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Hemeroteca :: 01/04/2006
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Ciencia
Última actualización 01/04/2006@00:00:00 GMT+1
A la muerte de su padre, Bertha Pappenheim, una bella joven austriaca, mostró ciertas perturbaciones. Sin causa aparente se comportaba como una chiquilla insoportable, manifestaba contracciones de sus miembros, movimientos compulsivos de los ojos, tos nerviosa, imposibilidad de tragar líquidos y delirios…
Si Bertha hubiera vivido en la Edad Media, el diagnóstico habría sido sin duda posesión diabólica. Afortunadamente vivió en la Viena de finales del siglo XIX y fue tratada por dos psiquiatras Breuer y Freud. Su historial clínico, conocido como «el caso de Ana O…», la ha hecho célebre pues fue la primera paciente histérica que halló alivio a sus síntomas sin necesidad de hipnosis. Un día Bertha pidió que la dejaran evocar libremente cómo se iniciaron sus episodios nerviosos. Con este sencillo método mejoró y averiguó la causa de su enfermedad: complejo de culpa por la muerte de su progenitor.

El tratamiento de Bertha puso a Sigmund Freud en la pista de la existencia de una zona oscura e inaccesible de nuestro ser: el inconsciente. Dieciséis siglos antes San Agustín se había preguntado: «¿Quién puede sondear el abismo del espacio ilimitado que hay en mí?». Pues bien, habría de ser Freud, padre del psicoanálisis, quien construyera el primer puente sólido para pasar al otro lado de ese abismo. Y el primero en demostrar, con un sistema estructurado, que allí, oculto, existe un «yo» capaz de provocar todo tipo alteraciones en nuestra personalidad o condicionar nuestros actos.

Imágenes subliminales

A finales de los años 80, la revista Science publicaba un estudio en el que un grupo de voluntarios era sometido a una proyección de octógonos de diferentes tamaños. De ellos, veinte se intercalaron a una velocidad de entre 1 y 100 milisegundos, lo que les convirtió en imágenes subliminales imperceptibles para el consciente. Tras la prueba, al pedirles que eligieran entre un grupo de estas formas geométricas, los voluntarios optaron por las que habían visto subliminalmente. Experimentos como éste prueban que se producen percepciones a nivel inconsciente, y que éstas afectan, sin que podamos controlarlo, a nuestra valoración de las cosas y decisiones.

Que la totalidad de nuestra personalidad no se agota en la conciencia ya era conocido por las civilizaciones antiguas y las culturas chamánicas. La danza, la música, la recitación de cantos, la ingestión de plantas psicotrópicas o los mensajes oníricos les ofrecían un camino para ampliar el campo de la conciencia y entrar en contacto con las profundidades del ser. El racionalismo intentaría luego acabar con cualquier atisbo de complicidad entre consciente e inconsciente, relegando el primero al lugar de la razón y el segundo al de la locura. Pero, en el siglo XIX, filósofos como Schelling, Nietzsche o Schopenhauer vislumbraron que en el terreno ignoto de nuestra psique se esconden los orígenes de los distintos caracteres humanos. En este marco surgieron estudios de la personalidad como los de Richet, Binet, o Myers, cofundador en 1889 de la Sociedad para la Investigación Psíquica y pionero en afirmar que existe un estrato subliminal de la mente, al que denominó inconsciente, que envía señales al consciente mediante símbolos, voces, visiones, etc. Aunque habría de ser la hipnosis la técnica que acabaría de confirmar a los científicos la existencia de dos sustratos bien diferenciados.

Los milagros de la hipnosis

Con un claro antecedente en los pases magnéticos con que Anton Mesmer y sus seguidores obtenían curaciones milagrosas, la hipnosis reveló que, al caer en trance, los enfermos mentales hablaban de sus dolencias y sugerían incluso de forma clarividente el remedio a sus males. Dejando a un lado los asombrosos dones de videncia y telepatía que algunos hipnotizados demostraron en el siglo XIX, la hipnosis comenzó a utilizarse para aliviar todo tipo de perturbaciones mentales, parálisis nerviosas, histerismos, fobias, obsesiones, tics… Curiosamente, durante el estado hipnótico los sujetos recordaban lo ocurrido en estado ordinario. Pero al despertar, y aunque solían hallarse mucho mejor de sus dolencias, no recordaban nada de lo acaecido durante el trance. Ello probaba que había dos diferentes estados de conciencia entre los que existía una barrera.

