Última actualización 01/03/2006@00:00:00 GMT+1
Como explica el autor en la contraportada de su libro, la experiencia que le llevó a escribirlo está narrada en forma de «diálogo conmigo mismo». No, no se trata de una metáfora. En Kokoro, entrevistador y entrevistado son la misma persona –Dragó–, de modo que no se pregunten los lectores por la identidad del misterioso Oisinoid (Dionisio, a la inversa) que interviene a continuación.
— Morir es dulce.
—Y fácil.
—Facilísimo. Recuerda la cita de Montaigne que antepuse a nuestra conversación.
—La recuerdo. Decía: «No hay que aprender a morir. Cuando llegue ese instante, sabremos hacerlo». ¿Tú supiste?
—Sí. Me moría, Oisinoid, con la misma naturalidad y espontaneidad con la que respiran los recién nacidos.
—A veces hay que darles una palmada en la espalda.
—Casi siempre, ¿no? Sé poco de esas cosas. Nunca he visto nacer a nadie.
—Falso. Cuando tú naciste, estabas allí, entre los muslos de tu madre. Otra cosa es que lo hayas olvidado.
—No lo he hecho. O mejor dicho: lo hice, pero luego, adulto ya, lo recordé.
—¿Lo recordaste o lo reviviste?
—Lo reviví.
—¿Cómo?
—Ya sabes: terapia de renacimiento, regresiones a vidas pasadas, viajes psicoactivos, meditación…
—¿Enseña eso?
—Eso consuela, convence y cura.
—¿Por qué, entonces, son tan pocos, en el mundo de hoy, los que afrontan ese tipo de experiencias?
—A mí también me sorprende… Será por cobardía, por el miedo a la libertad que acecha, alevoso, en el corazón del hombre.
—¿Tú lo tienes?
—No. Nunca lo tuve. Cautela, sí. Pero es difícil, casi imposible, ser cobarde cuando se es curioso.Yo lo soy.Y mucho.
—Tienes suerte.
—Sí, lo sé. La curiosidad es virtud.
—Di, más bien, energía. O fuerza, capacidad, poder…
—A eso me refería. Sin curiosidad no es posible crecer, mejorar, avanzar, construir el alma.
—Para eso, Dragó, nacemos. Es inútil venir al mundo para quedarse, en él, con los brazos cruzados hasta que la muerte se te lleva.
—Y entonces, decía Gurdjeff, y es también lo que yo pienso, te extingues del todo y para siempre. Quien no aprovecha su paso por la carne para infundir en ella, en su tránsito terrestre, el soplo del Espíritu, no tiene acceso a la inmortalidad. Lo que es, por definición, y así lo afirma y lo confirma Krishna en la Baghavad Gîta, no puede dejar de ser, pero lo que sólo está, se desvanece. Se nace para que los talentos que figuran en la cuenta corriente del recién nacido germinen, crezcan, produzcan intereses, y cuando, por inercia, por abulia, por falta de curiosidad, de voluntad y de valor, o por lo que sea, no da espiga la semilla ni grano la espiga, adiós. Nacer no es una casualidad, sino una oportunidad. Hasta la Biblia acierta en eso. No es magia, Oisinoid, sino lógica, ciencia, sentido común.
—Recobremos éste. Decías que morir es como respirar…
—Sí. El círculo se cierra: el nacimiento es una explosión, vas de dentro afuera, y la muerte, una implosión en sentido inverso. En ambos casos, recorres, envuelto por la oscuridad, una especie de túnel en cuyo extremo hay luz.
—¿El de los libros de Moody?
