Última actualización 01/03/2006@00:00:00 GMT+1
Las sorprendentes propiedades del sonido, expresadas principalmente a través de la música y de la palabra, han sido valoradas en todas las épocas como claves de la creación del Universo. En casi todas las cosmogonías –incluyendo las del antiguo Egipto y el Génesis bíblico– éste surge de la palabra divina (vibración sonora) que genera la luz y, a partir de ésta, toda la variedad de lo creado.
Diversos descubrimientos y prácticas, recuperadas después de miles de años de olvido, también auguran que, en un futuro cercano, tendrá lugar una auténtica revolución relacionada con las aplicaciones del sonido en nuestra vida. Su utilización generalizada en la sanación de enfermedades y en la búsqueda de la armonía psicosomática (musicoterapia), o para acceder mediante trance a otras dimensiones de realidad, se suma a las teorías e investigaciones orientadas a aplicarlo para descontaminar el planeta, especialmente el agua, elemento muy sensible y altamente conductor de vibraciones.
Los grandes místicos siempre han afirmado que luz y sonido son, en esencia, la base de la creación del Universo tal como lo percibimos. Ambos resultan claves en la geometría sagrada por ser la manifestación, a través de la vibración acústica y de la visual, de un patrón o pauta inicial que se erige en la base del diseño físico del mundo, percibido como un todo armónico, estructurado en una jerarquía de niveles en los cuales cada una de sus partes tiene su correspondencia o análogo. Durante milenios éste ha sido un postulado fundamental de la ciencia sagrada, pero actualmente también es un principio irrefutable para nuestra física profana y positivista. Desde el Big Bang primordial a la mecánica cuántica que explica la realidad a escala subatómica, pasando por la biología, todo puede ser descrito como vibración.
Estos descubrimientos nos sugieren que debemos considerar con mente abierta algunos supuestos prodigios conseguidos en el remoto pasado por una ciencia sagrada que, acaso, pudo poseer conocimientos secretos sobre el poder del sonido para modificar la geometría sutil de las vibraciones que subyacen en cualquier objeto material y configuran el patrón de su forma.
En ciertos escritos coptos, por ejemplo, se detalla el proceso mediante el cual habrían sido elevados los pesados bloques con los que se construyeron las pirámides del antiguo Egipto. Al parecer, estas habilidades fueron posibles gracias a una antigua herencia de conocimientos ocultos, trasmitidos a las civilizaciones más antiguas conocidas por otras anteriores e ignoradas. Algunos creen que en el principio de esta tradición original y universal se detecta una revelación hecha a los humanos por entidades superiores (deidades, civilizaciones extraterrestres, etc.).
Los mismos conocimientos secretos atribuidos a los antiguos egipcios podemos observarlos en el chamanismo tibetano. Según esta tradición, por ejemplo, es posible mantener las rocas en estado de ingravidez utilizando un sonido determinado. El ingeniero aeronáutico Henry Kjellson, experto en tecnologías de la antigüedad, sostiene que los monjes de Tíbet son capaces de hacer levitar rocas de dos toneladas utilizando simplemente instrumentos de viento.
¿Simple fantasía? Lo mismo habría pensado nuestra escéptica cultura hace sólo algunas décadas ante la afirmación de que podía fabricarse un tren que levitara y se desplazara por electromagnetismo, suspendido en el aire y separado del monoraíl. Sin embargo, hoy sabemos que es posible.
Algunas investigaciones
El oído no puede percibir todo el amplio espectro de sonidos. Solamente escuchamos aquellos que están comprendidos entre los 20 y los 20.000 hercios. Por debajo de esta franja se encuentran los infrasonidos y, por encima, los ultrasonidos.
En la década de los sesenta, Vladimir Gavreau, por entonces jefe del laboratorio de Electroacústica y Automatización del CNRS francés, demostró los asombrosos efectos de los infrasonidos en el cuerpo humano, utilizando «cañones sónicos». Estudios posteriores han confirmado que dichos infrasonidos pueden causar daños en el organismo, desde un ligero mareo a episodios de pánico. Las frecuencias elevadas llegan a producir alteraciones en la estructura molecular, como se ha podido confirmar con polímeros e hidrocarburos, en los cuales se generan macromoléculas.
Como ejemplo de la influencia del sonido en la materia, aunque con una finalidad creativa, un experimento del músico y físico alemán Ernst Chladni, en el siglo XVIII, reflejó el efecto provocado por un violín sobre una placa con arena en la que se formaron estructuras geométricas. La afirmación milenaria de los místicos se confirmaba así ante los ojos de los observadores. El pintor y físico suizo Hans Jenny plasmó, también a través del arte, la correspondencia visual de algunos efectos sonoros.