Las investigaciones de Charcot, en el hospital general de la Salpêtrière (París), enfocadas específicamente hacia el histerismo y la hipnosis, sirvieron a Freud como punto de partida para sus ulteriores estudios. El hipnotismo adelantó algunos de los descubrimientos posteriores de la técnica psicoanalítica, a saber: que existe un inconsciente ignorado por la persona en estado de vigilia; que el médico podía utilizar ese conocimiento para conseguir un nuevo método terapéutico; que el fenómeno requería una transferencia indispensable entre hipnotizador e hipnotizado como la que habría de darse luego entre terapeuta y paciente; que la excitación sexual no depende sólo de las zonas genitales, sino que puede transferirse de un punto del cuerpo a otro; y que había conatos de resistencia a obedecer las órdenes similar a la que manifiestan a veces algunos pacientes ante la terapia psicoanalítica.

La terapia del diván

Freud comenzó a dejar que sus pacientes, recostados en un diván, postura que según él ayudaba a divagar mejor, dejaran discurrir sus pensamientos sin ninguna clase de cortapisas. A partir de una palabra dicha al azar, o un elemento de un sueño, decían todo cuánto se les ocurría por muy impúdico, vergonzoso o inútil que pareciera. La fórmula tenía la virtud de hacer aflorar las representaciones inconscientes a la conciencia, y las resistencias del paciente son muy valoradas por el psicoanalista, pues forma parte de su técnica elaborarlas mediante la asociación libre de ideas. Al recordar las causas con este método y sin enfrentarlas, el mundo emocional del paciente se abre y entonces es capaz de liberar el trauma.

Freud descubrió así que la histeria era producto de recuerdos dolorosos y traumáticos, prácticamente olvidados pero que de pronto surgen provocando crisis emocionales. La mente consciente rápidamente se manifestó como lo que él llamó «la punta del iceberg» de nuestra vida psíquica. El subsuelo está formado por el contenido inconsciente cuya materia prima son, según Freud, los deseos sexuales instintivos infantiles, reprimidos al ser censurados por la moral social y familiar.

La conciencia no tiene acceso a este terreno, y mucho menos puede dominarlo; sin embargo su contenido condiciona nuestros actos. Afortunadamente podemos llegar a él a través de los sueños.

Freud creía que las imágenes oníricas se disfrazan para no asustarnos y despertarnos, pero él halló el modo de desvelar su simbolismo oculto en La interpretación de los sueños, obra que publicó en 1900 y causó una revolución en su época.

El «hombre de los lobos»

El caso del «Hombre de los lobos», uno de los mejor documentados por el psiquiatra vienés, ilustra a la perfección su teoría y a la vez su forma de interpretar los sueños. Se trata de uno de sus pacientes, un noble ruso que tenía fuertes tendencias masoquistas, compulsivas y exhibicionistas. Una noche sonó que su ventana se abría y veía unos lobos silenciosos e inmóviles que le miraban. Freud asoció la imagen de los lobos con algún deseo sexual infantil. La ventana abriéndose significaba que el paciente se había despertado repentinamente. Y como los lobos estaban inmóviles, concluyó que el niño que antes fue, su paciente, se había despertado en el momento en que sus padres hacían el amor. Esto habría exacerbado, según Freud, su «complejo de Edipo». Dicho complejo es un pilar fundamental de la teoría freudiana, según la cual la cultura social habría nacido de la represión del deseo infantil de todo niño –en las niñas se llama «complejo de Electra»– de acostarse con su madre, y el odio hacia su padre por poseerla.

El inconsciente también aflora durante la vigilia a través de los olvidos inexplicables, lapsus linguae y actos fallidos. Algunos ejemplos son el olvido momentáneo del propio apellido, utilizar una palabra por otra al hablar o al escribir, la falta de habilidad, la pérdida o rotura de objetos, tararear de improviso una melodía, etc… Todas estas cosas, en apariencia accidentales, expresan según Freud pulsiones o intenciones que el sujeto quiere ocultar a la conciencia, y que prácticamente siempre son deseos sexuales reprimidos.

Críticas a Freud

Es innegable la influencia de la teoría freudiana sobre la cultura occidental actual, la filosofía, la pedagogía, el arte, o la «revolución sexual», predicada por Wilhelm Reich a partir de los años 1930. Freud abrió un nuevo camino al diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales. Y puso al alcance de la mano el «conócete a ti mismo» grabado en el dintel del templo de Apolo en Delfos. Pero la idea de que no somos dueños de nuestros actos y actuamos al dictado de un «yo desconocido» supuso una herida narcisista en la ilusión de control sobre la propia existencia. Por otra parte, algunos discípulos de Freud rechazaron la idea de un inconsciente dominado por la represión sexual y se separaron de él creando nuevas escuelas. Entre ellas cabe destacar la de Alfred Adler para quien las neurosis son producto del complejo de inferioridad. O la de Carl Gustav Jung, que las considera fruto de la necesidad de evolución espiritual, la cual exige la integración de la zona sombría del inconsciente en la conciencia.