—Algo así. Es una buena metáfora: la primera que se te ocurre cuando pasas por esa experiencia, importantísima, porque naciendo, si lo haces por vía vaginal y no mediante cesárea, aprendes a morir. El difunto, cuando agoniza, recuerda el túnel, sabe lo que es y cómo atravesarlo, y pierde el miedo. Por eso es tan fácil morir y por eso, también, es un acto criminal recurrir, como hacen hoy tantos médicos y tantas madres, sólo por comodidad, para evitar molestias, a la cesárea cuando ésta no es estrictamente necesaria. Diabólico egoísmo o ignorancia culpable, Oisinoid, la de esas personas. Los niños paridos así tendrán serios problemas en la hora de la muerte. Nacen, además, no sólo ellos, sino también otros muchos, anestesiados: la famosa epidural. ¡Figúrate! ¡Venir al mundo con la conciencia y la lucidez apagadas, en estado de letargo!
—¿Te dieron, al estar a punto de morir en el quirófano del hospital Ruber, la palmada de la que hablábamos antes?
—¿La que te obliga a inspirar, cuando naces, o a espirar y expirar, cuando mueres? Pues sí, me la dieron, y no fue un manotazo amable, Oisinoid, sino una verdadera y carnicera cuchillada, pero no la sentí. Estaba dormido.
—¿Como lo está el bebé en el vientre de su madre?
—No sé si eso es dormir, pero la comparación funciona. Fue algo bastante parecido. La muerte me envolvía, me abrazaba, y su regazo era tibio, suave, amistoso, fraterno… Materno, sí. Estaba volviendo a casa.
—¿No viste el túnel?
—No.
—¿No oíste el zumbido provocado por la vibración que se lleva el alma del muerto al más allá?
—No.
—¡Menudo chasco se van a llevar los lectores!
—No se lo llevarán, a poco que reflexionen sobre el asunto. Hazlo también tú. Era imposible que yo, tal y como las cosas sucedieron, viese el dichoso túnel. Lo mío no fue, stricto sensu, una ECM, una experiencia cercana a la muerte, que es cuando las visiones de los moribundos de Moody, si no son un espejismo, se producen.
—¿Cuándo volvió a levantarse el telón, a girar el tiovivo y a funcionar la moviola?
—A las cuatro de la mañana.Y ahí, en ese momento, fue cuando la cosa se puso interesante, Oisinoid. Tanto, por lo menos, como cuando emprendí en Roma, a los treinta y tres años, nel mezzo del cammin di nostra vita, mi primer viaje de ácido lisérgico. En su transcurso, morí –fue mi primer proceso de muerte lúcida, aunque hubo antes, a tientas, otro– y renací. Implosión y explosión.
—Pero no fue, exactamente, lo mismo.
—No, no lo fue. En Roma no cayó el telón, no se hizo, en ningún momento, la oscuridad absoluta, no se congeló el mundo, no se inmovilizó la vida, no cesó la percepción.
—¿Nunca, antes de la operación, habías visitado la nada?
—Sí, lo había hecho. Sucedió al socaire de la fase álgida de otra portentosa aventura psicoactiva: la que corrí en Mojácar, alrededor de quince años atrás, cabalgando la ayahuasca. Estuve, entonces, aproximadamente media hora en ninguna parte. Treinta minutos eternos. Los midió el reloj de mi muñeca, que seguía funcionando. Fue interesantísimo (…). Volver fue extremadamente agradable, y mientras estuve allí, en el vacío, como es lógico y cualquiera puede imaginar, no hubo sensaciones de ningún tipo, ni agradables ni desagradables. Y, sin embargo, cuando salí del agujero negro y regresé a las cosas, a lo visible y tangible, al mundo de la apariencia, a la rueda de la vida, supe, y eso fue lo fascinante, que había estado en la nada y que, por lo tanto, si se me permite el koan, la nada no es nada.
—¿Es algo?
—Sí, es algo, pero ignoro qué.
—¿Qué vino luego?
—Hice aspavientos, pedí, sin voz, socorro, quería que me quitasen el tubo o que lo reacomodaran,vino uno –una– de los ángeles, atendió mi súplica, se fue, volví a quedarme solo, aterrizando sin prisa, tanteando, calibrando la situación, regresando a mi cuerpo, a mi sangre, que volvía a correr con ímpetu, despejada ya su red de canalizaciones y cañerías, y en eso, en alto y a mi vera, parpadeante, destellante, severo e imbuido de autoridad, lo vi. Era como el ojo de Yavé, como el rostro, inescrutable, de un buda tibetano. Parecía Dios.
