particularmente activo a comienzos del siglo XX, vivió entre las poblaciones papúas de Nueva Guinea. Su compañero Martin Gusinde, sacerdote y antropólogo alemán, discípulo de Schmidt y autor de extraordinarias investigaciones antropológicas en Tierra del Fuego, es el responsable de una sugerente colección de objetos provenientes de la misteriosa Isla de Pascua, ahora custodiados en el museo.

Nadie mejor que esos misioneros para guiar mi viaje alrededor del mundo. Por eso debo agradecer a jesuitas, dominicos, padres blancos, combonianos, hermanas de la Caridad, franciscanos, y tantos otros, que me acogiesen en sus misiones de India, Egipto, Haití, Perú, Malawi, o el Sáhara, entre otras, y que me permitiesen acceder a sus archivos, bibliotecas y documentos. Así es como pude realizar mi propósito y desvelar el secreto de los dioses. Guiado por ellos, cientos de supuestos misterios que encontré en mis viajes –y a los que llegué buscando una prueba objetiva de lo sobrenatural, de lo no humano– revelaron que admitían explicaciones más sencillas y probables.

Naturalmente, esto no significa que dichas explicaciones sean necesariamente correctas, o que no existan misterios para los cuales se carece de una explicación sencilla y racional, al menos por ahora, ya que las nuevas tecnologías aplicadas a los enigmas del pasado nos permitirán saber más cada día. Pero siempre resulta obligado en una investigación seria y rigurosa inclinarse por lo más sencillo, respetando el principio de parsinomia de la ciencia. Sobre todo cuando se trata del mundo de lo misterioso y de los fenómenos anómalos, en el cual, por desdicha, con excesiva frecuencia, se fuerzan las evidencias y hasta se introducen alteraciones deliberadas o se retocan los testimonios para magnificarlos.

Pese a todo yo persisto en la búsqueda de lo sobrenatural, de lo no humano. Los lugares que he recorrido e investigado atesoran numerosos misterios pendientes de solución. Pero uno de los efectos más perversos de los falsos enigmas es que velan y desacreditan a los auténticos. Como dijo Nietzsche en uno de sus aforismos: «es necesario ser honrado hasta el dolor con los asuntos del espíritu». Al menos, si aspiramos a difundir la verdad sobre la dimensión misteriosa y mágica del mundo.

Realmente, ha merecido la pena seguir la pista de tantos famosos misterios que fueron cayéndose de mi lista de enigmas pendientes a medida que investigaba, descubriendo su verdadera explicación. Pero de todos modos, yo creo en «el secreto de los dioses». Según un antiguo relato de la mitología hindú, un día se reunieron todas las deidades para decidir cuál era el mejor lugar donde esconder sus conocimientos para que no fuesen descubiertos por los humanos. Uno de los más ancianos entre los dioses dijo: «Lo esconderemos en la cumbre de la montaña más alta». Entonces, otro replicó: «No, porque algún día existirá un humano lo suficientemente audaz como para trepar hasta la cumbre más elevada y lo encontrará». Un tercer dios dijo: «Entonces lo ocultaremos en lo más profundo del océano.» Y otro le respondió: «Tampoco, porque algún día los humanos idearán máquinas para navegar como los peces y lo descubrirán». Y así los dioses estuvieron meditando durante muchas lunas sobre cuál sería el mejor lugar para ocultar el conocimiento secreto, hasta que por fin el más anciano de todos dijo: «Ocultaremos el secreto en el único lugar donde al hombre jamás se le ocurrirá buscarlo: dentro de sí mismo».

Este es el lugar más seguro donde el buscador puede tener éxito, donde a mí me condujeron las plantas chamánicas. Pero otro camino son los antiguos relatos: desde las parábolas de Jesús hasta los cuentos de Las mil y una noches, pasando por las fábulas zen o por los poemas de amor místico del sufismo. Los auténticos iniciados, como los místicos de todas las culturas, lo han sabido desde siempre. No es casual que el término esoterismo denote la dimensión interior y que el descenso a los infiernos sea una odisea íntima. Es en este reino interior donde se produce la iluminación. ¿Hay otros conocimientos secretos esperando fuera de nosotros, en ruinas antiguas, en cuevas inexploradas, en las costumbres y tradiciones ancestrales de pueblos que viven en remotas regiones? Sin duda, la respuesta es también afirmativa. Pero incluso en este caso el hallazgo del objeto misterioso o anómalo se constituirá en una puerta para acceder a nuestro fuero más íntimo.
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