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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/04/2006@00:00:00 GMT+1
Un equipo de Televisión Española viaja hasta África y América para intentar desvelar los secretos de la ancestral religión del vudú. Uno de los miembros del equipo narra para ENIGMAS cómo son los rituales del culto más poderoso, siniestro y espectacular que existe en la actualidad. Sin embargo, su origen se remonta muchos milenios atrás…
El 5 de diciembre de 1492 Cristóbal Colón desembarcó en La Española, la isla en la que hoy se encuentran República Dominicana y Haití, un lugar que el descubridor comparó con el paraiso terrenal y que acabaría convirtiéndose en triste escenario de lo más cruel y sangriento. En aquel entonces, casi medio millón de indígenas poblaban la isla, pero un cuarto de siglo después apenas eran tres mil quienes la habitaban, provocando la falta de mano de obra barata en las plantaciones de las Antillas que surtían de productos tropicales a Europa. Por ello el poder dominante terminó por encontrar una solución: la toma de esclavos en África.

Durante los más de tres siglos que duró la esclavitud, más de cincuenta millones de africanos de las etnias fon, yoruba y mandinga fueron arrancados de sus tierras con destino al Caribe, si bien apenas la mitad de ellos pudieron soportar aquel tormentoso viaje a través del Atlántico.

Los esclavos se mezclaron con los pocos indígenas que quedaban vivos en las islas, la mayor parte de los cuales pertenecía a los caribe, la etnia más guerrera –y caníbal– de las Antillas. El sincretismo entre las culturas religiosas africanas y caribeñas, unido a la imposición del catolicismo que traían los consquistadores, dio origen a la religión mágica más temida del planeta: el vudú antillano.

Las raíces del vudú africano

La religión vudú nació hace más de siete mil años en esta zona del planeta, lo que la convierte en uno de los cultos más antiguos del mundo. Emergió en el actual terreno fronterizo que hay entre Nigeria y la República de Benin. Allí se encuentra Abomey, la “capital” de los que practican este impresionante rito, que en la actualidad es la cuna de los más grandes hechiceros africanos. Hasta allí nos dirigimos, a sabiendas de la dificultad que supone viajar por África, no sólo por la ausencia de infraestructuras sino porque los agentes de policía y soldados del ejército siempre parecen dispuestos a dar el alto al viajero en espera de algún kado –así llaman aquí a la clásica “mordida”– que se convierte en el peaje necesario para continuar con el periplo que, en esta ocasión, a través de pistas de tierra, lleva a nuestro equipo de Televisión Española desde las paradisiacas playas de Dakar hasta Benin, a más de tres mil kilómetros de distancia.

Vudú en la cuna de la humanidad

Pero las cosas cambian nada más pisar la República de Benin. Cruzar la frontera nos cuesta, no sólo más de tres días, sino el soborno a los militares que la protegen. Finalmente, y después de tensas situaciones, nos adentramos por los caminos que nos conducen a Abomey, nuestro destino final.

En cuanto llegamos a la ciudad nos sentimos vigilados; somos los únicos blancos que merodeamos por la zona. Los habitantes del lugar tienen miedo de todo, especialmente de los agentes del orden, muy recelosos de quien habla con un extrajero. Gracias al recepcionista del pequeño hotel donde nos alojamos –previo aporte de una generosa propina–, conseguimos entrar en contacto con un sacerdote o houngan que dé su permiso para poder grabar una ceremonia de vudú.

El ritual tendrá lugar en el patio de una casa cercana al hotel. Preparamos el material para la grabación y nos dirigirnos a la dirección acordada. No encontramos a nadie; sólo una aterrorizada y temblorosa cabra que permanece atada a un herrumbroso poste. Una hora más tarde empieza a acceder al recinto un grupo de unas veinte personas. Entre ellos destaca, por su altura, un hombre que clava con fuerza su mirada en nosotros. Nos lo presentan. Se llama Sam. Es el houngan, el sacerdote que guiará todo el ritual. Mientras preparan la ceremonia, en varias ocasiones Sam se encamina hacia nosotros, desafiante, con cierto desprecio, posiblemente intentando amedrentar nuestro empeño de permanecer en el lugar y grabar el ritual.

Sin previo aviso, las personas que entraron junto a Sam empiezan a posicionarse estratégicamente en el patio. La ceremonia da comienzo. Y lo hace bajo el ruido de los tambores, mientras el houngan permanece en el centro del recinto escuchando cánticos africanos milenarios que salen desde lo más profundo de las gargantas de los asistentes, quienes se golpean el pecho con sus manos siguiendo el ritmo de la música.