Uno de los mayores puntos de fricción entre Freud y Jung fue que éste último nunca aceptó el significado exclusivamente sexual que Freud otorgó a los elementos oníricos. O que se negara a considerar el contenido y formas manifiestas del sueño. Para Jung las imágenes oníricas disfrazadas no son el guardián del durmiente ni disfrazan los deseos reprimidos, sino que pueden ofrecer información imparcial de la situación real de la persona y ejercer un papel autorregulador del organismo. El estudio de los sueños es no obstante tan fundamental para Jung como para Freud, pues si los elementos impuestos en ellos se integran en la vida consciente, la personalidad recuperará su equilibrio y quedará abolido el conflicto entre consciente e inconsciente.

Sueños y arquetipos

Durante el análisis de sus pacientes, o a través de sus propias experiencias, Jung llegó a la conclusión de que los sueños pueden revelar también facultades de premonición, clarividencia o telepatía. Fue precisamente el delirio de un paciente psicótico hospitalizado el que le sugirió su teoría del inconsciente colectivo. El enfermo dio, a través de detalladas imágenes, una extraña explicación sobre el origen del viento procedente del Sol. Al principio Jung no le dio importancia, pero más tarde leyó en una obra, aún sin publicar, un texto sobre el antiguo culto del dios Mitra con la misma descripción sobre el viento que nace del Sol. ¿Demostraba esto que su paciente era clarividente? En este caso, Jung dejó las explicaciones parapsicológicas y prefirió deducir que la alucinación de su paciente pertenecía a un inconsciente colectivo depositario de tradiciones y símbolos comunes a toda la humanidad. Y la misma idea puede aflorar por tanto en cualquiera de nosotros. Otro sueño que el propio Jung tuvo más tarde, conocido como «el de la caverna», acabó por convencerle de la existencia del inconsciente colectivo y le impelió a hallar un modo de interpretar su lenguaje simbólico para integrar sus mensajes en el consciente.

Si la «asociación libre de ideas» fue para Freud la piedra angular de su teoría, para Jung este puesto lo ocupó la «imaginación activa». Este método experimentado por él en numerosas ocasiones le permitió extraer información del inconsciente colectivo y mantener diálogos con un anciano llamado Filemón que, según el propio Jung, «decía cosas que yo no había pensado conscientemente… comprendí así que era él quien hablaba y no yo… En la psique existen cosas que de las que yo no soy el autor».

Imaginación activa

Esta técnica consiste en imaginar una idea extraña y espontánea, un sueño, un capricho absurdo, o tomar un elemento cualquiera de nuestro sueño y jugar con él. Prestarle toda nuestra atención, observar con cuidado las transformaciones de la visión sin que ninguna intrusión del exterior nos interrumpa y sin añadir nada de nuestra cosecha consciente.

El estado más propicio para practicar la «imaginación activa» es la frontera entre el sueño y la vigilia, o el de relajación profunda. En esas circunstancias podemos ser presas de las llamadas «imágenes hipnagógicas», que parecen sucederse con independencia de nuestra voluntad como los fotogramas de una película. Sumergiéndose en este tipo de actividad el propio Jung tuvo, antes de que empezara la I Guerra Mundial, visiones premonitorias de ríos de sangre en los que un hombre joven que identificó como Sigfrido, el héroe de la mitología alemana, se ahogaba. Una clara premonición de la guerra que se avecinaba y del país que la causaría.

Un ejemplo de este tipo de ensoñaciones que resulta fascinante aún para la psicología moderna son las que tuvo, en pleno siglo XVIII, un aristócrata sueco, Emanuel Swedenborg. Ya en su madurez, y tras atravesar un periodo de crisis en el que sus sueños se veían poblados de pesadillas, tuvo una experiencia asombrosa. Durante una noche de insomnio, este brillante geólogo entró en estado de semitrance y tuvo una especie de sueño en el que, tras haber combatido contra un gran viento, habló con Jesús y oyó cómo éste le exhortaba a realizar alguna cosa por su vida. A partir de ahí se dedicó a estudiar la Biblia y empezó a experimentar trances estáticos en cuyo curso afirmó haber visitado el paraíso y el infierno, conversado con ángeles y espíritus o viajado a través de la Luna y los planetas. Estas imágenes hipnagógicas le permitieron ofrecer asimismo información clarividente: por ejemplo transmitió a la reina de Suecia un mensaje preciso de su hermano, el príncipe de Prusia, despidiéndose al morir, aunque su deceso no era conocido aún en la corte sueca.