La escritora Leo Blázquez, autora de El poder de la energía inteligente (Ed. Bitácora), encontró vibraciones mágicas en un libro de procedencia desconocida, que conserva desde muy joven y que estaría inspirado en una antigua tradición. En su interior descubrió dibujos en forma de rombos abiertos en los cuatro ángulos, con vocales, puntos y rayas. Estos grupos de signos, que llamó «nanas», le han producido sentimientos de armonía y amor. Tras descifrar este remoto legado, se entregó a una técnica de sanación, que relaciona el organismo humano y el planeta, entonando las claves vocálicas. Asegura que así pueden curarse las «heridas» de la Tierra. El proceso consiste en fijar la atención en la parte del mapa que se quiere sanar, proyectando energía y repitiendo, una y otra vez, la «nana» adecuada, mientras se respira de una forma concreta. La respiración también es vibración y activa la energía universal, el prana. Según esta escritora, por medio de radiónica (transmisión de energía a distancia) es posible generar una fuerza positiva y canalizarla a través de una gran variedad de mapas que ella misma ha diseñado. El secreto estaría en el descubrimiento del sonido propio del aliento, con inspiraciones y exhalaciones que, como el del viento, produciría las claves vocálicas.
Es importante señalar que los mayas concedían enorme importancia al aliento solar, a «la respiración audible» y a la «alimentación energética» por medio de la luz proveniente del astro rey. Esta respiración es una técnica prodigiosa que conectaría al ser humano con el cosmos y le permitiría viajar a otras dimensiones. Todo ello guardaría correspondencia con el glifo Ik, considerado por ellos el «sello del Viento».
Alteraciones de la materia
El sanador británico Geoff Boltwood sostiene que posee la facultad de materializar sonidos, además de objetos. Con tan sólo cinco años fue ingresado en un hospital a consecuencia de una infección renal y de fiebres reumáticas. Esto le provocó un paro cardíaco. Entonces le envolvió una luz, al tiempo que escuchaba una voz que le decía que tendría el poder de curar. Y lo hizo, además de hablar con seres invisibles, provocar el movimiento de objetos sin tocarlos y de conseguir que un aparato de radio se apagara y encendiera solo.
Aparte de extraños fenómenos, como la materialización de piedras o cristales, y la germinación espontánea de semillas de berro, otra de las facultades de Boltwood son los misteriosos sonidos que se producen cuando se dedica a su actividad como sanador en el Centro Tareth, en Glastonbury, un enclave mágico muy conocido por su conexión artúrica y su intensa energía telúrica.
Por su parte, el japonés Masaru Emoto ha cambiado la idea que muchos teníamos de la relación entre la materia y la energía, y la transformación de la primera mediante el sonido. Este investigador, nacido en Yokohama en 1943, ha obrado el prodigio de abrirnos los ojos a una realidad sorprendente, demostrando cómo la mente, la oración y los sentimientos, son capaces de inducir cambios moleculares en la materia. Todo ello se produce, curiosamente, a través de la alteración de la geometría del agua; del paso de formas burdas, amorfas y desagradables, a estructuras bellas y luminosas.
La aportación más importante de Emoto al descubrimiento de la verdadera naturaleza del líquido elemento se produjo cuando fotografió cristales de agua previamente congelada, investigación que emprendió en 1994. Esta idea le vino a la cabeza al advertir que, a pesar de que durante millones de años habían caído copos de nieve sobre la Tierra, ninguno de ellos tenía la misma forma. Tras infinidad de intentos, consiguió elaborar una técnica precisa, utilizando muestras de agua congelada a 5º bajo cero en placas de Petri. De los espectaculares resultados de sus experimentos dan fe alrededor de 10.000 fotografías que dejan atónito a quien las contempla.
Las imágenes obtenidas resultan sorprendentes. La belleza y perfecta estructura del agua cristalizada cuando surge de manantiales en estado puro, se va degradando conforme se aproxima a las ciudades y entra en contacto con un entorno contaminado, dando lugar a figuras grotescas y colores sucios.
Ese sería el paso desde el agua con vida a un líquido muerto. De manera que podríamos beber agua supuestamente saludable, por estar sometida a escrupulosos controles sanitarios, pero sin el poder energético con el que surgió de la montaña.
Lo increíble es que las fotografías ponen de manifiesto la capacidad de recuperación del agua contaminada –o de ambientes donde se han producido desastres– para volver a generar estructuras armónicas y luminosas, cuando es sometida al pensamiento, a la oración, a la música o a ciertas palabras, todo ello con el propósito de transmitir alegría, respeto y amor. En ese momento la desorganización desaparece y vuelve a surgir el orden, la fealdad da paso a la belleza y los colores sucios se transforman en cristalinos.
«La buena música y las palabras amables ejercen un efecto positivo sobre el agua», afirma Masaru Emoto y, como prueba, enseña los resultados de dos muestras idénticas sometidas a distintos experimentos.
