Última actualización 01/03/2006@00:00:00 GMT+1
Tradicionalmente, Francia ha sido el país donde se ha producido el mayor número de incidentes relacionados con supuestas presencias diabólicas en edificios de carácter religioso.
Uno de los casos documentados más antiguos tuvo lugar en un convento de la localidad de Cambrai, al norte del país, en 1491. La protagonista inicial de los hechos fue Jeanne Potière, una de las monjas, que comenzó a manifestar un comportamiento extraño. Poco a poco, su conducta anómala se contagió al resto de las hermanas. En un principio se trató de sucesos triviales, como la ocultación de algunos objetos de uso cotidiano. Sin embargo, muy pronto se observó que las religiosas sufrían convulsiones sin explicación aparente. En los textos conservados se describen los rostros crispados de las monjas y cómo sus cuerpos eran sacudidos por violentos espasmos. También se hace hincapié en que éstas parecían dotadas de una fuerza sobrehumana, capaz de poner en serias dificultades a hombres fornidos que trataban de sujetarlas.
Lejos de remitir, los fenómenos aumentaron su intensidad. El convento parecía un manicomio. Las monjas corrían despavoridas, emitiendo sonidos guturales y aullando por los campos colindantes como perros asilvestrados. Aunque contaron con la asistencia de sacerdotes que practicaron exorcismos y de médicos que aplicaron terapias naturales, nada de ello surtió efecto.
Finalmente, una de las novicias acusó a Jeanne Potière de ser la culpable de todo lo ocurrido. Tras interrogarla, las autoridades eclesiásticas la condenaron a cadena perpetua por, según éstas, haber cohabitado con el Maligno desde que tenía nueve años y realizar actos monstruosos en el interior del convento.
Más conocidos fueron los sucesos que tuvieron lugar en Loudun, una población cercana a Poitiers. En 1632, los rumores de que un convento de ursulinas había sido invadido por el Demonio se extendieron por el suroeste de Francia. Varias monjas aseguraban haber visto al fantasma de su confesor, que había fallecido recientemente. Al igual que en Cambrai, muchas de ellas comenzaron a sufrir violentos espasmos, hasta el extremo de quebrarse los dientes al apretarlos con inusitada fuerza. Además, las religiosas proferían maldiciones, blasfemias y lanzaban escupitajos.
De aquellos hechos se culpó a Urbain Grandier, un sacerdote con fama de arribista y mujeriego. De hecho, durante los exorcismos practicados a las religiosas, éstas declararon actuar por mandato de aquél.
Quemado vivo
Aunque trató de rebatir las acusaciones, Grandier no contaba con que una de las monjas supuestamente poseídas estaba emparentada con el cardenal Richelieu, el hombre más influyente de Francia en aquella época. El infortunado sacerdote no pudo evitar su arresto. Fue sometido a tormento y, finalmente, quemado vivo en la plaza de Loudun en 1634.
También en España se dieron casos similares. Uno de los más destacados sucedió en Madrid, en el Monasterio de la Encarnación, más conocido como Convento de San Plácido. Los sucesos merecen un especial análisis.
Durante el siglo XVII se produjo un notable aumento de las vocaciones religiosas en España, auspiciado en buena medida por las duras condiciones de vida. Las continuas guerras, la hambruna, las malas cosechas y las epidemias provocaron pobreza, frustración y desamparo. Muchas personas optaron entonces por acogerse a la vida clerical, aunque sólo fuera para asegurarse el sustento.
En el marco de este fervor religioso inducido por las penurias cotidianas, debemos situar la fundación del Convento de San Plácido, el 23 de abril de 1623.
La impulsora de este proyecto fue Doña Teresa Valle de la Cerda, una persona bien conectada con los círculos próximos al poder gracias a lazos familiares. Junto a otras 29 mujeres entró a formar parte de San Plácido, con Jerónimo de Villanueva como patrón de la nueva institución y fray Francisco García Calderón como prior. La propia Valle de la Cerda fue nombrada priora.
Las monjas adoptaron la primitiva Regla de San Benito para regir su vida entre aquellas paredes. Ésta se caracterizaba por su extrema austeridad y la singular dureza de su disciplina. No dejaba ningún resquicio a la libre voluntad de las devotas y establecía una obediencia absoluta a los superiores.