Una fuente de energía

Una de las mayores aportaciones de Jung ha sido su concepto de «Sombra», un término que abarca los elementos que condicionan nuestro comportamiento pero que nunca han sido conscientes al haber sufrido mecanismos de inhibición, defensa o prohibición. La «Sombra» aparece a menudo en los sueños en forma de laberintos cuyo centro hemos de alcanzar. O se nos muestra mediante seres groseros, monstruos en los que nos aterroriza reconocernos. Esta sombra se desarrolla en nosotros de manera natural durante la infancia, cuando nos identificamos con rasgos ideales como la buena educación o la generosidad y desterramos al inconsciente las cualidades que no se adecuan a la imagen ideal de nosotros mismos que queremos forjarnos.

Por ejemplo: egoísmo, rabia, celos, vergüenza, ambición desmedida, rencor, orgullo, pereza, tendencias agresivas o incluso suicidas forman parte de este territorio inexplorado de la psique. Ego y Sombra se edifican así simultáneamente. Mientras hacia el exterior intentamos dar una imagen perfecta, enjaulamos en esa zona oscura a nuestra bestia, pero ésta se mantiene viva. El problema del hombre es que nunca acepta su propia Sombra y tan sólo accede a ella a través de la de los demás. Cuando nuestra reacción ante los «defectillos» de los otros es exagerada, tenemos acciones impulsivas de las que nos arrepentimos, enfados desproporcionados por los errores de los otros, o bien sufrimos situaciones humillantes, es probable que estemos intentado desterrar inconscientemente cualidades de nuestra propia Sombra, proyectándolas en otros de forma impulsiva.

La Sombra no es sólo oscuridad, basura y contenido reprimido; gran parte de ella es oro puro. Por eso hay que darle luz. Su desconocimiento hace que vivamos contraídos, respirando apenas, perseguidos por la ansiedad y la confusión… Y sin ninguna conciencia de la fuerza de nuestras reacciones. Si no opusiéramos tanta resistencia a reconocer la existencia de la sombra y fuéramos capaces de reconocer tanto lo positivo como lo negativo que hay en ella podríamos entrar en contacto, tal y como George I. Gurdjieff sugirió, con una concentración de energía emocional superior que nos permitiría realizar hazañas sin parangón. Uno de los discípulos de Gurdjieff, J. G. Bennett, cuenta en su biografía cómo en una ocasión en que sufría disentería y se sentía morir no hizo caso a la voz interior que le ordenaba quedarse en la cama todo el día, y se dejó llevar por una fuerza inconsciente que le levantó del lecho y le llevó hasta la sala de trabajo. Una vez allí fue capaz de realizar los ejercicios gimnásticos y de danza más difíciles que Gurdjieff había enseñado jamás a sus alumnos: «mi cuerpo parecía haberse transformado en luz… no tenía fatiga ni la menor sensación de pesadumbre». Cuando los ejercicios terminaron, Bennett se fue al jardín y se puso a excavar la tierra… «Los síntomas de la enfermedad habían cesado, no tenía ya dolores en el estómago y gozaba de una gran claridad mental…».

El guru iluminado

Ciertos adeptos contemporáneos afirman que, durante la iluminación, la Sombra se ve inundada por la luz de la supraconciencia, de modo que el ser iluminado acaba por carecer de Sombra. Pero esta afirmación es difícil de aceptar. La Sombra es el producto de un número casi infinito de procesos inconscientes, esenciales para la vida humana tal como la conocemos. Y mientras haya vida seguirán existiendo este tipo de contenidos, ya que es sencillamente imposible ser conscientes de todo.

La iluminación sólo pone fin a nuestra esclavitud respecto al ego. Pero, aun después de despertar a la Realidad universal, existe una especie de ego fantasmal que permite al iluminado funcionar en la realidad cotidiana. La única diferencia es que, en el individuo no iluminado, ego y Sombra van juntos, mientras en el iluminado no.

La abundancia de adeptos excéntricos y autoritarios y con una personalidad poco ajustada indica que el trabajo con el inconsciente no implica únicamente trascender la Sombra, sino también la integración de sus contenidos positivos. Descubrir la Divinidad en las profundidades de la propia alma es la principal obligación del adepto, pero tras ello ha de hallarla también en todo lo creado y ser capaz de practicar la compasión hacia todas las manifestaciones de la vida.

Si el siglo XX nos trajo el psicoanálisis y las terapias subsiguientes, es de esperar que el XXI implique un desarrollo de técnicas que nos permitan entrar en contacto con los secretos del inconsciente. A despecho de una sociedad cada vez más alienante y convencida de que la química y el estudio de las neuronas pueden curar cualquier enfermedad, lo cierto es que el conocimiento de nosotros mismos se revela como la única solución a las heridas del alma.
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