La cristales de agua que se han originado con los sonidos de la Pastoral de Beethoven, la sinfonía nº 40 en sol menor de Mozart, o las composiciones de Bach o Chopin, por poner algunos ejemplos, dan lugar a imágenes limpias, transparentes, como si un hábil joyero se hubiera esmerado engarzando diamantes o rubíes. El resultado, además de resultar sumamente agradable para la vista, causa una profunda emoción.
Por el contrario, cuando una muestra tomada del mismo tipo de agua y conseguida en el mismo lugar es sometida a música heavy metal, la estructura se rompe en pedazos, mostrándose caótica y nada atractiva. El agua, como en su momento sucediera con los experimentos realizados con plantas, parece tener un determinado tono musical natural que armoniza con la música clásica o de carácter religioso. Sin embargo, el desorden y la fealdad en su manifestación física se relacionan con un tipo de música que, por más que sea del gusto de algunos, está vinculada con estados de agitación emocional negativa.
¿Probaría esto que el agua es capaz de alterarse como lo haría un ser humano?
Lo cierto es que las formaciones más bellas y mejor estructuradas se originan cuando el líquido se somete al sonido de palabras amorosas, de agradecimiento, así como a nombres de personas, reales o míticas, vinculadas a la espiritualidad o a la paz. Sin embargo, vuelve a perder su apariencia, a mostrarse deslucida y con un aspecto que causa rechazo, cuando recibe un insulto, una orden enérgica o se pronuncian los nombres de personajes siniestros de nuestra historia o creencias.
Los resultados más prometedores de los experimentos se lograron mediante el uso de palabras como «gracias» (en distintas lenguas), amor, comprensión, alma y ángel. En tanto que los peores se obtuvieron con vocablos como «estúpido», «demonio» o «diablo», y con frases como «me das asco voy a matarte».
¿Demuestran los experimentos de Masaru Emoto que la materia interactúa con el pensamiento, los sentimientos y los sonidos? Son muchos los que opinan que es así.
Meditación a distancia
Pero este investigador va añadiendo poco a poco más hallazgos a los ya mencionados. Por ejemplo, también utilizó aceites esenciales, de empleo habitual en aromaterapia, que aportaron su «energía» positiva al agua, originando cristales con apariencia similar a la de las plantas de las que procedían dichos aceites. Por otra parte, una muestra de agua cristalizada, con aspecto sucio y desagradable, se transformó en un cristal perfecto después de que 500 personas en estado de meditación transmitieran a distancia un mensaje centrado en el «chi» o «ki», nombre de la energía universal en la tradición chino-japonesa.
Otro de los resultados más exitosos se produjo cuando el reverendo Kato Hoki, monje principal del templo Jyuhouin, situado en la ciudad de Omiya (Japón), proyectó su meditación sobre el agua de la presa de Fujiwara. Con anterioridad, ésta presentaba una apariencia turbia. Sin embargo, tras la transmisión de energía se obtuvo uno de los cristales más bellos y armoniosos de los que Emoto ha registrado. El reverendo Kato explicó que había estado rezando a las Siete Benzaiten, las diosas de la fortuna.
Influencias positivas
Parece que determinados sonidos, pensamientos, energías y sustancias, tienen la capacidad de influir en nuestro medio natural. Pero también son capaces de hacerlo sobre el cuerpo humano. Las ondas alfa del cerebro, por ejemplo, constituyen un tipo de vibración que genera un estado de paz, tranquilidad y relajación; las beta favorecen la concentración; las theta desarrollan la creatividad; y las delta rigen los sueños.
No es casual que los tambores sean instrumentos fundamentales en multitud de celebraciones sagradas. Aumentan el flujo sanguíneo y, a través de la regulación del latido del corazón, activan el despertar de la conciencia. Por eso son tan importantes en las experiencias chamánicas.
Las capacidades sanadoras de los delfines provienen de sus emisiones acústicas, que se proyectan, a través del campo electromagnético, sobre el cráneo, el esternón y la columna vertebral de los seres humanos. Dichas vibraciones –empleadas con éxito en el tratamiento de pacientes con síndrome de Down y en afectados por autismo y depresión– llegan a nuestros oídos transformándose en una serie de clicks o silbidos, que restablecerían el equilibrio electromagnético de los dos hemisferios cerebrales, activando efectos neuroquímicos.
Investigaciones realizadas en el Florida Back Institute de California confirman que los delfines son responsables de la generación de neurotransmisores como la dopamina, que influyen sobre los sistemas endocrino y límbico o cerebro medio. Este último, formado por una serie de estructuras que dirigen el comportamiento, el aprendizaje y la memoria, está profundamente relacionado con emociones como el placer, el temor o la excitación sexual.
La relación del sonido con la curación estaría impresa, según algunos lingüistas, en nuestro código genético. En su opinión, los lenguajes humanos serían un reflejo de la genética y eso explicaría que las palabras posean un poder insospechado.
La «música de las esferas» de Platón parece tan real como indisolublemente unida a la conciencia humana.