Considerado el fundador del monaquismo occidental, San Benito (480-547 d. C.), tras estudiar filosofía y oratoria en Roma, decidió abandonar la ciudad como muestra de su rechazo a la corrupción imperante. A los 20 años se recluyó en una cueva y llevó una vida de eremita. Junto con sus seguidores fundó una comunidad cenobítica, imponiendo unas rigurosas normas de comportamiento –la mencionada Regla de San Benito– que regulaban todos los aspectos de la vida monacal y que fueron imitadas en numerosos monasterios, como el de San Plácido.
Quizá debido a la adopción de estas severas condiciones de vida, varias de las religiosas enfermaron pocos meses después de su ingreso en este convento. Pero el primer episodio verdaderamente extraño tuvo lugar el 12 de septiembre de 1625, cuando una de las hermanas, llamada Luisa María, comenzó a blasfemar y a golpearse contra las paredes. Se la trasladó a la enfermería y, en vistas de que no mejoraba, se solicitó la presencia del confesor del convento, el padre Francisco García Calderón. Su dictamen fue claro: se trataba de una auténtica posesión demoniaca.
De inmediato se le practicó un exorcismo en la capilla, siguiendo el Ritual Romano. Al parecer, poco antes de que la mujer desfalleciera, los allí presentes pudieron escuchar cómo ésta aseguraba que otras muchas monjas serían tentadas por criaturas malignas.
Exorcismos ineficaces
No es difícil imaginar el estupor que provocó aquella aseveración. Pero más miedo cundió cuando, el 29 de septiembre de ese mismo año, otra de las religiosas, sor Josefa María, comenzó a morder a quien se le acercaba y a autolesionarse contra paredes y suelo. La sombra del Diablo pareció haberse instalado en el Convento de San Plácido.
La siguiente víctima fue Juana Paula de Villanueva, la enfermera que había atendido a las dos posesas, y tras ésta fue la propia Teresa Valle la que empezó a comportarse de manera más que inquietante. Reía sin sentido, corría frenéticamente por los pasillos, saltaba, se golpeaba…
Los hechos se precipitaron, llegando a contabilizarse 22 casos similares entre las 30 personas que pertenecían al convento, incluyendo el de una niña de 9 años que había entrado en él como novicia.
El padre Francisco no cesaba de practicar exorcismos, aunque sin éxito. Las crónicas relatan cómo los demonios obligaban a las afectadas a comer basuras y otros desperdicios, a blasfemar ante la mención de cualquier palabra piadosa o de alabanza… Incluso hubo varios intentos de suicidio.
Mientras se pudo, la situación intentó llevarse en secreto. Sin embargo, en mayo de 1626, el patrón de San Plácido, Jerónimo de Villanueva, pidió a la Inquisición que investigara los hechos. El Santo Oficio estaba dispuesto a actuar, aunque en primera instancia no pudo hacerlo debido a que el conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV, protegía a Teresa Valle, con la que se carteaba asiduamente.
Pero finalmente pudo más la presión inquisitorial y el 2 de junio de 1628 comenzaron los interrogatorios, en los que intervinieron 148 testigos.
Por las indagaciones del tribunal eclesiástico se supo que numerosas monjas narraron haber sido objeto de caricias por parte de fray Francisco, precisamente el encargado de aconsejarlas en relación tanto a sus pensamientos como a sus obras. Tras largas deliberaciones, los inquisidores llegaron a la conclusión de que podían estar ante un caso de «alumbrismo» o «alumbradismo».
Misticismo y sensualidad
Los alumbrados constituyeron un movimiento religioso, surgido a mediados del siglo XVI, cuya práctica estaba muy cerca del misticismo y, a decir de algunos, también de la sensualidad. Entre otras cosas, pensaban que la unión con Dios era un acto de carácter individual que no admitía intermediarios. Con un ideario así, no es extraño que la temida Inquisición los calificara de herejes.
Por este u otros motivos, las penas fueron duras. Fray Francisco fue condenado a reclusión perpetua en el Convento de San Benito de Sahagún. Teresa Valle, tras pasar por varias cárceles secretas de Toledo, fue expulsada de la vida piadosa aunque, como otras religiosas de San Plácido castigadas con similar pena, resultó indultada posteriormente.
Pero, ¿qué sucedió realmente en aquel lugar? ¿Qué provocó que aquellas mujeres actuaran así? Exceptuando el caso de Loudun, en el que la superiora, Jeanne des Anges, acabó reconociendo haber inculpado falsamente a Urbain Grandier, parece no tener una explicación lógica lo ocurrido en los conventos de Cambrai y de San Plácido, a tenor de las referencias que han llegado hasta hoy. ¿O tal vez sí?