—¿Quiere eso decir que no lo era?
—No, no lo era. El Espíritu carece de forma, de dibujo, de límites, de silueta, y aquello lo tenía.
—Dime de una vez qué era.
—Era un monitor de televisión.
—¿Un monitor de televisión? ¿Sólo eso? ¿Así de simple?… ¿Para qué servía?
—En su pantalla iban apareciendo las curvas, cifras y datos concernientes a mis funciones vitales: tensión arterial, presión intracraneana, oxigenación de los dedos de las manos, latidos del corazón…
—Pero, ¿por qué te impresionó ese aparato? ¿Qué sucedió? ¿Qué viste en él?
—A los cinco minutos de mirarlo, con el interés y la aprensión, originada por el incierto estado de mi salud, y descodifiqué su funcionamiento y me di cuenta de que las curvas, las cifras y los datos de la pantalla variaban, subiendo o bajando, atenuándose o intensificándose, a tenor de lo que había en mi cabeza.
—¿En tu cabeza? ¿Qué quieres decir?
—Que mi estado de ánimo, el contenido de mis pensamientos y el ritmo de mi actividad mental modificaban los registros y respuestas del monitor. Era fantástico, Oisinoid: todo lo que pensabas, todo lo que sentías, todo lo que vivías, se reflejaba inmediatamente, para bien o para mal, en los gráficos de la pantalla.
—¿Todo?
—Sí. Todo lo que mi cuerpo advertía y mi cerebro detectaba, todo lo que mi conciencia percibía y filtraba… La conciencia, Oisinoid. Permite que lo recalque, porque ése era el truco, en ella estaba el tablero de mandos. Con él, con la cabeza, con la imaginación, con la memoria, con el entendimiento, con la voluntad, con todo eso que el catecismo cristiano agrupa bajo el rótulo de potencias del alma, podía gobernar, a discreción, los mecanismos de mi fisiología. Fue una especie de electroshock, de fulguración, de deslumbramiento. ¡Conque así, sin más cábalas, sin más historias, sin más filosofías, podía salir de la infancia y alcanzar, por fin, mi edad adulta, la del autogobierno absoluto no sólo del alma, por vía de meditación y modificación de los estados de conciencia, sino también del cuerpo! ¿Ciertos eran, pues, los toros de la búsqueda espiritual por mí iniciada, casi cuarenta años atrás, en una escalinata de las orillas del Ganges?
—Dragó. No reincidas. Aléjate de la orilla del Ganges y vuelve a la del Ruber.
—No había pasado, Oisinoid, ni siquiera un cuarto de hora de mi regreso, tras el sueño sin sueños de la anestesia, a la vigilia, y ya andaba yo jugando con el monitor, provocándolo, enviándole señales de uno y otro signo y viendo, estupefacto, cómo sus respuestas oscilaban, cómo aparecían en la pantalla veredictos contradictorios. Me lo tomé, al principio, como si fuera un simple pasatiempo, útil, sobre todo, para entretener el tedio de la forzosa inmovilidad (…), pues sonaba o se encendía un mecanismo de alarma cada vez que alguna de mis constantes sobrepasaba los límites de la normalidad, y acudía, entonces, solícita, una enfermera, y yo, sonriente, le decía que no se inquietase, que todo estaba bien, que era mi cabeza, adrede, la responsable del desaguisado y que inmediatamente lo arreglaría, poniendo otra vez cada curva, cada cifra, en su sitio.
—¿Y lo hacías, Dragó?
—¡Por supuesto que lo hacía! En un instante, Oisinoid, y con las manos, por así decir, en los bolsillos que no tenía. Sin esforzarme, sin fruncir el ceño, sin descomponer la figura. Sólo con el pensamiento.