El ambiente en el patio de Abomey se va tornando denso y fantasmagórico. Además, los cánticos repetitivos y la percusión de los tambores, cada vez más violenta, van consiguiendo su cometido e inducen a muchos de los asistentes a estados de trance. La intensidad del ritual nos sobrecoge y el momento álgido parece acercarse. De pronto Sam se levanta y, con pasos agigantados, se encamina hacia el improvisado altar sobre el cual permanece atada la cabra, ofreciéndole una hoja como alimento. Al tomarla, los asistentes consideran que los espíritus acaban de conceder permiso para el sacrificio. Sam, sin pensárselo dos veces y con un corte tan límpio como eficaz, atraviesa el cuello del animal con el mismo cuchillo que, en teoría, sus ancestros utilizaron tiempo atrás para los mismos menesteres. Tras el sacrificio, los trances continúan. Con los frenéticos bailes y los ritmos trepidantes que imponen los tambores, el ritual se prolonga durante varias horas hasta rozar el amanecer…

Vientos del Caribe

Tras esa primera experiencia en la cuna del vudú, viajamos hasta el Caribe siguiendo la misma ruta que hicieron por obligación los esclavos tres siglos atrás. Concluímos la travesía en Haití, el primer país de mayoría negra que se rebeló contra el hombre blanco y que obtuvo la liberación de los esclavos, aunque los poderosos parecen no habérselo perdonado. No obstante, sigue siendo uno de los países más pobres del planeta.

Viajar por el interior de la isla es complicado y hasta cierto punto peligroso. Desde su independencia han pasado de dictadura en dictadura, hasta que, en 1957, ocupó el poder Françoise Duvalier –el famoso Papa Doc–, que oficializó la religión vudú y creó un clima de terror al rodearse de los brujos y hechiceros más poderosos de África para mantener sometida a la isla, por no citar las miles de penas de muerte que firmó durante los catorce años que gobernó.

Ritual de vudú antillano

En Puerto Príncipe, la capital del país, la miseria es absoluta. Se palpa en el ambiente y se vive en las calles, las mismas por donde los haitianos que deambulan en espera de algún trabajo ocasional nos cuentan cosas increíbles sobre las ceremonias de vudú, a las que podemos asistir en sus propias casas, aunque finalmente nos decantamos por seguir la recomendación de un paisano que nos advierte de que el verdadero vudú lo encontraremos en las zonas rurales.

Seguimos sus indicaciones y, tras dos días de viaje, llegamos a la localidad de Hinche, lugar donde reside un bokor o brujo vudú al que conocen por el nombre de “Lobo”, quien celebraría una ceremonia para nosotros en lo alto de una escarpada ladera próxima al pueblo.

Sincretismo y magia

El ritual comienza cuando dos grupos de cuatro personas tocan rítmicamente sus tambores junto a una cabaña, dentro de la cual hay tres cruces que simbolizan la escena del Gólgota en una evidente muestra de sincretismo religioso. A continuación, Lobo se une a sus acólitos y comienzan a bailar. Al tiempo, suenan los cánticos fon y yoruba que se utilizan tanto aquí como en África, que son una herramienta para entrar en trance y tender puentes entre los dos mundos, el animista y el humano.

Instantes después, Lobo desaparece tras una cortina y resurge al poco tiempo, vestido con ropajes coloridos de corte colonial mientras fuma un gran puro. Su humo, al igual que sucede en otro tipo de rituales tradicionales, se convierte en uno de los medios principales para enlazar lo visible con lo invisible.

En un momento determinado, el bokor, que baila como si estuviera poseído, toma un machete y aparentemente se lo clava en el estomago sin sentir dolor alguno. A continuación, coge unos alfileres de más de diez centímetros de largo y se atraviesa la cara. Pero no sangra. Tampoco ofrece muestras de dolor. Evidentemente se trata de un fraude, en el que utiliza sencillos trucos de ilusionismo para impresionar a los presentes.

En ningún momento deja de sentirse la violencia intrínseca del ritual. Y es que los participantes se propinan golpes cada vez más fuertes y realizan demostraciones de presunta insensibilidad al dolor. La ceremonia es mucho más dura que las propias del vudú en África, aunque con total seguridad, menos auténtica. Tiene tintes violentos, diríamos que malvados. Es una sensación que puede mascarse hasta en el ambiente…
Uno de los participantes se dirige a la hoguera y comienza a bailar sobre ella con los pies descalzos, algo que, pese a su aparatosidad, no tiene nada de misterioso: todo consiste en evitar que haya oxígeno entre la planta del pie y el suelo de brasas, lo que se suele conseguir pisando con contundencia y energía. Mientras, otro de los presentes permanece mirándome fijamente con los ojos en blanco y se muerde el labio inferior hasta que comienza a sangrar notablemente. Según cuentan los presentes, en ese instante los espíritus ya están aquí, cabalgando y poseyendo a los participantes del ritual. Entonces, y en estado de trance, Lobo extiende un brazo y coloca la mano sobre una vela, sin quemarse. Acto seguido aferra violentamente una gallina negra que permanecía sobre el pentáculo y, ante nuestras atónitas miradas, le arranca la cabeza de un tremendo bocado para, a continuación, beber con ansia su sangre… Y es que, pese al teatro y la puesta en escena, el vudú haitiano es mucho más duro que el africano.
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