Ayuno y penitencia
En primer lugar, resulta crucial analizar la época en la que tuvieron lugar los hechos. Durante los siglos XV al XVII se produjeron circunstancias que marcaron el devenir de las sociedades europeas. Epidemias, guerras, malas cosechas, miseria… La religión, como hemos comentado al referirnos al caso del Convento de San Plácido, parecía una alternativa válida, cuando no la única.
Muchas mujeres fueron obligadas a ingresar en los conventos en contra de su voluntad, al no tener dote suficiente para contraer matrimonio. También las penurias económicas llevaron a numerosas familias a entregar a sus hijas a instituciones religiosas. Se trataba de muchachas muy jóvenes.
Las costumbres de la época aceptaban con plena normalidad la edad de 12 años, e incluso menos, para que una niña se convirtiera en novicia, y la de 16 para adquirir el grado de monja. La brusca separación de sus familias y la obligada reclusión a la cual eran sometidas, que incluía jornadas de más de ocho horas de oración, ayunos y penitencias frecuentes, desembocaba a menudo en ataques de histeria y en comportamientos anómalos. Para algunos se trataba de arrobamientos cercanos al éxtasis. Otros, sin embargo, no dudaban en asociarlos a posesiones demoniacas. De hecho, la religiosidad imperante inducía a pensar en esta última hipótesis como la más factible, ya que aquélla se confundía frecuentemente con la superstición. La magia, los poderes de las reliquias y la inculcación del temor al pecado y, sobre todo, al Demonio, eran parte esencial de las creencias imperantes.
Por ello, sólo bastaba con que cualquiera de aquellas internas sufriera un episodio de histeria o manifestara un comportamiento fuera de lo normal, para que el superior eclesiástico viera refrendadas sus advertencias sobre el poder del mal y para que el miedo se extendiera al resto de las novicias y monjas. Por otra parte, muchos casos se explicarían atendiendo a cuestiones tales como trastornos físicos y psíquicos.
En los sucesos de Cambrai, por ejemplo, lo más plausible es que la primera de las monjas que protagonizaron los hechos, Jeanne Potière, sufriera algún tipo de enfermedad mental grave.
En el caso del Monasterio de San Plácido, hay que tener en cuenta factores como el de la selección de las monjas que habrían de ingresar en el convento. Ya hemos mencionado que un simple desmayo podía ser confundido con un arrebato extático. Quizá por ello solía escogerse a mujeres que, además de una exaltada espiritualidad, tuvieran una naturaleza enfermiza.
Trastornos mentales
Varios estudiosos han visto en la histeria colectiva la probable explicación a los supuestos brotes de posesiones demoniacas registrados en instituciones religiosas.
Uno de los primeros fue el médico y demonólogo alemán Johannes Wier –discípulo de Agrippa– quien, en el siglo XVI, investigó los sucesos de Cambrai, considerando que los fenómenos que se produjeron en aquel convento francés no estaban relacionados con el Maligno.
De la misma opinión era Francis Hutchinson, sacerdote inglés del siglo XVII que recomendó «la medicina para la locura» como la vía más apropiada para controlar esta clase de brotes.
Ya en el siglo XIX, los médicos franceses Louis-Florentin Calmeil y Pierre Janet demostraron que tras muchos tipos de comportamientos anormales se escondían en realidad trastornos de la personalidad.
Ya en la actualidad, el psiquiatra español Enrique González Duro, que también ha estudiado los sucesos de San Plácido, también cree que la histeria estuvo en el origen de tales incidentes.
¿Explicarían estos argumentos los sucesos que les hemos relatado? Tal vez sí, aunque muchos amantes de lo paranormal pensarán que la solución definitiva quizá no sea tan prosaica. En cualquier caso, siempre existe un margen para el misterio.
De hecho, todavía quedarían por desarrollar otros detalles no mencionados con anterioridad, que mueven a la reflexión. Por ejemplo, se sabe que algunas de las monjas que protagonizaron los sucesos mencionados vaticinaron acontecimientos políticos que se produjeron con posterioridad. También era relativamente frecuente que, durante sus ataques, se les oyera hablar en lenguas que supuestamente desconocían. Dos circunstancias recogidas en el Ritual Romano como indicadoras de que una persona puede estar poseída.
¿Quizá aquellas monjas disponían de información política privilegiada? ¿O, pese a su corta edad y escasa formación cultural, ya dominaban idiomas extraños hasta el punto de preferir blasfemar en ellos y no en su lengua materna? Les sugerimos que saquen sus propias conclusiones.